img
Autor: Diego Ruiz
Aparta de mí estas tostadas
img
Diego Ruiz | 04-01-2017 | 5:44| 0

Estos días me he pasado cuatro pueblos con las tostadas, ese dulce casero que fuera de Cantabria se llama torrija y que en vez de en Navidad se come en Semana Santa. Ya se sabe que aquí, afortunadamente, somos distintos, sobre todo a la hora de ponerle nombre y fecha a las cosas.
Digo que me he pasado cuatro pueblos porque llevo ya dos barras de pan convertidas en esas porciones de leche, azúcar, canela y corteza de limón rebozadas en huevo y fritas en aceite, y que luego se bañan, durante unos días, en una brillante ‘piscinita’ de almíbar.
Dos barras de pan, dos: una especial para tostadas y otra de hogaza que sobró del día 25, ya dura, pues se compró la víspera. Eso, en raciones, calculo que llegan a unas catorce o quince. Casi nada.
Hacer tostadas es fácil, sólo se requiere un cursillo de iniciación a la cocina –se regala por internet con coste cero– y paciencia. No se tarda mucho, aunque parezca lo contrario. El problema es que luego se comen y son un ‘arma de gordura masiva’, en especial si se deja para el final de la comida y se mezclan con turrones, mazapanes, peladillas, polvorones y demás postres navideños.
Por eso llevo días pidiendo a todo el que me rodea: a la familia, a los amigos, a los ‘pegados’ de última hora, a los que vienen a por el aguinaldo, al carterista que parece que es el único que trabaja en estas fiestas, a la chica que limpia la escalera, al dueño del bar de abajo, al del perro que lleva una semana ladrando por los putos petardos, al agente de movilidad más próximo, al cura de la parroquia, a Chema el del kiosco, a Pedro el veterinario, al hermano mayor de mi cofradía, al concejal de barrios, al jefe del parque de bomberos voluntarios, al ministro de Fomento y a las Juventudes Verdiblancas que aparten de mí estas tostadas.

Ver Post >
Pescados salvajes
img
Diego Ruiz | 23-12-2016 | 1:24| 0

Cada vez que veo su anuncio en las cartas de los restaurantes o en esas pizarras que tanto me gustan de los establecimientos de mi tierra, me entra miedo. Se me aflojan las piernas, tiemblo, me vuelvo vulnerable. Pescados salvajes se escribe en esas pizarras sobre las que se ha deslizado una tiza de color blanco a primeras horas de la mañana. Y es que, de repente, se me viene a la mente la imagen de una lubina de 200 kilos que me ataca y me quiere arrastrar hasta atraparme entre sus fauces, como Moby Dick al mal encarado y rencoroso capitán Ahab, que la armó muy gorda por una pierna de nada.
El diccionario es claro en este tipo de asuntos. Salvaje: incontrolado, violento o fuera de las normas establecidas; muy cruel, necio, rudo, sin educación. En fin, para pensárselo.
Así que me veo entre lubinas y doradas salvajes que, para vengarse de sus captores, quieren comerse vivo a este cliente amable que se ha sentado en la mesa del restaurante dispuesto únicamente a disfrutar de un pescado de la costa cantábrica.
Y si las lubinas y las doradas son salvajes, no me quiero imaginar como deben ser los tiburones. Esos que a veces nos comemos con los nombres de marrajo, cazón, cañabota o cailón. Me veo ya en los intestinos del escualo compartiendo un espacio oscuro y con olor a pescado podrido con aquella rubia llamada Chrissie Watkins que fue la primera.
Se imaginan a unas supuestas novillas salvajes de Bostronizo lanzando derrotes a diestro y siniestro cual toro de Jandilla en los encierros de San Fermín. Habría que llamar a Juan José Padilla para poder meterle el cuchillo y el tenedor al chuletón. Y también al cabrito salvaje de Güemes o al lechazo incontrolado, violento o fuera de las normas establecidas, de Aranda de Duero.
Vamos, que a veces te dan ganas de pedir una lubina de piscifactoría para, amablemente, comerte un pescado sin pesadillas.

Ver Post >
Desayuno buffet
img
Diego Ruiz | 12-12-2016 | 12:36| 0

No desayuno en casa desde hace años, y así me va. Ni bien ni mal. Quizás preocupado por llevarme al estómago un vermut y unas aceitunas como primer alimento del día. A pesar de ello, me gusta ver desayunar a la gente. Incluso, a veces me animo a bajar al comedor si esta comida es de tipo buffet y estoy en un hotel. ¿Se han fijado alguna vez en cómo se comporta el comensal ante un almuerzo mañanero si puede servirse de todo? Y ¿en lo diferentes que somos los españoles del resto de los europeos? Aquí, nos gusta empezar la jornada con un café bebido en casa y un par de galletas para, a las once y media o doce, atacar a ese manjar que es el pincho de tortilla, con una caña o un cortado.
En el comedor del hotel de turno coinciden a la misma hora un grupo de turistas británicos, alemanes y españoles. Como en los chistes. Ya de entrada, hay una clara diferencia de envergaduras, tanto a lo ancho como a lo alto. Eso, además del color del pelo. Dorado en los teutones y pajizo en los del ‘Brexit’. Nosotros nos mantenemos fieles al negro, castaño o las mechas californianas.
Pero las grandes diferencias se observan al coger el plato y dirigirse a ese mostrador lleno de viandas donde espera el ‘breakfast’. Ellos llenan el plato sin conocimiento. Embutido, queso, yogurt, fruta, salchichas, beicon, huevos revueltos y fritos, nocilla, cruasanes y, si las hay, esas alubias pequeñas con una salsa de extraño color que ningún habitante de la península ibérica se ha atrevido a comer todavía.
Nosotros vamos de menos a más. Primero, modositamente, después de perder cinco minutos en ver todo lo que se nos ofrece –ellos van siempre a tiro hecho–, cogemos un café y un vaso de zumo de naranja y observamos. Pero rápido nos venimos arriba, somos latinos, y atacamos el embutido, el queso, la tostada con mantequilla y mermelada… Para acabar derrengados en la habitación del hotel.

Ver Post >
La chica del calendario
img
Diego Ruiz | 21-11-2016 | 12:00| 0

Me gusta hacer la ronda por el pueblo. Allí se va despacio, se disfruta del blanco con más intensidad que en la capital. Y eso que los pueblos ya no son lo que eran. En el mío hay menos tabernas, a pesar de que viven más personas que hace treinta años, y sólo una de ellas mantiene su estructura original. Las restantes se han modernizado y resultan un burdo híbrido entre un pub y una cafetería del Paseo de Pereda. Les falta personalidad. Una de las que se mantiene como la levantaron sus primeros propietarios, hace casi ochenta años, vende casi de todo. Pan, tabaco, revistas, donuts, mecheros, películas X y casettes de Camela y Camilo. Allí se sigue jugando a la brisca, al dominó y al futbolín, y el blanco es de barrica. La cerveza en la tasca se pide por cuartos o medias, como toda la vida. Pero lo más llamativo del bar de mi pueblo es la fotografía que ilustra el calendario de 2016 que cuelga de una de sus paredes principales. Se trata de la instantánea de un chica rubia, de buen ver, que se viste de lencería fina por abajo, mientras que por arriba muestra sus pechos de piel y silicona totalmente desnudos. Es aquel modelo de calendario que yo pensaba ya tan extinguido como el tigre de Tasmania. Ese que llevaban el siglo pasado los camioneros en la cabina y que presidía los talleres de reparación de automóviles. Hubo una temporada en que los almanaques dejaron de poner a chicas en cueros como reclamo para comprobar en qué día de la semana caía Santiago Apóstol o las fechas en color rojo de las fiestas nacionales. Pero, por lo visto, vuelve la moda del destape, como al final de la dictadura. Pero pocos son los clientes que hacen caso al desnudo de la rubia, tanto o menos que el que le hacían al paisaje nevado de Suiza de aquel calendario de2002.

Ver Post >
Patatas, mayonesa y otras cosas
img
Diego Ruiz | 02-11-2016 | 8:02| 0

Como continuamos con buen tiempo, con sol durante muchas horas al día, siguen apeteciendo algunos de los platos típicos del verano. El gazpacho, el salmorejo, el ajoblanco… Todos ellos procedentes de Andalucía, donde, aunque alguno lo dude, también saben comer caliente. Allí, en esta magnífica región española, donde hay una extensa variedad de platos, con influencias árabes, judías y romanas, es quizás donde mayor culto se le de a una de las elaboraciones en frío más conocidos de nuestra gastronomía. Para comer durante todo el año y una de las tapas más demandadas: la ensaladilla rusa.
Su base es la patata y la mayonesa y, a partir de ahí, ya vale todo. Estos dos ingredientes, siendo de buena calidad y estando bien trabajados, son el alma de la ensaladilla, una receta que algunos autores atribuyen al cocinero francés Lucien Olivier, que en el siglo XIX regentaba en Moscú el restaurante Le Hermitage.
El crítico gastronómico de ABC, Carlos Maribona, publicaba hace un par de años el nombre de los siete restaurantes donde, a su experto juicio, se comían las mejores ensaladillas del país. En Madrid situaba cuatro de ellos, tres en Andalucía, y uno solo en Valencia, Barcelona y San Sebastián. Otro gran experto en la materia, Enrique Bellver, no duda en decir que en su Málaga del alma se elabora la mejor ensaladilla rusa del país. Allí se sirve con gambas y se aligera la mayonesa con un poco del agua de la cocción del marisco. Un truco muy recomendado para el o la que quiera utilizar este ingrediente
Difícil sería dar un listado de nombres de establecimientos en Cantabria donde se haga una buena mezcla de patata, mayonesa y otras cosas. Me vienen a la cabeza: Los Arcos, El Castellano, La Casona del Judío, La Tucho y El Riojano, entre otros.

Ver Post >
Sobre el autor Diego Ruiz
Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

Otros Blogs de Autor