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Autor: xavillamazares
Nicanor Parra: Fábrica de luz
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Javier Menéndez Llamazares | 24-01-2018 | 6:35| 1

parra-nicanor_obra-gruesaAsegura el tópico que hay libros que te cambian la vida, pero son mucho mejores los antilibros. Libros que te abren los ojos, que te ensanchan la mirada, que te bajan de las nubes. Corría 1995 y el que suscribe pasaba las mañanas catalogando un interminable fondo de bibliografía hispanoamericana, y las tardes escribiendo a la manera de Antonio Gamoneda, personalidad a la que rendíamos culto toda una generación de aprendices del verso. Y entre toda la hojarasca apareció un libro humilde, de impresión tosca y hojas ya amarillentas. Se titulaba ‘Obra gruesa’, y entre muchos otros sacrilegios pretendía bajar a los poetas de los altares. Poesía que hablaba «en el lenguaje de todos los días», que renunciaba a los «sonetos a la luna».

Así me regaló la luz Nicanor Parra: lejos de la escritura oscura, del lenguaje críptico, de la pose que simula ocultar un pensamiento profundo, me enseñó a buscar la esencia sin perderse en las formas. Que menos es menos y más es más. A mí, que «no creo ni en la Vía Láctea».

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Espiquin inglis
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Javier Menéndez Llamazares | 21-01-2018 | 11:36| 1

Le damos demasiada importancia al inglés, que está claramente sobrevalorado. Lo metemos con calzador en nuestro propio idioma –‘hall’, ‘smartphone’–, lo adaptamos –márketing, mánager–, o hasta lo inventamos –ese ‘footing’ que sólo existe en castellano, porque en ‘inglés de verdad’ al parecer se dice ‘jogging’–, pero al final no nos molestamos en aprenderlo realmente, porque también los traductores tienen derecho a ganarse la vida.

El pequeño escándalo de la web –¿ven lo que les decía del calzador?– santanderina que traduce ‘Centro Botín’ por ‘Centro del pillaje’, y además sin la menor ironía anticapitalista, lo que viene a poner sobre la mesa es la triste realidad de que el inglés, más que un idioma, para la gran mayoría de españoles es una pesadilla desde la edad escolar.

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Mentiras digitales
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Javier Menéndez Llamazares | 14-01-2018 | 11:25| 1

Más que la era de la posverdad –signifique eso lo que signifique–, vivimos en la del camelo. Si esta semana han ardido los móviles de media España con la noticia de los ‘aromas jamaicanos’ del botafumeiro de Santiago, hace un mes la gran ‘noticia’ eran los diecisiete divorcios que había provocado un descuido en el whatsapp de una despedida de soltero. Falso y falso. Falsos como duros de madera, que decíamos cuando todavía había duros, y ni siquiera sospechábamos que nadie quisiera falsificarlos.

Las historias, cuanto más truculentas, más nos gustan. Poco importa si son ciertas o no.

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France Gall y las piruletas de Gainsbourg
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Javier Menéndez Llamazares | 09-01-2018 | 5:46| 1

francegallSe nos ha ido France Gall, las eurovisiva más guapa –sí, quizás también la más cursi–, que fuera capaz de tocar el cielo y el infierno de la fama prácticamente a la vez, allá por los años sesenta.

Bella como una muñeca, su padre letrista la orientó hacia la música gracias a una voz casi infantil que casaba a la perfección con los primeros tiempos del pop en una Francia necesitada de ídolos patrios, frente a la invasión anglosajona. Tenía tanto ángel, que con quince años la fichó la Philips, y antes de los dieciocho ya había ganado Eurovisión, en 1965. ¿El secreto? Las canciones de un genio de la música, pero demasiado feo para los escenarios y, casi, para las portadas de los discos. Se llamaba Serge Gainsbourg.

De talante burlón y espíritu surrealista, le regaló su gran éxito, ‘Poupée de cire, poupée de son’, una pieza que aparentemente hablaba de muñecas de trapo cantarinas, pero que en una segunda lectura escondía una crítica demoledora a las insustanciales cantantes pop de la época. Con ella se llevaría el festival eurovisivo, pero un año más tarde, Gainsbourg quiso ir más allá en la humorada, y escribió para France ‘Les sucettes’ (‘las piruletas’).

Cuando las televisiones de media Europa se hincharon a emitir el vídeo de la jovencita que «adora chupar piruletas», y se sentía en el cielo «cuando el azúcar fluye por su garganta», la temperatura subió varios grados en todo el continente. En el estilo que luego mimetizaría Lazarov, no faltaban las escenas de chicas empleándose a fondo con enormes pirulís.

Gainsbourg, por supuesto, jugaba con el doble sentido, y la jugada le salió redonda porque todo el mundo lo cazó a la primera. Todos, menos al parecer la pobre France, que resultó ser más inocente que sus piruletas de anís. Cuando su familia le explicó el chiste, quiso que la tragase la tierra. Y su manera de desaparecer sería emigrar al Berlín dividido, donde quiso rehacerse cantando canciones de amor asistido por ordenador, su famoso ‘Computer Nº 3’. Sin embargo, la inocencia ya la había perdido. Como el mundo, que entraba entonces en 1968.

 

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La gran quedada
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Javier Menéndez Llamazares | 07-01-2018 | 11:20| 1

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No somos el antiguo Egipto, pero cualquiera que eche un vistazo a los prados y cunetas de la región podrá ver enseguida que, si no nos acechan las siete plagas, poco nos falta. Entre uñas de gato, onagras, cangrejos foráneos y mejillones cebras, nos estamos quedando sin especies autóctonas. De hecho, costaría mucho convencer a cualquiera que no haya visto Cantabria en el siglo pasado de que el plumero no es su planta más representativa.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es