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Autor: xavillamazares
Jugar con fuego
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Javier Menéndez Llamazares | 12-11-2014 | 2:25| 1

Serán necesidades del guión –la triste herencia de estos años de pólvora–, pero esa tradición racinguista de vivir en el filo de la navaja cada vez va teniendo menos gracia. Sobre todo, porque ya no somos un club modesto que se conforma con mantenerse en primera división, sino que somos un histórico venido a menos que hasta en segunda sufre lo indecible. Ya sabemos lo que cuesta cambiar las costumbres, sí, pero después de una docena de jornadas ya sabemos que el equipo da para mucho más que para ese triste peregrinaje, de puntillas sobre la zona de descenso. Tal vez no contemos con un gran presupuesto, pero tenemos armas y razones más que suficientes para estar viviendo otra liga muy distinta.

Claro que si nuestro míster –precisamente, una de nuestras ventajas en la competición; la otra es de modo indiscutible Koné, que de irnos la feria de otra manera acabaría siendo la gran estrella de la categoría– se empecina en lo que ya es evidente que no funciona, mucho más lejos no vamos a llegar. Él sabrá, por supuesto, cómo funciona su vestuario, quién le gusta más y quién menos, y qué riesgos puede o no asumir. Pero insistir con una zaga que no funciona es como rellenar un caldero agujereado: al final, se te va escapar el agua. Y es que hace dos semanas teníamos un ‘problema’ en el lateral diestro, tras la lesión de Francis; pero lo que para unos es una contrariedad, para otros podría haber sido una bendición. Y no sólo hablamos de los detractores del defensa, que algo tendrá cuando convence uno tras otro a todos sus entrenadores, sino de los que vienen por detrás esperando su oportunidad. Estaba claro que, en estos dos últimos partidos, era el momento de dar la alternativa a Borja San Emeterio. Pero en la lucha de conservadurismos que habrá vivido Paco Fernández –entre la máxima de ‘lo que funciona no se toca’ y la predilección por los veteranos, por su hombres de confianza–, al final la solución de la calle de en medio ha resultado sólo a medias. Y es que, si la pareja de centrales Juampe-Orfila estaba rindiendo más que satisfactoriamente, y el problema estaba en el lateral, el remiendo de llevar al asturiano al carril diestro, rompiendo la dupla del centro de la zaga, y repescar a un Samuel más bien poco acertado, no sólo no ha resuelto el problema sino que ha terminado por crear otro mayor donde no lo había. Contra el Llagostera la exigencia era distinta, y el resultado maquilló cualquier problema, pero en el partido del domingo contra el Mallorca hicimos aguas precisamente por ese flanco. Es verdad que no debemos quedarnos con una sola acción, pero en la jugada del gol, más allá de la mala fortuna, la zaga no acertó a replegarse y hasta se diría que a Orfila le pudieron los automatismos de central, pues apareció en el palo largo, pero a banda cambiada.

Aún así, buena parte de lo ocurrido volvió a deberse a todo aquello que rodea al fútbol y que no tendría que suceder; y es que los árbitros tienen todo el derecho a equivocarse, cómo no, pero ya va siendo hora de que lo hagan en otros campos, o al menos no siempre en nuestra contra. Porque la segunda parte de los mallorquines mas bien pareció una clase práctica de la escuela balear de teatro.

Con todo, lo que desde luego no puede suceder son cosas como lo del mechero. Y no por la escasa puntería, sino porque al final por querer hacer la gracia nos puede caer alguna sanción. Así que mejor será que nos dejemos de jugar con fuego.

 

[Publicado en El Diario Montañés el 11 de noviembre de 2014]

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Berlín
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Javier Menéndez Llamazares | 09-11-2014 | 2:43| 1

'Todo muro acaba cayendo', venía a decir uno de esos grafitis.

¿Dónde estabas tú en el ochenta y nueve? Mientras el muro caía, o más bien era derribado a golpes de razón, los atolondrados jóvenes de la época no nos dábamos mucha cuenta de hasta qué punto iba a cambiar el mundo que hasta entonces conocíamos. Alemania era un lugar muy lejano, y Berlín un punto en los mapas de los telediarios de los ochenta, un tópico más junto a las trifulcas de Reagan y Gorbachov, la guerra de Iran e Irak o las bravuconadas de Gadaffi. Parte del escenario de un mundo feliz como un anuncio, una manta que escondía el entramado económico de un sistema injusto de sur a norte y de abajo a arriba.

Berlín era entonces un gigante venido a menos, una metrópolis que había perdido su capitalidad, pero tan sólo a medias. Su cruel división y ese muro incomprensible eran pasto de las leyendas urbanas, que hablaban de casas e incluso familias divididas por esa frontera nada invisible, que pocos podían franquear.

Para los chicos de mi barrio, el Berlín era el pub donde empezamos a escuchar rock and roll y a investigar los secretos de la noche; pero como el ingenio no tiene límites, justo enfrente alguien abrió otro local al que llamó ‘El Este’, donde sonaba música cubana. Siempre habrá, claro, quien disfrute con las diferencias.

Hace medio siglo que aquel muro, aquella separación violenta es ya historia. Historia desagradable, otra más, como buena parte de lo ocurrido en el siglo XX, y no sólo en Alemania. Aquella noche de hace veinticinco años, los berlineses del este explotaron hasta derribar un muro que significaba para ellos el confinamiento en el espantoso presidio de la dictadura. Cierto que ellos no buscaban exactamente la libertad, sino más bien los fabulosos reclamos de esa jauja que cada noche contemplaban extasiados en los concursos televisivos del oeste. Y que lo que se encontraron al otro lado del muro fue esa desidia insolidaria que tanto caracteriza a las sociedades desarrolladas. Pero nada justificaba esa muralla, como no puede haber motivos para que un gobierno niegue a sus ciudadanos la salida del país; si los alemanes del este querían huir, es que algo no iba bien en la RDA. La solución, desde luego, no pasaba por reforzar el muro, sino por escuchar a la población.

Claro que hoy día todo aquello no es más que un recuerdo retro para coleccionistas de souvenirs de países que ya no existen, pero ha marcado a fuego nuestro presente. »Antes todo era horrible; luego llegó el cambio y se acabaron nuestras desgracias», ironizaba sobre el tema el grupo Die Ärzte. Nadie quiere que vuelvan aquellos tristes tiempos, pero entonces no sólo cayó el muro: también cayeron siglos de lucha por la dignidad de los humildes. Y ahora lo estamos pagando.

[Publicado en El Diario Montañés el 9 de noviembre de 2014]

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Oposiciones
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Javier Menéndez Llamazares | 02-11-2014 | 10:16| 1

Que el mundo va a peor ya no es sólo una manía de los desencantados más veteranos, qué va, sino que cada día nos topamos con evidencias que demuestran empíricamente cómo vamos a menos. Si no, a ver cómo se explica esa depauperación que ha sufrido ‘El Pequeño Nicolás’, que ha pasado de ser el entrañable personaje de Goscinny a un insignificante villano de tercera división, un ‘wannabe’ del trapicheo ibérico, aspirante a figurón con carné de la gaviota al que de pronto se le ha acortado el aterrizaje. Claro que siempre será mejor entretenerse con bagatelas que afrontar la realidad del país, que está la cosa para ponerse a llorar por las esquinas de la política o para coger un avión hacia cualquier lugar, siempre que no sea desde algún aeropuerto de esos que sólo sirven como ruta del colesterol.

Y es nuestra cultura, la de la siesta y demás tópicos patrios, se está quedando en nada… Ya no sirve ni aquello de ‘pasar más hambre que un maestro escuela’, y no precisamente porque los gobernantes hayan decidido por fin dignificar salarialmente la profesión más altruista que existe, sino porque con el cuento de los recortes, las congelaciones y demás zarandajas, más que tasas de reposición parece que los gobernantes se empeñen en que los docentes acaben de reponedores de cualquier gran superficie. Como si de una venganza por la marea de protestas se tratase, la escabechina entre el profesorado pronto va a alcanzar niveles de las purgas de posguerra.

Y es que, como cantaba Molina, el futuro es muy oscuro, sobre todo en la función pública. Con excepción de cuatro afortunados, la última década tal vez sea el final de un oficio tradicional, de servicio a los demás, pero que también supone una de las pocas formas de independencia en este mundo neoconservador. Claro que no falta quien aspira a una plaza de funcionario soñando con un empleo fijo y seguro –aunque pronto descubrirá que se parece mucho al tesoro de Sierra Madre: no es oro lo que brilla, sino pirita–; sin embargo, para otros significa un modo ético de entender el trabajo y las relaciones laborales, sin amos ni plusvalías. Un pequeño paraíso de equidad en pleno infierno tardocapitalista. Otra manera de hacer las cosas, sin renunciar a estar en el mundo.

Pero parece que esa reliquia del pasado, esa vía alternativa de trabajar para todos, molesta a los gobiernos, con independencia de su signo. ¿Para qué mantener esa refinada fórmula de selección natural que son las oposiciones, si es mucho más práctico utilizar el dedo para favorecer a amigos y correligionarios? A fuerza de no convocarlas, hasta el término ‘oposición’ va a perder acepciones, para quedarse tan sólo en aquella actitud corrosiva de Groucho Marx: «sea lo que sea, estoy en contra».

 

[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 2 de noviembre de 2014]

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Problemas de estar vivos
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Javier Menéndez Llamazares | 27-10-2014 | 1:54| 1

Aseguraba ayer en su medida crónica José María Gutiérrez –por favor, dejen ya de llamarle ‘Chema’ en las tertulias– que el Racing tiene un problema; el periodista se refería, en buena lógica, a esa incomprensible incapacidad para mantener el marcador en partidos que parece imposible que se escapen de las manos, y que sin embargo están resultando el talón de Aquiles de los verdiblancos esta temporada. De hecho, si nos ponemos a hacer fútbol-ficción, de no haber sido por los erráticos finales de partido frente al Leganés, a Las Palmas y a tantos otros seguramente ahora no estaríamos en el furgón de cola, sino soñando con los laureles del ascenso. Claro que estamos hablando del equipo de los eternos sufridores… ¿qué sería del Racing sin problemas?

Y es que Gutiérrez ve uno, pero calla muchos. Por ejemplo, algo pasa con los árbitros. No es posible que seamos un equipo tan violento como para acabar campeones en el tarjetero, visto el camino que llevamos. Cuesta terminar un partido sin expulsiones, y hasta al melancólico Paco Fernández le endosan sanciones que parecen por crímenes contra la humanidad; a Paco, el hombre más comedido que ha pisado este banquillo, sin una palabra más alta que otra. Que le ‘premien’ con una estancia en boxes casi parece un ascenso, al estilo Fergusson en el United, ocupando puesto de manager. Claro que hoy día poco importa, desde que se han inventado los móviles; tal vez la altura incluso mejore su visión del juego, pero desde luego que la saña sancionadora con la que ha caído la Federación sobre nuestro míster parece indicar que hay algo más que mero espíritu disciplinario. ¿Tal vez aún quedan deudas pendientes por la retirada copera?

Tenemos otro problema en la defensa, y es que lo mismo que en ausencia de Koné nuestro ataque parece romo, cuando Juampe no está los ratones bailan, y nuestra defensa hace aguas con demasiada facilidad. Y eso que, frente al Alavés, solventamos una jugada de dibujos animados que parecía el ‘más difícil todavía’, cinco ocasiones clarísimas de gol en una sola jugada, en la que nuestra zaga parecía un frontón y el guardameta Raúl un héroe clásico sorteando cada golpe –cada balón, en este caso– del rival. Despúes de las críticas por el primer gol en La Romareda, el espigado arquero ha sacado carácter y parece que no se lo piensa poner fácil a Mario. Grandísima noticia para los aficionados, que siempre agradecen la competencia por el puesto.

Otro problema lo seguimos teniendo en la grada, pues aunque el tirón popular del ascenso ha traído más abonados, y la Gradona se ha convertido en el mejor reclamo para convertir cualquier partido del Racing en un espectáculo siempre emocionante, la afición sigue sin llenar Los Campos. Y no nos quedemos con la excusa de que el Madrid jugaban el enésimo partido del siglo… El racinguismo tiene bien claro que a la hora que juega el Racing no hay ningún otro encuentro que pueda resultar más interesante. En cualquier caso, la peregrina idea de programarlo a la misma hora parece, de nuevo, toda una venganza.

Y puestos a buscar problemas, el principal lo tenemos a la vuelta de la esquina: el económico. Mientras Hacienda aprieta hasta ahogar, por fin se lanza la campaña #oportunidadRRC. Esa leyenda en las camisetas es mucho más que un anuncio: es la esperanza de que el Racing vuelva a ser lo que los aficionados desean: algo más parecido a un club de fútbol que a una sociedad mercantil. Cierto que el momento económico no invita a demasiadas alegrías, pero esta vez somos los racinguistas los que debemos concienciarnos de que es nuestra oportunidad. Aprovechémosla.

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Se acabó la Fiesta
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Javier Menéndez Llamazares | 26-10-2014 | 7:42| 1

La verdad es que los chavales de mi colegio no teníamos ni puñetera idea de quién sería el tal Kojak –la serie televisiva fue un éxito en los setenta, otro mundo ya, y una década más tarde nos interesaba más ‘El coche fantástico’ o Dayana, la de ‘V’–, pero desde luego que el chupachús que arrasaba en mi infancia era ese. Y no sólo por ser el que mejor se ajustaba al presupuesto, que también, sino porque además tenía chicle, un doble atractivo que justificaba la inversión de la propina semanal en el quiosco de la esquina.

El de mi calle se llamaba ‘Kiosco López’, y era un garaje reconvertido en paraíso para todos los niños del barrio. Lo regentaba un muchacho enorme que casi no entraba en el cubículo minúsculo, y se pasaba el día detrás de sus gafas de culo de vaso fantaseando con aprobar una oposición. A aquel edén azucarado y otros del mismo pelo deben su fortuna buena parte de los dentistas de la época, mucho antes de que llegaran Trex y otros chicles ‘sugar free’. Entonces poco nos preocupaba ese asunto, sino más bien como optimizar los cinco duros para salir de allí cargados de gusanitos, pipas de esas que te dejaban las uñas renegridas –para las blanquillas de facundo casi nunca alcazaba, eran un artículo de lujo–, sobres de pica-pica, triskis, petazetas y chicles.

Los que más triunfaban eran los Cheiw; incluso servían para clasificar a los amigos según su preferencia: los de fresa ácida, los de clorofila… Incluso sirvieron para ir interiorizando conceptos como la inflación –su precio subía poco a poco–, y los recortes, cuando decidieron que era mejor mantener el precio de un duro pero cada año lo hacían un poquito más pequeño.

De todo esto, mucho antes de que Haribo y otras multinacionales coparan el mercado, ya casi nunca nos acordamos. Ha hecho falta que esta semana cundiera la alarma entre todos los nostálgicos de las piruletas de corazón y los polvos ‘Fresquitos’ con la noticia de que la compañía Fiesta entraba en liquidación. Y eso que, por la época, tal vez no habrán tenido que cotizar royalties a la serie de Telly Savallas. Pero poco se puede hacer contra la espiral de la modernidad, que ha transformado las tiendas de chuches en espacios asépticos inspirados en el autoservicio.

La cultura de kiosco, sin embargo, parece que pervive aún en toda esa generación que leyó con horror la noticia y la hizo correr por las redes sociales. Más que en echar la trapa, ahora la empresa más dulce está pensando en venderse al mejor postor. Lo que haga falta, con tal de que no se acabe la Fiesta.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.