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Autor: xavillamazares
Lo que es gratis
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Javier Menéndez Llamazares | 15-02-2015 | 11:00| 2

Hace unos días se presentaba en Santander un nuevo fanzine, Spaceship Magazine, y aparte de la sorpresa de que a los más jóvenes, más que el digital, les ‘pone’ el papel, conversar con Adrián Alegre, el editor, supuso confirmar que hay cosas que nunca cambian. En concreto, el espíritu rabiosamente aventurero de una edad en la que es obligatorio, si no cambiar el mundo, sí al menos intentarlo.

Y es que, como si no quisiera apearse de esa nave espacial en forma de revista, Adrián aseguraba que los colaboradores de este primer número cobrarían por su trabajo, aunque fuera poco. Claro que, en estas cosas, la cantidad es lo de menos: lo realmente estratosférico, de otra galaxia realmente, sería que alguien cobrase. Porque hay ciertas actividades que no se hacen por dinero, o más bien que se hacen aunque nadie te pague por ello, pero eso no significa que, como a veces tendemos a pensar, en realidad no valgan nada.

Circula estos días por la red un microcómic en cuatro viñetas en la que un cliente encarga diseñador resuelve con tres trazos un logotipo, y el cliente asombrado le pregunta que cómo va a cobrarle tanto por apenas diez minutos de trabajo. El diseñador, no sin desdén, tiene que explicarle que para poder hacerlo ha necesitado previamente diez años de formación técnica y estética. Y se diría que es una cuestión de Pero Grullo, pero la opinión de que ciertos trabajos, directamente, ‘no valen nada’ está de lo más extendida. Sucede con la labor de lo que hacen la música que nos pasamos de unos a otros, desde que inventó el casete nada menos; con las imágenes que tomamos de internet sin ni siquiera plantearnos que tal vez sean de alguien y que le costó un esfuerzo realizarlas, o con textos que copiamos con la misma delicadeza que un pelotón de fusilamiento. Sucede algo así como con los amigos informáticos, a los que siempre les pedimos “favores” pero luego jamás les preguntamos qué les debemos.

Y es que, en una interpretación demasiado generosa del derecho a la cultura y a la información, hemos acabado entendiendo que por encima de la autoría está la libertad del espectador, y acabamos por ver lo que antes era arte –fuera música, literatura, cine o cualquier otra expresión creativa– como un mero “contenido”, palabra maldita que cosifica la creación hasta convertirla en pura mercancía carente no ya de alma, sino incluso de valor. Se diría que exigimos una especie de barra libre de cultura, como si otro fuese a pagar la factura. Antes, cuando el mundo parecía funcionar, la costeaba el estado. Tal vez fuera entonces cuando nos acostumbramos, cuando empezamos a pensar que todo era gratis. Curioso, en un mundo donde pagamos por la vivienda, por la ropa y hasta por la cerveza, que lo único que creemos gratuito sea lo que no se puede producir a máquina.

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El ayudante del ayudante
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Javier Menéndez Llamazares | 08-02-2015 | 10:58| 2

Se diría que todo vale en estos tiempos de sequía laboral, más pertinaz aún que aquella a la que se achacaban las hambrunas en los años más grises del pasado siglo. Claro que, con tanta moda retro, el pasado regresa con fuerza, y lo mismo que las nevadas parecen competir con el relato mítico de las batallitas familiares –el ‘aquellos sí que eran inviernos’ de padres y abuelos–, también el triste sino de ganarse el pan de cada día se empeña en helarnos el corazón resucitando fantasmas que creíamos desterrados.
En esta España que, dicen, se recupera, parece que se ha instalado a perpetuidad el paro crónico y la precariedad, de manera que ya ni sabe cuál será guatemala y cuál guatepeor. Mi compañero de mesa, por ejemplo, sufre el infortunio de conocer desde el primer cuándo expirará su contrato. Y no es que prefiriera la felicidad de la ignorada, que seguramente también, pero es que vivir con fechas de caducidad –con ‘líneas de muerte’, que dicen muy expresivamente y sin arrugarse los anglófonos– más que motivarle le produce un estrés que ni Damocles en su trono.

Así que, mientras Juanjo se mentaliza para cambiar su estado a ‘en búsqueda activa de empleo’, como se dice ahora en linkedin, se dedica a repasar las ofertas –no demasiadas, que tampoco hay que exagerar– de empleo que le llegan desde la Agencia de Desarrollo de Ampuero, que se lo trabaja con tanta pasión como si no hubiera crisis.

El problema, claro, es que vivimos bajo la oferta y la demanda, y los empleadores de sobra saben que donde mejor se pesca en el río revuelto de la desesperación. Así que, veinte años después de que la publicidad nos tomase el pelo con aquellos anuncios de ‘JASP, jóvenes aunque sobradamente preparados’, resulta que lo único que consigue echarse a la boca la generación de españoles con más titulitis de la historia son unos irrisorias ofertas en las que se buscan ingenieros para ocupar puestos de peones. Y es que haciendo de la desgracia oportunidad, qué mejor que aprovecharse de un país donde los licenciados sueñan con una plaza fija de barrendero, y así contratar a auxiliares de diseño gráfico, que harán la tarea un diseñador senior pero cobrarán un tercio de su sueldo. Aprendices, pero a los que exigimos titulación y experiencia. También en infojobs piden ayudantes de camarero, y probablemente haya también mucho futuro en los puestos de asistente del becario del pasante. Claro que en mundo laboral hay que empezar desde abajo, pero si como sociedad admitimos este horizonte, ¿qué sentido tiene derrochar miles de millones de dinero público para sobrecualificar a una generación abocada al infraempleo? ¿Realmente es ese el mundo que queremos?

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La pista griega
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Javier Menéndez Llamazares | 01-02-2015 | 10:48| 2

Desde la caída de Constantinopla no se asustaba tanto Europa por lo que ocurría más allá de Los Balcanes. Claro que, por entonces, cuando se empezó a gestar la batalla de Lepanto, eran otros tiempos. Una época en la que las diferencias se dirimían por tierra o por mar, con la espada o el arcabuz en la mano, y cara a cara.

Eso si, entonces, como ahora, lo que ocurra en el confín de Occidente afecta sin remedio al resto del continente, y de qué manera.

Y es que viendo las remojadas barbas de los partidos tradicionales, a los neoconservadores y socialdemócratas de toda Europa les está entrando un tremendo tembleque, no sea que prenda también la mecha del descontento en el resto de ‘paraísos neoliberales’ de la Unión.

Porque, lo miremos como lo miremos, la UE se ha cebado con Grecia. Y no con sus poderes políticos, con sus agentes económicos o con sus grandes fortunas –que quién sabe, e importa bastante menos–, sino con sus ciudadanos, que son lo que se esconde detrás de cualquier topónimo grandilocuente, por mucho que lo adornemos con himnos y banderas. Los ‘ajustes’ de la temida troika más bien consistían en apretar las tuercas de la miseria a un sociedad angustiada por el fantasma de la bancarrota. Los despidos masivos, los salarios del hambre y la incertidumbre frente a un futuro cancelado desde Berlín –por mucho que fuera vía Bruselas– convirtieron a todo un país en una especie de laboratorio de pruebas macroeconómicas, que sólo han servido para confirmar la escalofriante sospecha de que el neoliberalismo, más que asimetría, produce básicamente pobreza, con el efecto secundario de engordar hasta la obesidad mórbida a los peces ya gordos. Las recetas de los sabios de la economía, de los salvadores de los privilegiados, han conseguido mantener el crecimiento sostenido de los que ya dominaban el mundo; en cambio, no habían previsto que detrás de las estadísticas, debajo de cada muesca en las listas del paro, había un ser humano. Personas que sufren, que tienen familias y necesidades, y que gracias a un invento griego de hace tres milenios y a varias revoluciones sangrientas tienen derecho a votar y a elegir, en la medida de lo posible, cómo se organiza el mundo en el que viven.

La Europa del capital quiso triturar a toda una sociedad, para que encajase en sus parámetros contables. Tras un lustro de padecimientos, los ciudadanos han decidido desmontar el sistema, con la fuerza de la democracia. Seguramente, su camino estará lleno de emboscadas, y es posible que no logren cambiar demasiado pero, aunque todo salga mal, habrá sido el último atisbo de romanticismo en este mundo de unos y ceros.

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La nieve
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Javier Menéndez Llamazares | 25-01-2015 | 10:46| 2

De entre todos los fenómenos atmosféricos, la nieve es el más privilegiado; y es que a poca gente le emociona que caigan chuzos de punta –más allá de algún redactor jefe nostálgico de la lluvia de su infancia; o de Manuel, mi compañero de trabajo, que siempre decía ‘¡qué bien llueve!’ cuando más arreciaba la tormenta–, pero quien más, quien menos, todos nos enternecemos en cuanto empiezan a caer cuatro copos, por mucho que el termómetro indique unos guarismos que más bien deberían endurecernos, cuando no directamente congelarnos.

Algo tiene la nieve que nos retrotrae a un tiempo casi mítico, tal vez relacionado con nuestra propia niñez y una época en la que, entre otras cosas, nevaba de verdad. Porque cuando uno recuerda las nevadas de antaño siempre pasaban de medio metro de altura y duraban tanto que se diría que el paisaje permanecía nevado durante todo el invierno. Y es que, así como el tintineo de la lluvia en los cristales es la banda sonora de la primavera norteña, el blanco es el color de los inviernos.

Antes, para nuestros abuelos montañeses, la nieve significaba, más que frío, aislamiento. En muchos pueblos, ni siquiera se podían hacer entierros hasta que llegaba el deshielo, y las casas necesitaban una despensa y una biblioteca bien surtidas porque no se sabía cuánto tardarían en poder reponer los alimentos para el cuerpo y para el espíritu. Hasta galerías se excavaban en las aldeas para llegar de una puerta a otra, y durante semanas el mundo se detenía en espera de tiempos mejores.

Ahora, en cambio, la nieve es más bien un aderezo decorativo, que nos regala estampas de postal. En las ciudades cubre el triste hormigón y en las montañas es la señal de que arranca la temporada de deportes de invierno, que devuelve la vida a lugares antes inhóspitos y hoy auténticas mecas de los amantes del esquí.

Claro que la alegría dura tan poquito como los instantes que dedica el telediario a las nevadas. En las zonas urbanas, pronto ese bello manto blanco se ennegrece, víctima de la polución que sólo vemos en esos tristes momentos, aunque conviva a diario con nosotros, dentro incluso de nuestros pulmones.

Pronto llegan también las incomodidades, los peligros del hielo, los tropezones, las carreteras cortadas al tráfico, los accidentes… Y además, siempre llegan de improviso, como si nadie supiera ya que, en invierno, nieva. Aeropuertos que se cierran o autovías intransitables nos recuerdan por unos días que, a pesar de que hemos colonizado el planeta casi hasta su último centímetro, en realidad nada es nuestro: sólo lo ocupamos, y la naturaleza, de cuando en cuando, reclama su propiedad.

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Dobles
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Javier Menéndez Llamazares | 18-01-2015 | 10:42| 2

Elena Castro es una científica que investiga los complicados entresijos del cerebro humano. Sabe, como enseña la tradición popular, que no hay personas iguales, pero a punto estuvo de refutar esa pseudoley universal cuando en una acera de Santander una mujer la abordó, tras observarla con detenimiento, para comprobar fehacientemente no se trataba de la hija de la propia señora, que en esos momentos estaba Bilbao y que, en efecto, ni es Elena Castro ni tiene nada que ver con ella. Porque lo realmente asombroso es que una madre, por mucha vista cansada que le hayan propinado los años, conoce a sus hijos hasta por los andares, de modo que semejante confusión sólo podía deberse a un parecido extraordinario. Así que, desde entonces, la investigadora sabe que, en cualquier momento, podría coincidir con su doble, o al menos con una réplica tan parecida a ella que podría llegar a suplantarla incluso ante su propia familia.

El asunto de los dobles, aunque no resulte demasiado científico, es algo que preocupa a la humanidad desde mucho antes de que se le pusiera nombre a conceptos como la alienación o el ‘doppelgänger’, que tanto juego han dado en el cine, la literatura o incluso las teorías políticas, que tan a menudo vienen a ser otra forma de ficción. En la luna de Cyrano, por ejemplo, todos teníamos nuestro duplicado, y era creencia popular no hace tanto tiempo el que todos teníamos a nuestra copia pululando por las antípodas, idéntico a nosotros sólo que cabeza abajo.

La naturaleza, claro, ya se las ingenió mucho antes de la oveja Dolly para clonar personas mediante los caprichos de la genética, una lotería que hace que dos hermanos puedan parecer de planetas distintos, y quedarse uno con todos los rasgos físicos atractivos y el otro con una desazón que disfraza de superioridad intelectual, aunque tiende más bien a repetir ciertos patrones familiares, como si hubiera un molde que aplicase, generalmente para desesperación de los agraciados con una dinástica nariz aguileña o con la calva del bisabuelo, que suele ir pasando de generación en generación sin que ningún tónico mágico consiga ponerle remedio.

Más inexplicable, sin embargo, es toparte con un doble sin parentesco; cuando me aburro en las estaciones o aeropuertos, suelo entretenerme buscando réplicas de Groucho Marx o de Woody Allen. Y tan grande es el poder del séptimo arte, que casi siempre acaba apareciendo alguno.

Otra coincidencia, mucho más habitual, es descubrir que existe otro tú con el que sólo compartes nombre y apellidos. Lo malo de eso suele uno enterarse en trámites más bien dolorosos, los que tienen que ver con reclamaciones, justicias y recaudaciones varias.

Y es que, en el fondo, uno no sabe si sería mejor o peor toparte con ese doble perfecto, con el que poder intercambiarte como gemelos traviesos. Aunque seguro, que más de uno, cambiaría su vida a ciegas.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.