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Categoría: Cultura
El neopunk que llena auditorios

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Concierto de Paolo Angeli. Santander, Escuela de Náutica, 23 de marzo de 2018

 

‘Hazlo tú mismo’ era el lema por antonomasia de la explosión punk. Y la filosofía que a finales del siglo pasado guio al joven Paolo Angeli, cuando todos los lutieres del mundo le repetían, uno tras otro, que su idea de ‘tunear’ una guitarra sarda era sencillamente imposible. Con motores de walkman, vibradores de móviles y hasta cables de bicicleta conseguió fabricar su instrumento, «alta tecnología –bromea–; mi guitarra es bastante punk», un prodigio que llegó a maravillar al mismísimo Pat Metheny, que acabaría por convertirse en el mecenas particular de un músico singular cuya última parada –vía el Carnegie Hall neoyorkino– sería el viernes 23, junto a la bahía santanderina.

Electrizados salíamos los espectadores de la Escuela de Náutica. Caras de satisfacción y sorpresa grata, por mucho que Angeli se hubiera hartado de repetir sobre el escenario que lo suyo «no era para todos los públicos», que apostaba por lo difícil. «Ya sé que hago música rara», llegó a afirmar, sin rastro de ironía en su gesto. Atrás quedaba hora y media de experimentación sonora, en una arrolladora mixtura de sonidos centenarios y rabiosamente actuales, de vanguardia y canciones populares, de ecos del Mediterráneo y devaneos entre la tecnología y el clasicismo.

Pero si Paolo Angeli es un genio produciendo música, no lo es menos contando historias. Bendecido con el don de la palabra, al final uno no sabe si prefiere que toque o que hable. Ya desde la introducción apeló a la empatía: el recinto no podía resultar más evocador para un piloto náutico titulado, que en el tercer curso de la ingeniería sintió la llamada de la vocación, y en lugar de ejercer la profesión se matriculó en etnomusicología. «Por eso llevo esta camiseta de marinero», comentó con una sonrisa en un perfecto castellano, señalando las rayas bretonas azules y blancas de su telnyashka.

«Quiero que este concierto sea un viaje», advirtió desde el principio; aunque cuenta con más de cinco horas de repertorio, prefería improvisar, y que el desarrollo de la velada marcara qué habría de arrancarle al instrumento que, por el momento, definió tan sólo como ‘guitarra’: «como en los aeropuertos, para que no me pare la guardia civil». Un llamativo aparato, con decenas de botones, pica y doble clavijero.

Y entonces se obró la magia. De su ‘guitarra da gamba’ brotaban variaciones y fraseos, pero también sonidos ambientales, dobles y triples melodías, y hasta percusiones impensables. Afinando sobre la marcha, como un artista de música electrónica, pasaba del pizzicato al arco, del rasgueo a la agresión directa sobre las cuerdas. Con sus pies descalzos, una increíble martillería pianística producía los bajos, que llegaron a deslizarse sobre plásticos para redondear la atmósfera en los momentos más inquietantes.

Hasta que toda esa improvisación se va transformando, poco a poco, en piezas reconocibles, que incluso canta: ‘Mi-la’, una serenata dieciochesca de los pescadores sardos, en Cerdeña, que debe el título a las dos notas que alterna; ‘Blu di Prussia’, con ecos de gaita; ‘Stabat mater’, un canto de semana santa, o la ‘Corsicana’ que dedica a los que sufren el drama de la emigración, porque «de los encuentros nace siempre belleza».

A la hora y media se despide, ovacionado por el público en pie. Algunos cogen sus paraguas, pero la mayoría sigue aplaudiendo. Cuando vuelve al escenario, en lugar de reverencias se pone la palma de la mano en la mejilla, como un resonador, y empieza a cantar. A capella. Sin dejar el canto, retoma la guitarra y ya nadie se mueve; hasta los que estaban ya en la puerta se olvidan del resto del mundo.

El inesperado bis sería ‘Porto Flavia’, compuesta en homenaje a Paco de Lucía. Una enorme descarga de energía que dejó en nada la tormenta que caía sobre Santander.

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Nicanor Parra: Fábrica de luz

parra-nicanor_obra-gruesaAsegura el tópico que hay libros que te cambian la vida, pero son mucho mejores los antilibros. Libros que te abren los ojos, que te ensanchan la mirada, que te bajan de las nubes. Corría 1995 y el que suscribe pasaba las mañanas catalogando un interminable fondo de bibliografía hispanoamericana, y las tardes escribiendo a la manera de Antonio Gamoneda, personalidad a la que rendíamos culto toda una generación de aprendices del verso. Y entre toda la hojarasca apareció un libro humilde, de impresión tosca y hojas ya amarillentas. Se titulaba ‘Obra gruesa’, y entre muchos otros sacrilegios pretendía bajar a los poetas de los altares. Poesía que hablaba «en el lenguaje de todos los días», que renunciaba a los «sonetos a la luna».

Así me regaló la luz Nicanor Parra: lejos de la escritura oscura, del lenguaje críptico, de la pose que simula ocultar un pensamiento profundo, me enseñó a buscar la esencia sin perderse en las formas. Que menos es menos y más es más. A mí, que «no creo ni en la Vía Láctea».

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France Gall y las piruletas de Gainsbourg

francegallSe nos ha ido France Gall, las eurovisiva más guapa –sí, quizás también la más cursi–, que fuera capaz de tocar el cielo y el infierno de la fama prácticamente a la vez, allá por los años sesenta.

Bella como una muñeca, su padre letrista la orientó hacia la música gracias a una voz casi infantil que casaba a la perfección con los primeros tiempos del pop en una Francia necesitada de ídolos patrios, frente a la invasión anglosajona. Tenía tanto ángel, que con quince años la fichó la Philips, y antes de los dieciocho ya había ganado Eurovisión, en 1965. ¿El secreto? Las canciones de un genio de la música, pero demasiado feo para los escenarios y, casi, para las portadas de los discos. Se llamaba Serge Gainsbourg.

De talante burlón y espíritu surrealista, le regaló su gran éxito, ‘Poupée de cire, poupée de son’, una pieza que aparentemente hablaba de muñecas de trapo cantarinas, pero que en una segunda lectura escondía una crítica demoledora a las insustanciales cantantes pop de la época. Con ella se llevaría el festival eurovisivo, pero un año más tarde, Gainsbourg quiso ir más allá en la humorada, y escribió para France ‘Les sucettes’ (‘las piruletas’).

Cuando las televisiones de media Europa se hincharon a emitir el vídeo de la jovencita que «adora chupar piruletas», y se sentía en el cielo «cuando el azúcar fluye por su garganta», la temperatura subió varios grados en todo el continente. En el estilo que luego mimetizaría Lazarov, no faltaban las escenas de chicas empleándose a fondo con enormes pirulís.

Gainsbourg, por supuesto, jugaba con el doble sentido, y la jugada le salió redonda porque todo el mundo lo cazó a la primera. Todos, menos al parecer la pobre France, que resultó ser más inocente que sus piruletas de anís. Cuando su familia le explicó el chiste, quiso que la tragase la tierra. Y su manera de desaparecer sería emigrar al Berlín dividido, donde quiso rehacerse cantando canciones de amor asistido por ordenador, su famoso ‘Computer Nº 3’. Sin embargo, la inocencia ya la había perdido. Como el mundo, que entraba entonces en 1968.

 

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Eduardo Mendoza, un escritor a contracorriente

El problema de Mendoza siempre ha sido que le gusta ir a la contra. Que se le entendiera, cuando estaba de moda oscurecer el discurso y perderse en alardes estilísticos y otros fuegos de artificio. Recurrir al humor cuando todo el mundo quiere ponerse trascendente. Recuperar el realismo mientras los demás se pierden en experimentos vamos. Hablar de la realidad política en un momento en que ya nadie se atrevía a hacerlo. Inventar la novela negra histórica y ser capaz de rescatar dos géneros entonces marginales. Escribir en castellano pese a la presión asfixiante de las instituciones de su ciudad. O aguar la fiesta de una ciudad olímpica removiendo un pasado no tan luminoso.

A los manuales de literatura pasaría por una de sus primeras novelas, ‘La verdad sobre el caso Savolta’, de 1975, que inaugura la narrativa actual española y cierra el ciclo de la posguerra. Y el gran público se rendiría a sus encantos en 1983 con ‘La ciudad de los prodigios’, la gran novela de la Barcelona modernista. Una ciudad que, junto a Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, convirtió en todo un tema literario.

Para los lectores de mi generación, sin embargo, el libro iniciático sería ‘Sin noticias de Gurb’. Hasta en sus obras más serias, Mendoza no reprime guiños cómplices e ironía de alto voltaje, pero con Gurb dio rienda suelta a su espíritu lúdico y a una visión crítica con la que radiografía toda una sociedad a punto de sufrir su particular metamorfosis hacia la modernidad. Si Madrid había tenido su ‘movida’, Barcelona iba a ser el centro del mundo con sus juegos olímpicos, y allí estaba para contarlo su extraterrestre con propensión a la disidencia.

El Cervantes de Eduardo Mendoza premia también a una forma de entender la literatura como un espacio de libertad creativa, en la que la accesibilidad no está reñido con el largo alcance y la capacidad de análisis.

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«‘Años salvajes’ es un canto a la belleza y fuerza del mar, por uno de los periodistas más importantes del siglo»

El editor Luis Solano presentó en Santander el libro sobre surf de William Finnegan, premio Pulitzer 2016

 

 

El editor Luis Solano visitó Santander el martes 29 de noviembre para presentar la gran apuesta de la temporada de Libros del Asteroide: ‘Años salvajes’, unas memorias literarias y surferas del escritor y periodista estadounidense William Finnegan, que le valieran la concesión del Pulitzer de este año.

Hemos conversado con Luis Solano, quien una década al frente del sello independiente puede presumir de haber introducido en España a autores como Robertson Davies y revalorizado a otros Manuel Chaves Nogales.

 

El premio Pulitzer, un gran revuelo mediático y cifras de venta mareantes son una carta de presentación impresionante para cualquier publicación. ¿Realmente ‘Años salvajes’, de William Finnegan es el mejor libro sobre surf que se haya escrito nunca?

​Sí. No se ha escrito tan bien sobre surf, sobre todo porque nunca se había dado la extraña coincidencia de que un escritor extraordinario, uno de los periodistas estadounidenses más importantes del principio de siglo, que podría haber ganado el Pulitzer con alguno de sus reportajes, fuese además un consumado surfero y quisiese escribir sobre ello. Es una coincidencia realmente irrepetible.​

 

¿Qué tiene el surf tan apasionante? Porque sus incondicionales acaban convirtiéndolo en un modo de vida, como bien demuestra ‘Años salvajes’.

​Creo que basta enumerar los elementos que pone el juego el surf para que se entienda las pasiones (y adicciones) que levanta: aventura, comunión con la fuerza de la naturaleza, actividad física, juego (ya que es una actividad puramente recreativa), belleza (es indudable que la imagen de un surfista haciendo piruetas sobre algo tan poderoso como una ola es algo bello), peligro (a partir de determinado tamaño las olas son realmente peligrosas y el surfista se pone en peligro cada vez que entra al mar). Es un cóctel tan bueno que no me extraña la adicción que genera.

Los que no seríamos capaces de resistir sobre la tabla ni la primera ola, ¿qué podemos encontrar en el libro?

Las memorias de un escritor y periodista americano que se forma de la manera menos convencional que uno podría imaginar, una fascinante historia de aventuras, una reflexión sobre el ser humano, el amor y la familia, y un canto a la belleza y la fuerza del mar.​

¿Cómo lleva ejercer de suplente de Finnegan? Acabará sintiendo el libro todavía más suyo…

​He estado muy metido en el proceso de traducción, así que ya era un libro que tenía especialmente cercano. Además he tenido la suerte de acompañar al autor durante unos días recientemente mientras presentaba el libro en Madrid y Barcelona, con lo cual, pese al respeto que siento por el autor y la obra, espero poder hacer un papel razonable y decir cosas interesantes.

Finnegan tiene una biografía envidiable: viajero incansable, escritor, surfista, periodista… y además el Pulitzer. ¿No tiene miedo de que acabe convirtiéndose en un personaje novelesco?

​No lo creo, me parece que su mayor miedo era que esa obsesión enfermiza por las olas que describe en el libro​ no lo hiciese quedar como un estúpido. Pero ese es precisamente uno de los éxitos del libro, que sabe explicar por qué algo que para algunos pudiera parecer una afición estúpida es, en realidad, algo apasionante.

Se ha valorado mucho la traducción de Eduardo Jordá…

Jordá ha hecho un esfuerzo formidable, sobre todo si se tienen en cuenta que el lenguaje sobre surf es mucho más limitado en castellano que en inglés. Desde el principio teníamos claro que el libro tenía que funcionar tanto con legos en surf como con expertos, razón por la que la traducción y su revisión han llevado más trabajo del habitual.

Libros del Asteroide cumple este mes once años, con más de un centenar de libros en su haber e implantada como una editorial de referencia dentro del panorama independiente nacional. ¿Esperaba llegar tan lejos cuando sólo era un proyecto?

​La verdad es que sí, que cuando empezamos esperaba que la editorial estuviera donde esta ahora; otra cosa es que ahora me parezca que entonces era un inconsciente porque lograr una posición como la que hoy tenemos es mucho más difícil de lo que imaginaba hace once años.​

¿Con qué títulos de su catálogo se siente más satisfecho? ¿Y cuáles le sorprendieron más?

​Eso es como preguntarle a un padre a qué hijo quiere más… Es verdad que hay títulos que nos han ayudado a consolidarnos y que se han convertido en clásicos de nuestro catálogo, pienso en libros como ‘El quinto en discordia’ de Davies, ‘El maestro Juan Martínez’ de Chaves Nogales o ‘En lugar seguro’ de Wallace Stegner. Pero cada año hemos sabido encontrar uno o dos títulos que han logrado el favor de la crítica y el público y nos han permitido seguir creciendo y llegar a cada vez más lectores. De los últimos años pienso en ‘Canciones de amor a quemarropa’ de Nickolas Butler o Alice McDermott. Pero también podría mencionar ‘Viaje a la aldea del crimen’ de Ramón J. Sender o ‘De noche, bajo el puente de piedra’ de Leo Perutz que hemos publicado este año. Y no me olvido de ‘Años salvajes’ que creo que es uno de los mejores libros de no ficción que hemos publicado nunca.

Julio Fajardo, Marcos Ordóñez… ¿Qué responde a los que echan de menos más apuesta por los narradores españoles?

​Que no se impacienten, que vendrán más, pero que queremos que sean igual de buenos que los dos que acabas de mencionar.​ Vamos lentos, pero seguros.

Esta semana coincide en Santander con otro editor, Enrique Redel, director de Impedimenta. Ambos forman parte de Contexto, un grupo pionero en aunar esfuerzos editoriales. ¿Hace falta más unidad en el libro independiente?

Yo creo que ya hay bastante solidaridad entre librerías y editoriales, no creo que se le pueda reclamar más al sector, sólo espero que se mantenga igual. Lo que sí tengo que reconocer es que para nosotros el pertenecer a Contexto ha sido clave en nuestro éxito.​

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Sobre 'Patria', de Fernando Aramburu

Al final siempre gana el olvido

 

‘Patria’ son ciento veintinco fragmentos que podrían funcionar como relatos cortos, pero que en realidad componen el mosaico de un tiempo y un lugar en el que la libertad fue desdibujando su concepto hasta convertirse en una pesadilla de opresión, en el que los juegos de intereses intercambian papeles de víctimas y verdugos y sumen en un manto de fanatismo y violencia cuatro décadas para el olvido.

‘Patria’ es la memoria del miedo y el rencor, de un forzosa socialización en la que única posición posible es la propia, y en la que las actitudes refractarias a lo foráneo, a lo ajeno, acaban conduciendo a una barbarie en la que ni siquiera los supuestos referentes morales, como la Iglesia, consiguen superar un discurso maniqueo, cargado de ‘buenos’ y ‘malos’.

‘Patria’ es un país partido en sus entrañas, es la reflexión de una sociedad que culpabiliza a las víctimas, que consigue imbuir el terror en el interior de las mentes, que no pretende convencer sino hacer uso de la fuerza. Un país que inventa una lengua nueva, para no llamar a las cosas por su nombre.

‘Patria’ es la historia de dos familias en un pueblo que no necesita nombre; de dos ‘amas’ a las que la violencia separa tras décadas de amistad. Miren y Bittori son dos mujeres dominantes a las que un atentado –el asesinato del Txato, marido de Bittori– separará en un abismo fondeado por el aislamiento de un entorno que prefiere refugiarse en el ‘algo habrá hecho’.  Pero es también la historia de Joxe Mari y sus manos manchadas de sangre, cuyo camino conduce al arrepentimiento.

‘Patria’ no tiene una única voz, sino nueve –Miren y Bittori, sus maridos y sus cinco hijos– que se alternan y que forman un caleidoscopio que recoge las múltiples actitudes frente al horror. Aunque al frente de todas está la de un escritor que no rehúye su propia postura, su propia memoria. Se busca identidad y se encuentran personas, cada uno con su propio universo a cuestas.

Y aunque se llega a afirmar que «al final, siempre gana el olvido», la réplica reza que tampoco vamos a hacerle el trabajo.

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Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es