img
Autor: xavillamazares
La generación del 92
img
Javier Menéndez Llamazares | 16-04-2017 | 11:51| 2

Si hubo una fecha que marcó a todos los que crecimos en los años ochenta, esa fue sin duda 1992. Y no sólo porque nuestro mundo cambiara tanto que podría decirse que hubo una España anterior y otra posterior, sino porque durante largos años fuimos alimentando la esperanza de que después de ese ‘año de las maravillas’, todo sería mejor. Seríamos más modernos, más ricos, más europeos… cualquier cosa que nos alejara del país atrasado y dictatorial que padecieron nuestros padres.

Más allá de las fanfarrias propagandísticas, lo cierto es que el país cambió alrededor del 92; por supuesto que fue un proceso lento, pero esa España a la que según Alfonso Guerra «no iba a conocer ni la madre que la parió» realmente empezó a ser otra entonces. Y es que solemos mirar a aquella España pre-92 con ojos de ‘Cuéntame’, como si los ochenta hubieran sido la mejor década de la historia. Pero si quitamos un poco de almíbar a la mirada, deberíamos recordar que no todo eran vino y rosas; los adolescentes de entonces vivíamos nuestra particular ‘movida’, que consistía en querer modernizar un país anticuado y, sobre todo, muy cutre. Un país cuya bandera parecía proscrita. Un país que no tenía ni nombre, porque en aquella época hasta decir ‘España’ estaba mal visto.

El verdadero logro del 92 fue un silencioso pero profundo cambio de mentalidad: aprendimos a sentirnos orgullosos de ser españoles, pero de una manera distinta a nuestros padres y abuelos. Del ‘que inventen ellos’ y del ‘españolizar Europa’ pasamos a sentirnos un país moderno, a la cabeza del mundo. No éramos unos polizones en la UE, no nos habíamos colado en la fiesta europeísta como los parientes pobres, sino que estábamos dentro por derecho propio, aunque hubiésemos llegado los últimos.

Los que por entonces salimos al extranjero pudimos comprobar que no era un espejismo interior, ni mucho menos. Los alemanes o los franceses nos miraban de un modo muy diferente a como lo habían hecho con los emigrantes de tres décadas atrás. Nosotros ya no procedíamos de un país atrasado, sino de uno de los lugares más interesantes, creativos y atractivos del mundo. En aquellos años noventa, había una fiebre por todo lo español: querían aprender el idioma, venir de vacaciones, comer jamón… Éramos el país de moda.

A nosotros, de puertas adentro, nos sirvió para quitarnos de encima muchos complejos y abandonar un victimismo que no conducía a ninguna parte. Para descubrir que no éramos menos que nadie. Aún tendríamos que superar graves problemas, como el terrorismo o el callejón sin salida de los nacionalismos –y otros resultarían irresolubles, como el paro o las desigualdades económicas–, pero aquella afirmación de nuestra propia identidad significó el cierre definitivo de la transición, no ya política sino social.

 

Ver Post >
Salvar la Feve
img
Javier Menéndez Llamazares | 09-04-2017 | 12:05| 2

De tapadillo, sin el más mínimo ruido, se están cargando la Feve por el sistema más cruel: dejarla morir. Será que en estos tiempos de ancho europeo la vía estrecha ya no mola, que sus usuarios aportan más bien poco en las cuentas de resultados de los contables, o tal vez que sus votos valen mucho menos que los demás. Quién sabe por qué, pero lo cierto es que su abandono resulta tan palmario como lamentable.

Hasta hace nada, la Feve era un cordón umbilical que paliaba la orfandad de una generación obligada buscar su sitio cada vez más lejos de la ciudad. La urbe crece sobre todo en precios, y expulsa a los más jóvenes, que no pueden costearse el lujo de vivir en los barrios en que crecieron.

Así, la vieja vía estrecha cobraba nueva vida, un respiro para aquellos que prefieren olvidarse del coche y de unas autovías tan saturadas como peligrosas. Tal vez no puedas costearte un piso en el Muelle, con vistas a la bahía, pero vivir en Polanco, Cabezón o Liérganes puede considerarse un auténtico privilegio, aunque tengas que trabajar o estudiar en Santander o Torrelavega. Si además desembarcas en pleno centro, a un precio razonable y viajas en un tren cómodo, moderno y puntual, poco podía pedirse a la Feve que muchos conocimos y adoramos hace apenas una década.

Sin embargo, de aquel modélico ferrocarril cada vez va quedando menos. Todo empezó con inexplicables averías que, día sí y día también, causaban retrasos y hasta cancelaciones cada vez más frecuentes. Luego vino el abandono de las estaciones y apeaderos. Se dejó de reponer lo que se deterioraba, y como mucho se improvisaba algún apaño con cinta aislante y bridas de plástico. Como si nada tuviera remedio, como si se tratara de una decadencia inevitable. Se diría incluso que la propia empresa intentase desanimar a sus clientes, mostrarse incómoda, ineficiente… Todo vale para desalentar a los viajeros.

Hasta el nombre acabaría perdiendo la Feve, absorbida por la gigantesca hermana mayor, una Renfe que sólo sabe pensar en grande, en costosos aves y estaciones impersonales y lejanas, pero que tanto lucen en los resúmenes de prensa y los programas electorales.

Como si ambos mundos fueran incompatibles, se diría que las autoridades prefieren que la vía estrecha desaparezca, incluso a costa de aumentar el tráfico infernal de carreteras y autovías. Mientras en ciudades como Santander se planea el metrobús, se mira hacia otro lado con el problema de las cercanías, de la enorme cantidad de santanderinos empadronados en un extrarradio que abarca decenas de kilómetros a la redonda. No siempre la modernidad está en la alta velocidad y las soluciones digitales; a veces es mucho más moderno conservar lo antiguo, pensar a escala humana y no renunciar a lo bueno que disfrutamos. Salvemos la Feve. El mundo es mucho mejor con ella.

Ver Post >
Magisterio interruptus
img
Javier Menéndez Llamazares | 02-04-2017 | 12:06| 2

Que si nunca se lo habremos oído decir de viva voz, que si mi socio lo sabía o que si la culpa fue del becario; podrán aducirse todas las excusas que se quiera, pero el hecho de que la alcaldesa, o su gabinete de comunicación, enmendara la información sobre su ‘casi diplomatura’ con tanta premura, y precisamente horas después de que estallara el caso Goikoetxea, no hace sino alimentar las sospechas de que ella, o su entorno, era muy consciente de que existía una ‘errata’ en su expediente, y que más valía hacer desaparecer cualquier resquicio, siguiendo aquel viejo refrán que previene sobre las barbas de tu vecino.

Porque, si ella no era consciente de que existiera esa ‘inexactitud’, ¿cómo se explica que alguien reparase en ella y la corrigiera? ¿Fue acaso la divina providencia?

Cierto que lo de maquillar los méritos propios, aparte de un deporte nacional, no es como para hacer dimitir a nadie; en España padecemos de ‘titulitis’, y la carrera universitaria ni siquiera es un requisito ineludible para dedicarse a la política, ni mucho menos para acceder a puestos ‘a dedo’; cierto también que tener pendientes un par de asignaturas es pecata minuta, pero el verdadero problema radica en que dejar que los demás crean una información falsa que el interesado no desmiente es una forma de impostura que no mejora en nada a la mentira explícita.

Tampoco vamos a dramatizar, porque nos pasa a todos: los que escribimos en un periódico nos aburrimos de decir que no somos periodistas, y los que trabajamos en la universidad acabamos rindiéndonos ante la idea generalizado de que somos profesores. Ya se sabe: en aviación, todos pilotos.

Lo que pasa es que a la hora de posar en un cartel electoral como que no luce nada una biotecnología o un magisterio interruptus; y al final resulta mucho más rápido y cómodo hinchar el currículum que armarse de valor y matricularse para aprobar aquella docena de créditos que dejamos colgados en nuestra juventud. En fin, cosas de la sensación de impunidad que deben de dar junto a los carnés en los partidos políticos.

Después de lo de Roldán, cuyos títulos imaginarios le llevaron a la antesala de la cartera de Interior, sorprende que aún no se haya articulado algún procedimiento para comprobar de oficio la veracidad de los méritos de que presuma cualquier candidato a un cargo público.

Lo que desde luego parece política-ficción es que Revilla salte a la palestra pontificando sobre que «es gravísimo ponerse medallas que no te corresponden», y lo haga con la misma cara con la que confesó recientemente haber suplantado a su hermano en un examen. Al parecer, es mucho peor «mentir sobre lo que uno es», que mentir sobre quién es. Ante tal demostración de clarividencia presidencial, sólo queda admitir que la política es un arte… el arte del birlibirloque.

Ver Post >
La tierra es plana
img
Javier Menéndez Llamazares | 26-03-2017 | 12:09| 2

Que Shaquille O’Neal afirme que la tierra es plana es como para hacer dudar a cualquier: desde luego, desde altura tiene que tener una mejor perspectiva para otear el horizonte. Y si él, que ha recorrido medio mundo, asegura además que conduce a menudo de Florida a California y no ha notado ni el menor indicio de curvatura. Hasta la ley de la gravedad ha puesto en solfa, dudando de que realmente China esté bajo sus pies, en las antípodas del globo terráqueo.

Claro que no se trata de un descubrimiento personal, ni de una estratagema para recuperar la atención que recibía cuando era el amo de la zona, sino de una especie de epidemia que parece afectar a otras estrellas de la NBA, cuyo empeño en poner en duda la esfericidad del planeta esconde en realidad un inteligente llamada a la opinión pública para que dejemos de dar por buena cualquier información, por mucho que venga bendecida por las redes sociales o la avale una figura popular. ¿De verdad vas a creer que la tierra es plana sólo porque lo diga un famoso? Simplemente se trata de recordarnos que debemos contrastar la información, y no creernos todo lo que nos cuenten. Sobre todo, porque detrás de la desinformación suelen esconderse intereses de todo tipo, desde los políticos hasta los económicos.

Hace algunos años, la manera más concluyente de zanjar una discusión era con un tajante «lo ha dicho la televisión». No había forma de rebatir dicho argumento. Lo que decía ‘el parte’ iba a misa. Pero todo evoluciona, y hoy día nos creemos a pie juntillas cualquier mensaje, con tal de que llegue bendecido por el whatsapp o las redes sociales. Y colapsamos las wifis de medio mundo intercambiándonos bulos, en forma de falsas alarmas sanitarias, de oscuras conjuras políticas o de llamamientos al boicot frente a los abusos de algunas empresas. Y todos convenientemente aderezados con un supuesto origen en la policía o en medios de comunicación solventes, desde los caramelos con drogas o los secuestros de menores hasta los falsos vales descuentos para supermercados.

Que no todo es lo que parece ya deberíamos saberlo hace tiempo, pero seguimos picando con la viejas leyendas urbanas que circulaban detrás del «lo sé de buena tinta», o el «me ha dicho un amigo de un amigo». Otra muestra de ello es el último escándalo televisivo, donde la victoria contra pronóstico de un bailarín rocker en un concurso de talentos ocultaba en realidad un sonado tongo orquestado desde un foro de internet.

La travesura de ForoCoches, más allá de la opinión que cada uno tenga de los concursos televisivos, viene a demostrar lo sencillo que resulta manipular las consultas populares; algo que no resultaría tan grave de no ser porque buena parte de la ciudadanía las valora mucho más que las elecciones políticas. Si hasta Telecinco puede ser víctima de la desinformación, al final va a ser verdad que la tierra era plana.

 

Ver Post >
Futuro imperfecto
img
Javier Menéndez Llamazares | 20-03-2017 | 8:00| 2

Este jueves visitó Santander Ian Watson, uno de los más destacados novelistas de ciencia-ficción del último medio siglo, y cuando acabamos en el Canela entre cervezas me dio por preguntarle si, como anunciaba en los ochenta Radio Futura, «el futuro ya está aquí», o más bien el futuro ya no es lo que era. Me explicó entonces que los futurólogos no habían dado una, pero que hoy tenemos más tecnología en la palma de la mano que todo el Apollo XII cuando llegó a la luna.

El caso es que cuando uno se pone a rememorar la visión del futuro que tenía hace tres o cuatro décadas, y no se puede decir que este mundo cotidiano se parezca demasiado a lo que esperábamos. Ni ‘Mad Max’, ‘Metrópolis’ ni ‘Brazil’; el futuro guarda muy sospechas similitudes… con el pasado.

De momento, los coches no vuelan, sino que más bien se amontonan por todas partes, ocupando más espacio que los humanos, que dedicamos media vida a conseguir comprarlos y mantenerlos. Tampoco se ha desarrollado el teletransporte ni la telepatía, y tenemos que conformarnos con Ryan Air y sus vuelos a bajo coste –que tienen su gracia, pero no son lo mismo– y el Skype –que tampoco es que lo usemos demasiado, y eso que es una de las escasas predicciones que realmente existen–.

No se ha encontrado la cura del cáncer ni la vacuna del sida, aunque hay que reconocer que la medicina nos ha traído regalos maravillosos como los ansiolíticos y la viagra –si ahora no los valoras, tranquilo… tal vez seas demasiado joven–; y menos mal que los ingenieros nos trajeron los gepeeses, y así ya no andamos tan perdidos por el mundo.

En lugar de dos cadenas, y una blanco y negro, ahora tenemos infinidad de canales, aunque en realidad nunca haya nada interesante que ver, y hayamos abandonado la tele por el facebook o las series descargadas. Cargamos los discos duros de más canciones de las que podríamos escuchar en diez vidas consecutivas, y los libros en nuestras tabletas se cuentas por millares; sin embargo, pasan las décadas y seguimos leyendo libros en papel, disfrutando del olor a tinta fresca al abrir el periódico y sucumbimos al encanto decadente del vinilo y sus chasquidos, tan analógico todo…

Aunque algo sí que ha cambiado, y radicalmente. Y como apuntaba Watson, está en la palma de nuestras manos, permanentemente. La combinación de internet y telefonía móvil nos ha transformado en una especie de ‘homo smartphonicus’ que abusa del whatsapp y peca cibernéticamente, aunque en el fondo coincida con sus abuelos en que «como lo antiguo, no hay».

Al final, por mucha cacharrería que nos rodee, seguimos siendo los mismos. Ciudadanos buenos y benéficos, como en 1812 pero con el móvil en la mano. Buscando la felicidad, aunque sea en Google. Menos mal que el futuro, cuando llegue, será mejor.

Ver Post >
Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria.