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Autor: xavillamazares
Cuando todo sale bien
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Javier Menéndez Llamazares | 13-05-2015 | 9:51| 1

No sabemos qué sería, cómo dio finalmente Munitis con la tecla, pero por fin el Racing dejó de sonar desafinado y, más que dar la serenata, entonó un allegro vivace que le hizo firmar uno de los mejores partidos de la temporada, al menos en cuanto a entrega y actitud.

El caso es que, ya desde los prolegómenos, se intuía que aquella era una tarde perfecta para el racinguismo. Y es que ver media entrada en Los Campos de Sport es ya un triunfo, casi medio gol. Que además los chiquillos vuelvan a querer sacarse fotos con el equipo, más que buen augurio, es síntoma de que renace la expectación y el cariño por el club. Y si desde el primer pitido los verdiblancos se abalanzan sobre el adversario, lo enciman y lo arrinconan como si les fuera la vida en ello, entonces sólo puede llegar el delirio.

Así fue cada ataque, cada recorte, cada robo de balón de los nuestros, que era jaleado por la grada, ávida de victoria. Nada más ver avanzar a Álvaro e Iñaki por la banda izquierda, y sentir la celebración atronadora del primer córner ganado, se hizo evidente que ese Racing era otro Racing, y que el partido tenía ya dueño. Más que nervios, se mascaba el ansia de una afición entregada a sus jugadores, presa de una fe ciega e inquebrantable en que su equipo es indestructible.

No fue, claro, un partido para estilistas; había, sí, una superioridad incontestable de los verdiblancos, que no se parecían en nada al equipo que tan tristemente pasó por Alcorcón el pasado fin de semana. Nada de eso. El Racing se sacudió todos los complejos y logró invertir los papeles, hasta hacer que el Tenerife pareciera a su lado un equipo triste y sin alma.

Y es que cuando salen bien las cosas, se diría que producen un efecto contagioso; cuando por fin Munitis se convenció de que poco importan las apariencias, y aunque den peor en la foto, su pareja de centrales tiene que ser Orfila y Juanpe, se acabó el hacer aguas en el centro de la defensa. La seguridad da alas, y durante toda la segunda parte, ya con el marcador a favor, fue espectacular ver la entrega de todos los jugadores, luchando cada balón como si fuera el último. Luego las cosas podrán salir mejor o peor, pero cuando un equipo lucha de ese modo no queda otra que rendirse a ellos, como hizo la afición con sus héroes, que esta vez sí pudieron ofrecerles algo que celebrar.

¿Qué más cambió, qué obró el milagro? Seguramente los técnicos podrán sacar la pizarra y explicarlo con detalle, pero lo cierto es que cuando se combina la dupla de Fede y Borja con David Concha, el Racing tiene otro espíritu. El domingo, incluso se diría que se había imbuido del espíritu de su entrenador. Como si hubiera once Munitis sobre el campo, los nuestros por fin consiguieron sumarse a esa fiesta del racinguismo que ya sólo necesita la salvación para cerrar un ciclo y abrirse a la esperanza.

El derroche y el acierto fueron de todos, pero no está de más ser justos y dar

al César lo que es del César: Andreu, esta vez sí, salió ovacionado. Habría que realizar un enorme ejercicio memorístico para recordar si esto había sucedido ya antes, lo de que desde la Gradona se corease su nombre, pero al fin llegó ese gran partido que el asturiano necesitaba para borrar esa fama de eterno pasador hacia atrás que le acompaña desde el último descenso. Ojalá se haga costumbre.

 

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El supermán de Los Corrales
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Javier Menéndez Llamazares | 10-05-2015 | 12:58| 1

Si alguien puede ejemplificar aquello de morir de éxito, ése es el supermán de Los Corrales. Y es que el éxito hoy en día ya no se mide en monedas, sino en retuiteos, en ‘me gusta’ del Facebook y, sobre todo, en visionados del youtube. La fama, la que mola de verdad, debe de ser ahora una cuestión biológica, porque todo consiste en que, hagas lo que hagas, se viralice, y se extienda cual gripe hasta llegar a toda la población, pasando de móvil a móvil hasta convertirse en el tema de moda durante un par días gloriosos, nada de los quince minutos que preconizaba el rácano de Warhol.

Y esta semana, ni Rubius ni Wismichu ni Nacho Vidal en Supervivientes: el que ha partido la pana ha sido ese bombero al que se le ocurrió amenizar el viaje por la A-67 convirtiéndose en un superhéroe que llega volando hasta un coche lanzado a toda velocidad y, poniéndose a su altura, golpea la ventanilla para preguntar por dónde se va a Los Corrales. Todo, claro, sin dobles y por fuera del coche. Una gansada, sí, pero de lo más cachonda.

La gracieta ha corrido como la pólvora, y después de colonizar todas la pantallas regionales, acabó saltando a la prensa nacional, lo que seguramente no estaba en los planes del improvisado Clark Kent, que más bien estaría pensando en divertir con su vacilada a los compañeros del curro, y si acaso a los cuatro amigos que siempre están dispuestos a partirse la caja.

El asunto del éxito, como el del humor, es sin embargo imprevisible. Vídeos como ese habrá muchos, pero a éste le sonó la flauta y cayó en gracia, arrasando en las redes sociales.

La lástima es que de todo hay en el mundo; para empezar, hay normas de circulación, por ejemplo. Y un montón de leyes que obedecer. Y, aún peor, existe gente empeñada en que se cumplan, y en perseguir a quien se las salte. Así que mucho me temo que el bombero va a salir más bien quemado de toda esta historia, porque tiene pinta de que el castigo será proporcional al ruido que ha hecho. Lo que se dice morir de éxito, vamos.

Que no es que no tengan razón, claro… ¿A quién se le ocurre hacer esa locura a cara descubierta, y encima gratis? El pobre bombero tampoco es que hiciera daño a nadie, pero es verdad que cometió una imprudencia, y que no se deben permitir ciertas cosas. Eso sí, ¿quién de los que vimos el Gran Héroe Americano no ha soñado con encontrarse el traje de Ralf Hinckley?

Así que esperemos que, como mucho, al superhéroe le quiten un par de puntos por exceso de velocidad o, si acaso, le restrinjan la licencia de vuelo, pero que no se pongan demasiado estrictos porque –unas cosas por otras– la publicidad que le ha hecho a Los Corrales no van a poder pagársela.

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El don de la inoportunidad
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Javier Menéndez Llamazares | 04-05-2015 | 2:54| 1

Las malas noticias, por principio, siempre llegan a destiempo, pero en este caso la derrota en Alcorcón no podía haber resultado más inoportuna. Y es que casi se diría que para el Racing existe una doble velocidad: por un lado, la del racinguismo, y por otro, la del equipo.

Como si retomásemos al Cernuda de la realidad y el deseo, después de tres meses de pesimismo casi absoluto, de desapego y de mirar para otro lado, la afición verdiblanca se ha dejado el dinero que no tiene en un sprint final por salvar al equipo de la ruina. Ha sido, como cabía esperar, en el último momento y medianto un esfuerzo agónico, con la amenaza de una liquidación ya inevitable de no prosperar la enésima ampliación, pero esto no era como el desierto de Buzzati: aquí sí que llegaron los tártaros, y además a lo grande.

Claro que antes había hecho falta recurrir a la mitología, y casi resucitar a los muertos; porque cuando Quique Setién decide jugarse el tipo en la rueda de prensa –en medio del relevo institucional en el Lugo, no olvidemos ese gesto de valentía–, nadie podía prever que se desataría la mayor ola de racinguismo que hayamos visto en este siglo. La locura colectiva nos ha tenido más de una semana pendientes día a día de cómo subía el saldo de una cuenta corriente que, para los seguidores, tenía mucho más que dinero. Porque allí se han ingresado los sueños de muchos verdiblancos, pero también las propinas del domingo, el presupuesto de muchos para salir el fin de semana, para compartir unas rabas en familia o lo que se había ahorrado para ir de vacaciones, o para renovar el vestuario. Poco o mucho, cada aportación lleva detrás un pequeño o gran sacrificio, que no puede cuantificarse en ninguna moneda de este mundo, y que no se paga con acciones, sino con un título de propiedad de un pedacito de sueño.

El Racing, a partir de ahora, ya no sólo es patrimonio moral de su afición; el Racing es realmente de los racinguistas, en el corazón y también sobre el papel. Así que no estaría de más que, cuando el presupuesto lo permita, el club entregue a cada uno de sus accionistas un diploma que acredite qué hicieron por él en abril de 2015. Tal vez alguna de esas instituciones que tan poquito han hecho por la causa podrían donarlo, en forma de ayuda simbólica; para algo tenemos la imprenta provincial que, teóricamente, es de todos, ¿no?

Claro que, en medio de toda esta celebración, de este empacho de racinguismo que nos acelerado los corazones durante toda la semana, faltaba el colofón, el remate que terminara por redondear el futuro esperanzador que se ha abierto tras el milagroso rescate. Y es que aún hace falta salvar la categoría, para que todo el esfuerzo realizado hasta ahora siga teniendo sentido. Pero el equipo, por desgracia, va a otra velocidad, a la suya propia. La de un conjunto deportivo que debe superar sus propias limitaciones y sobreponerse a una dinámica negativa.

El sábado, las caras de Concha, de Fede y de Mario tras la segunda derrota consecutiva personificaban el abatimiento de los que no se merecen la desgracia.

Tal vez nuestro equipo no sea el mejor de la categoría, pero debe de haber alguna manera de convencerles de que pueden serlo. La posibilidad aún está ahí. Sólo hace falta que se contagien del entusiasmo general, para que Munitis y Colsa puedan convertirse en los nuevos Nando Yosu. La afición lo merece. Ellos y los jugadores, también. Pero, sobre todo, el racinguismo se lo ha ganado.

 

 

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Procrastinar
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Javier Menéndez Llamazares | 03-05-2015 | 2:56| 1

Por muy desconocido que nos resulte el verbo –y más bien feo, que todo hay que decirlo–, lo de ‘procrastinar’ es una manía de lo más extendida; algo de lo que, en mayor o menor medida, todos nos acabamos arrepintiendo, pero en lo que caemos casi sin remisión.

Se trata, claro, de un latinajo, un cultismo de esos que tanto adornan, pero en el fondo el asunto de la procrastinación es más bien un deporte nacional, consistente en dejar para mañana lo que podrías hacer hoy. Algo que, sin esforzarnos demasiado, podemos observar constantemente; en el alumno que ya estudiará en junio, en el padre que ya bañará a los niños cuando termine el partido o incluso en el articulista que deja su columna para última hora, esperando que la inspiración le encuentre distraído.

Aunque también hay dilaciones colectivas, que son más bien una manera de comprobar cómo esta costumbre está mucho más arraigada de lo que pudiera parecer, ahora que somos tan competitivos, tan europeos y tan neoliberales todos. Y no hace falta ir a los Campos de Sport para comprobar cómo el noventa por ciento del público llega apurando el reloj –incluso, los que antes tienen que pasar por taquilla, y se pierden los primeros minutos refunfuñando en la cola–; qué va. La prueba más palpable la hemos tenido esta semana en las oficinas bancarias, atestadas desde primera hora por todos los clientes que intentábamos evitar que nos hicieran el corralito de Rajoy por un quítame allá escáner.

Para quien no lo supiera, el viernes debía de parecer que en los bancos y cajas regalaban dinero, porque las colas salían hasta la calle, y como hay una oficina en cada esquina, algunas llegaban a juntarse y hasta confundirse, formando un enjambre de ciudadanos cabreados.

Y es que los últimos rezagados éramos, en realidad, el grueso del pelotón. Un avispero de tardones, que por no perder diez minutos en las semanas anteriores terminaríamos por malgastar una mañana, y arreados además por terribles amenazas –ojo, que los bancos no se ponen chulos: ellos si dicen que te bloquean la cuenta, lo hacen sin pestañear–. Todo fuera por evitar que los tristes trabajadores españoles blanqueásemos dinero, como si fuéramos políticos o financieros… El caso es que, el ‘tarde, mal y nunca’ volvió a ser santo y seña de un altísimo porcentaje de la población.

Pero no es que seamos mala gente, ni nada de eso –ni vagos redomados, que decían las madres de antes–, qué va. Según los expertos, es un trastorno psicológico. Lo de que sea muy grave o no todavía no lo sé, porque aún no he leído esas páginas, igual mañana… O pasado. O, como dice Marián, «me lo apunto en tareas pendientes».

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Por qué amamos al Racing
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Javier Menéndez Llamazares | 20-04-2015 | 1:59| 1

 

Cuántas veces se pregunta uno qué demonios tendrá este equipo para hacer que, vaya mal o vaya peor, su afición sea inquebrantable. Porque, como pez chico que siempre –o casi siempre– ha sido, son innumerables los disgustos que produce este club abonado a la desgracia cotidiana, cuando no a la paparda inexplicable. Y sin embargo, pese a este sufrir nuestro de cada día, ahí están sus fieles, que permanecen incansables, esperando el milagro. Esos mismos fieles capaces de celebrar el gol del honor como si fuera una victoria, y una victoria como si fuera un título. Es el sino de este Racing: sufrir hasta en los triunfos; no en vano, nació perdiendo, y eso por fuerza tiene que imprimir carácter.

Precisamente por eso, por haber conocido los infiernos del fracaso, el sabor de la victoria es diferente para los racinguistas. ¿Qué es ganar para un culé o un merengue, sino pura rutina? Una mera costumbre, que deja el interés de cada jornada apenas en acertar lo abultado de la goleada de rigor. Y hasta de ganar se aburre uno; o al menos eso dicen, porque los verdiblancos, exceptuando algún paso fugaz por la segunda B o la tercera, apenas hemos podido experimentar esa sensación.

De perder, por el contrario, sabemos mucho más. De encadenar derrotas y del color del farolillo, de sacar la calculadora cuando se acerca el final de la temporada y hasta del cuento de la lechera. Hasta de ver aquel anuncio de los colchoneros en que el hijo le preguntaba al padre por qué eran del Atleti, y sonreírse pensando en qué sabrán ellos lo que es ser ‘el pupas’…

Así que cuando el Racing, después de esperar a estar contra las cuerdas, decide por fin sacar su grandeza en el momento más inesperado, lo hace para demostrar que la épica nunca pasará de moda. Que no importan todos los peligros, todas las ruinas y todas las amenazas de liquidación: hay sentimientos indestructibles.

Cuando David Concha, en la noche del sábado, consiguió rematar a la red el rechace del portero lucense, estaba haciendo algo más que marcar un tanto. Lo sabíamos los diez mil que saltamos como posesos al ver entrar el gol, lo sabían los racinguistas de corazón que no podían estar allí, y lo sabía el propio Concha: cuando entre lágrimas se fundió con La Gradona en un abrazo no celebraba su gol, estaba dando vida a una comunidad que necesita mantener sus señas de identidad para no renunciar a ser ella misma.

La imagen del partido, la que todos los redactores jefe encargaron a sus fotógrafos, estaba en los banquillos, con dos mitos del racinguismo, uno a cada lado. Si Quique Setién es el último romántico del fútbol, con una forma diferente de entender este deporte dentro y fuera del campo, Pedro Munitis es la entrega absoluta y el profesionalismo. El sábado estuvieron en bandos distintos, aunque apenas noventa minutos; nada más terminar el partido, Setién volvió a incendiar los corazones de los racinguistas, aunque no sabemos si llegó a tocas sus carteras, zona todavía más sensible.

Pero en la fiesta de los dos colosos se coló David Concha, tal vez para regalarnos una premonición, mostrándonos cómo podría ser el Racing del futuro: Quique Setién en la dirección deportiva, Munitis en el banquillo y Concha en el ‘prao’, llevando unos galones para los que cada vez hace más méritos.

El sábado noche, más que fiebre, hubo suspense; ese sufrimiento interminable del que sabe que perder es morir. Sin embargo, tocaba milagro, y no lo esperábamos. Sólo por estos momentos de gloria merece la pena.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es