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	<title>Llamazares en su tintaCultura &#8211; Llamazares en su tinta</title>
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	<description>Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés</description>
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		<title>La vida bajo las bombas de vacío</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Apr 2019 23:31:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>

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		<description><![CDATA[El palestino Mazen Maarouf recrea en sus relatos breves la compleja psicología de las víctimas de las guerras en Oriente Medio &#160; Durante mucho tiempo, Beirut fue una constante en los noticiarios, un tema ineludible en la sección de internacional, como la horrible hambruna de Etiopía o la ‘guerra de las galaxias’ entre norteamericanos y [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><span lang="ES-TRAD">El palestino Mazen Maarouf recrea en sus relatos breves la compleja psicología de las víctimas de las guerras en Oriente Medio </span></h3>
<p>&nbsp;</p>
<div id="attachment_797" style="width: 229px" class="wp-caption alignright"><img aria-describedby="caption-attachment-797" class="wp-image-797 size-medium" src="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/mazen-maarouf-chistes-para-milicianos-full1-219x300.png" alt="Título: Chistes para milicianos. Autor: Mazen Maarouf. RELATOS BREVES. Ed. Alianza, 2019. 168 pág., 15,50 €" width="219" height="300" srcset="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/mazen-maarouf-chistes-para-milicianos-full1-219x300.png 219w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/mazen-maarouf-chistes-para-milicianos-full1.png 454w" sizes="(max-width: 219px) 100vw, 219px" /><p id="caption-attachment-797" class="wp-caption-text">Título: Chistes para milicianos. Autor: Mazen Maarouf. RELATOS BREVES. Ed. Alianza, 2019. 168 pág., 15,50 €</p></div>
<p>Durante mucho tiempo, Beirut fue una constante en los noticiarios, un tema ineludible en la sección de internacional, como la horrible hambruna de Etiopía o la ‘guerra de las galaxias’ entre norteamericanos y soviéticos. Pero pronto aquel conflicto perdería interés mediático, dejando paso a nuevas guerras en oriente medio. Sin embargo, la guerra continuaba en el Líbano. Contra todo pronóstico, también la vida. Si es que a eso se le puede llamar vida.</p>
<p>En ‘Chistes para milicianos’, Mazen Maarouf (Beirut, 1978) toma del natural retazos de aquel país inhabitable, para reconstruir a través de la ficción tanto los siniestros efectos de la guerra sobre quienes la sufren –esencialmente, la población civil–, como las diversas estrategias con que cada persona afronta esa realidad y acomete su particular luchas por la supervivencia, además de las secuelas que ese tiempo especial puede marcar a fuego en la psicología humana. Con la mirada ambivalente de los adolescentes, que deben abrirse a un mundo hostil sin haber perdido del todo la inocencia de la infancia, Maarouf ofrece un puñado de relatos breves, de crudo realismo pero a la vez con un claro aliento poético, en el que la épica del día a día se construye a partir de la adaptación al medio. Eso sí, con la rara habilidad de construir personajes que, por muy disparatada o ruin que resulte su peripecia, emocionan por su candidez y, sobre todo, por su profunda humanidad.</p>
<p>Maarouf escribe, pues, sobre un mundo que conoce bien: nació en una familia de refugiados palestinos, creció en Beirut, se dedicó a enseñar física y química , escribió libros de poesía y desde 2011 tiene el estatus de refugiado en Islandia. En sus relatos, las ciudades no tienen nombre, y tampoco los protagonistas, que nos hablan directamente. Todos cuentan su historia, un testimonio de primera mano en el que poco se guardan: en su ingenuidad confiesan incluso sus más chocantes anhelos, como el deseo del protagonista de ‘Chistes para milicianos’, convencido de que, si su padre tuviera un ojo de cristal, su aspecto grotesco aterraría al grupo de soldados que cada día le apalea, camino de su lavandería.</p>
<p>Con un estilo directo y en apariencia sencillo, pero capaz de captar y reproducir el modo de expresarse, de captar el mundo e incluso de pensar de un adolescente, Maarouf busca siempre un ángulo singular desde el que relatar cada historia, sin renunciar tampoco a la mirada amable, la que despierta más la solidaridad que la compasión. Curiosamente, consigue atinar con la encrucijada exacta en la que el lector jamás desearía estar, con la particularidad de que se llega a ella con absoluta naturalidad. Por ejemplo, en ‘El gramófono’, un hombre que ha perdido los brazos en un bombardeo trata de convencer a su hijo para que le done uno de los suyos e intentar un improbable trasplante en Francia.</p>
<p>En el relato que da título al libro hay incluso un conato de humor negro: para evitar la paliza diaria, los milicianos exigen al lavandero que les cuente un chiste. El hombre y su hijo recopilan, pues todos los chistes que pueden, los ensayan e incluso los inventan. El humor como antídoto contra la muerte debe ser, pues, una receta universal.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La cadena trófica del libro</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Apr 2019 23:29:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Sotileza]]></category>
		<post_tag><![CDATA[mundo del libro]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[Sector editorial]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[«En el mundo del libro, al final el único que gana algo es el impresor», aseguraban mis compañeros de la revista universitaria Campus, hace ya tres décadas. Y, aunque sonaba a chascarrillo, era una triste realidad: los escritores, habitualmente, se contentaban con verse publicados, así como los ilustradores. El editor, si iba con el dinero [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" class="alignright size-medium wp-image-801" src="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-300x300.jpg" alt="56887242_288786735390016_8716596808425753453_n" width="300" height="300" srcset="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-300x300.jpg 300w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-150x150.jpg 150w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-768x768.jpg 768w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n-1024x1024.jpg 1024w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2019/04/56887242_288786735390016_8716596808425753453_n.jpg 1080w" sizes="(max-width: 300px) 100vw, 300px" />«En el mundo del libro, al final el único que gana algo es el impresor», aseguraban mis compañeros de la revista universitaria <em>Campus</em>, hace ya tres décadas. Y, aunque sonaba a chascarrillo, era una triste realidad: los escritores, habitualmente, se contentaban con verse publicados, así como los ilustradores. El editor, si iba con el dinero por delante, solía palmar porque por cada libro que se vende hay una docena que acaba en el limbo; los libreros son los propietarios de ese limbo, pero vendan o no, tienen que afrontar unos gastos fijos, porque hasta los limbos cuestan un dineral en luz, impuestos y calefacción. Los distribuidores se llevaban un pellizco por libro vendido, pero estaban en las mismas: se vendía poco. ¿Dónde estaba el problema? Básicamente, en las tiradas. No se trataba de que no hubiera un público para cada libro, sino de que con el sistema offset había que tirar miles de ejemplares, para títulos que sólo tendría unos centenares de lectores. De modo que, al final, esos ejemplares sobrantes dormían el sueño de los justos en los garajes de los editores. El único eslabón de la cadena que acababa más o menos satisfecho era el impresor. Y eso, porque es un negocio en el que se tiende a no fiar, e incluso muchos aprendieron a ponerse en su sitio: o se pagan, o no sale un libro del taller.</p>
<p>En este ecosistema editorial que podríamos llamar ‘voluntarioso’, fuera del paraíso de las multinacionales, en los últimos años cada gremio del sector del libro ha ido adaptándose al medio como buenamente ha podido.</p>
<p>Para tristeza de los impresores, que ya no tienen tanto volumen de negocio como antes, los editores fueron los más beneficiados por la tecnología digital; poder imprimir cuatrocientos ejemplares o menos de un libro significa que, aunque no haya demasiados beneficios, al menos no habrá pérdidas catastróficas. Pero sufren el acecho de otro sector, los distribuidores, que han impuesto un sistema de rotación de novedades que le obliga a disponer de una novedad al mes, más o menos. ¿Por qué? Por un lado, porque los libros ‘caducan’ cada vez más rápido: lo que no se vende en un par de semanas, ya es material anticuado. Por otro, porque los libreros ya no compran en firme, sino en depósito, y devuelven cada mes los ejemplares no vendidos. En lugar de descontar la devolución, se les cambia por una novedad. Una ingeniería contable espectacular e imaginativa, a la que sólo le falta para ser perfecta que realmente existiera un público lector capaz de consumir libros al ritmo que los producen lo más de tres mil editores registrados en España. Si esto fuera una película de Capra, diríamos que, cada vez que suena una campanilla, ha cerrado una librería. Pero, ¿y los escritores? Pues imaginen: antes, por lo menos, no ganaban nada con sus libros; ahora, acaban costeándolos. Son el escalón más bajo de esta cadena trófica.</p>
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		<title>Elige a Nixon</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Oct 2018 10:54:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Conciertos]]></category>
		<post_tag><![CDATA[Francisco Nixon]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[indie]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[música]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[De entre todas las opciones posibles para celebrar el tercer aniversario de Discos Cucos, Ana Sinatra y su equipo eligieron a Francisco Nixon. Toda una declaración de intenciones que encontró una respuesta de público más que positiva, con la tienda desbordada de asistentes, que animaron la calle Santa Lucía durante toda la tarde del sábado. [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De entre todas las opciones posibles para celebrar el tercer aniversario de Discos Cucos, Ana Sinatra y su equipo eligieron a Francisco Nixon. Toda una declaración de intenciones que encontró una respuesta de público más que positiva, con la tienda desbordada de asistentes, que animaron la calle Santa Lucía durante toda la tarde del sábado. Y como aperitivo, una sesión especial a cargo de Javi Patrullero, que demostró sus dotes como investigador rastreando en entrevistas y artículos aquellas canciones que han marcado la formación musical de Nixon, y que sonaron mientras el músico y su acompañante al bajo, el productor Nahúm García, probaban sonido, con la sala ya completamente llena.</p>
<p>Improvisación y encanto a raudales serían, desde entonces, las notas dominantes de un concierto que, en realidad, era una fiesta, y como tal se lo tomaron músicos y público. Para empezar, empezaron con retraso, como los grupos de antes. Pero el inventor de los conciertos a domicilio necesita poco para meterse a quien quiera en el bolsillo, y bastaron una sonrisa y un par de acordes de su guitarra diminuta para que la entrega fuera absoluta. Con ese gesto lánguido, con la pinta del que pasaba por allí, Nixon iría desgranando canciones de sus discos en solitario y de La Costa Brava –ni mención a Australian Blonde, por cierto–.</p>
<p>Cuando el público le pidió ‘Nadia’, se puso bíblico: «Pedid y se os dará», dijo. Peor se lo tomó Nahúm: «Te acabas de cargar el ‘setlist’», protestó; cosas de productores, en fin. Pero Fran seguía a lo suyo, desgranando un cancionero que parece una obra literaria y que muchos seguían casi en trance, como si ‘Brackets’, ‘Treinta y tres’ o ‘Me casaré cuando me enamore’ fueran sus rezos de cabecera. Divinas palabras que aliñaba con guiños cómplices y alguna que otra puya, como al afirmar que «cantar ‘Adoro a las pijas de mi ciudad’ en Santander es como tocar country en Nashville». No faltó, tampoco, el recuerdo emocionado para Sergio Algora, mientras el avituallamiento llegaba ininterrumpidamente al escenario: «No me gusta el alcohol, lo que pasa es que tengo sed». Tras hora y media de nirvana, cerrarían con ‘Elígeme a mí’ y un bis interruptus –la letra se extravió en ‘Lo malo que nos pasa’ (es por salir de casa)–, que luego compensarían con ‘Hazte camarera’ y, sobre todo, con un bis personalizado para una fan de la primera fila.</p>
<p>La elección de Ana Sinatra no pudo resultar más acertada; me di cuenta cuando Tito, el fotógrafo, me dio un codazo y me dijo: «Ni se te ocurra decir nada de la afinación». Por supuesto que no: no se puede hacer más con menos. Fran Nixon merecería no una crítica, sino toda una novela.</p>
<p>&nbsp;</p>
<h6 style="text-align: right;">[Publicado en EL DIARIO MONTAÑÉS el 25 de octubre de 2018]</h6>
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		<title>Lagarto Rey</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Oct 2018 06:19:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Reseñas]]></category>
		<post_tag><![CDATA[literatura]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[novela actual]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[Jim Morrison en Panama City El poeta y cantautor Javier Medina Bernal publica su primera incursión en la novela, ‘Lagarto Rey’ &#160; &#160; Si el consejo habitual en los manuales de escritura afirma que todo relato debe comenzar con un terremoto y luego seguir ‘in crescendo’, esta novela se toma el precepto absolutamente a rajatabla: [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1>Jim Morrison en Panama City</h1>
<h3>El poeta y cantautor Javier Medina Bernal publica su primera incursión en la novela, ‘Lagarto Rey’</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
<div id="attachment_719" style="width: 198px" class="wp-caption alignleft"><img aria-describedby="caption-attachment-719" loading="lazy" class="size-medium wp-image-719" src="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/10/61zNCUMSyXL-188x300.jpg" alt="Título: Lagarto Rey. Autor: Javier Medina Bernal. NOVELA. Ed. Nieve de Chamoy, 2018. 132 págs., 10 €." width="188" height="300" srcset="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/10/61zNCUMSyXL-188x300.jpg 188w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/10/61zNCUMSyXL.jpg 313w" sizes="(max-width: 188px) 100vw, 188px" /><p id="caption-attachment-719" class="wp-caption-text">Título: Lagarto Rey. Autor: Javier Medina Bernal. NOVELA. Ed. Nieve de Chamoy, 2018. 132 págs., 10 €.</p></div>
<p>Si el consejo habitual en los manuales de escritura afirma que todo relato debe comenzar con un terremoto y luego seguir ‘in crescendo’, esta novela se toma el precepto absolutamente a rajatabla: «¡Ja! Soy alcohólico. Sí. La reputa de alcohólico. ¿Y qué?». Así arranca ‘Lagarto Rey’, la primera novela del cantautor y escritor Javier Medina Bernal (Panamá, 1978), un escritor más que consolidado en su país natal, donde ha recibido el premio Ricardo Miró –equivalente a nuestro Nacional de Literatura– en dos ocasiones: por el poemario ‘Hemos caminado siglos esta madrugada’ en 2011, y por el libro de cuentos ‘No es la muerte’ en 2013. Publicada en México por la editorial Nieve de Chamoy, se trata de la primera novela del músico y poeta, que recientemente ha visitado España dentro de su gira europea, siendo una de las paradas el espacio cultural La Vorágine, en Santander, donde ofreció un concierto acústico hace dos semanas.</p>
<p>Quien nos habla al principio de la novela, y a juzgar por sus palabras en estado avanzado y semipermanente de intoxicación etílica, es un escritor fracasado en cuyo historial figuran columnas de prensa y canciones de éxito –interpretadas, entre otros artistas, por la mismísima Paulina Rubio–, obsesionado por las mujeres y la bebida. En su curioso mecanismos de compensación, ejerce de periodista cultural par «para balancear un poco la cosa por aquello de la mierda de canciones que componía», y en su monólogo poco a poco irá desnudándose a sí mismo: su biografía, sus miedos, sus miserias, sus obsesiones… Como la fijación con su «adorado Rey Lagarto», Jim Morrison. Y, sobre, la evocación de las diferentes mujeres de su vida.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Con el hilo invisible de las lecturas, la influencia del narrador español Álvaro Valderas –afincado desde hace dos décadas en Panamá, donde ejerce la docencia universitaria, pero también trabaja como editor y periodista– y su informalismo lúdico late tras el estilo avasallador de Medina.</p>
<p>Su estilo es desbocado, juguetón, vivaz, rítmico… Todo un alarde que no rehúye la parodia y que fluctúa entre la ironía y la sensualidad, entre la sugerencia y el descaro. Usa y abusa del lenguaje coloquial, de lo soez, de lo explícito, pero también del registro culto, de la expresión certera «–Eso dijo exactamente. No dijo ‘Tus canciones son buenas’, o ‘Tus canciones son profundas’; sino ‘apropiadas para hacer dinero’»… En sus páginas late una poesía de lo cotidiano, una experiencia del presente tamizado por una voz y una mirada crítica, desencantada, pero no exenta de humor, catalizado en forma de acidísima ironía –«Amigos, sépanlo: las mujeres, en realidad (créanme, se los ruego), les gusta la panza cervecera»–.</p>
<p>En lucha encarnizada con todo tipo de interferencias –del ‘code-switchin’g que provocan los anglicismos, sobre los que se reflexiona solapadamente en algunos pasajes, a la crítica musical, despiadada con Ricardo Arjona y no menos con Silvio Rodríguez–, la prosa logra transmitir al lector la sensación de un avance trepidante en la acción, pese a que en realidad no suceda demasiado, apenas nada. Sin embargo, la inmensa pasión que desprende la propia narración resulta electrizante, como si no dejasen de sucederse los episodios apasionantes.</p>
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		<title>El verdadero espíritu del rock and roll</title>
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		<pubDate>Mon, 21 May 2018 11:53:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Conciertos]]></category>

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		<description><![CDATA[Willie Nile. Escenario Santander, 20 de mayo de 2018 &#160; &#160; Sin necesidad de grandes alardes promocionales, la programación dominical de Escenario Santander este curso está terminando con muchos prejuicios, como que los domingos no son propicios para conciertos, o que no sea posible ofrecer una programación de calidad a buenos precios y fuera de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Willie Nile. Escenario Santander, 20 de mayo de 2018</h4>
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<p>Sin necesidad de grandes alardes promocionales, la programación dominical de Escenario Santander este curso está terminando con muchos prejuicios, como que los domingos no son propicios para conciertos, o que no sea posible ofrecer una programación de calidad a buenos precios y fuera de los grandes circuitos. Pero, sobre todo, deja claro que en nuestra región sí existe público para ofertas tan alejadas de lo mayoritario como el indie de los noventa o el rock americano que no entró en las radiofórmulas. De Luna a The Posies, un auténtico lujo, nuestro ‘pub rock’ particular.</p>
<p>En ese sentido hay que valorar que Willie Nile este domingo llenara la ‘versión club’ de Escenario, en un concierto absolutamente vibrante con el que el ‘singer songwriter’ cerraba una maratoniana gira española –doce actuaciones en doce días–, que además le ha causado evidentes daños colaterales: no sólo subió al escenario con una ‘chuleta’ para sus discursos, sino que con su castellano elemental logró encandilar al público con sus múltiples ocurrencias, desde un repaso exhaustivo de la gastronomía española hasta un recuerdo para los cuatro nietos que tiene en Búfalo.</p>
<p>Pero aunque al neoyorkino le guste hablar –«Amo España por muchas razones: la gente, la comida, el vino… y porque les gusta mi música»; si la gira dura un poco más, acaba nacionalizándose–, lo que venía era a tocar. Y lo hizo con una energía y una solvencia que de inmediato hacía olvidar que este verano cumplirá los setenta. Pero es que, en cuanto se enfunda la guitarra, el primero que lo olvida parece ser él. Su saltos sobre el escenario y sus movimientos electrizantes no fueron obstáculo para una interpretación vocal más que notable, a un ritmo mucho más alto que en las grabaciones de estudio, gracias también al buen hacer de un acompañamiento de lujo: los ‘stormy mondays’ Danny Montgomery y David Otero a la batería y la guitarra, más Juanjo Zamorano al bajo. Y la intervención estelar en los coros de Marc Jonson, un clásico del powerpop neoyorquino.</p>
<p>Tras una versión de Tom Petty, Nile arrancó con un fabuloso repaso de su discografía, en la que no faltaron sus temas icónicos, de ‘Forever wild’ a ‘Across the river’, incluyendo un guiño rockabilly con ‘Hell Yeah’. Generoso en los detalles, explicó que compuso ‘If I ever see the light’ como réplica al ‘I saw the light’ de Hank Williams, y dedicó ‘House of a thousand guitars’ «a Hendrix, a Elvis, a Petty, a todos… Y a vosotros y a mí».</p>
<p>Realmente, al escuchar ‘Heaven help the lonely’, ‘Magdalena’ o ‘This is our time’ resulta inevitable preguntarse cómo es posible que Willie Nile no lleve décadas en el olimpo del rockandroll. Claro que, como él mismo explica, «yo no quería ser una estrella del rock. Yo soy poeta. Y lo que me interesa es ese espacio impreciso que existe entre los que lo tienen todo y quienes no tienen nada». No exagera. Basta con leer sus letras con atención para descubrir una mirada literaria que va más allá del tópico del rock. Preocupación social y sensibilidad creativa, junto a un talento impagable para fabricar melodías; ese es su sello personal.</p>
<p>Aunque no le duelen prendas en reconocer el talento ajeno: «Bob Dylan es el Shakespeare del rockandroll. Esto que escribió con veinte años sigue siendo verdad, y yo sigo creyendo en él», explicó antes de acometer una excelente y personalísima versión de ‘Blowin’ in the wind’, que junto a ‘Rainy day woman’ rescató de su último disco, un homenaje a Dylan.</p>
<p>Para el bis se guardó ‘You gotta be a Buddha’, antes de entregarse a una concurrencia que, después de casi dos horas de actuación, quería llevarse su firma y hacerse fotos con una leyenda que derrochó simpatía y savoir faire, anunciando ya su vuelta el próximo año. Un éxito garantizado.</p>
<hr />
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		<title>Contador de historias</title>
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		<pubDate>Sat, 19 May 2018 09:24:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Conciertos]]></category>

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		<description><![CDATA[Marwan. Sala BNS, 18 de mayo de 2018 Dos años después de su última visita a Santander Marwan, sus incondicionales abarrotaron el viernes la sala BNS para lo que en principio parecía una velada de intimista y ajustada al guion. «Y no lo era», como diría la canción de Alejandro Martínez, que con el piano [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h4>Marwan. Sala BNS, 18 de mayo de 2018</h4>
<p>Dos años después de su última visita a Santander Marwan, sus incondicionales abarrotaron el viernes la sala BNS para lo que en principio parecía una velada de intimista y ajustada al guion. «Y no lo era», como diría la canción de Alejandro Martínez, que con el piano y el acordeón arropó al cantautor.</p>
<p>Porque se diría que a Marwan lo que le gusta es romper guiones, normas, convenciones. En un admirable ejercicio de autoparodia, le gusta jugar a no tomarse a sí mismo demasiado en serio, empezando por su propio nombre: «Se pronuncia ‘maruán’, y no ‘marguán’ ni ‘marván’, como decís todos. Pero da lo mismo». Le bastaba con la atención del público, que por momentos rozó un silencio casi ceremonial.</p>
<p>Tras la introducción a cargo de Pez Mago –acompañante en otras giras y que en agosto actuará en la sala Haddock–, cuando Marwan salió a escena ya parecía tener al público ganado. Sin embargo, aguardaban algunas sorpresas. Y es que más allá de su impresionante humanidad –«Soy feo, pero tengo morbo», dijo con desenfado–, y el halo de romanticismo con el que el boca a boca ha envuelto su figura, el artista es mucho más.</p>
<p>Y es tan consciente de ello que casi parece disculparse desde el principio por el supuesto carácter depresivo de sus canciones –de hecho, en uno de sus últimos videoclips escenifica un suicidio–; pero enseguida asoma su acento de Aluche, su repertorio inagotable de comentarios, su catálogo de gestos cargados de expresividad.</p>
<p>Lo primero que uno descubre es que Marwan es uno de esos artistas que no caben en un disco. El estudio no es capaz de captar su multitud de registros. Las producciones no hacen justicia a su voz. Y el enlatado palidece frente al instante. No se trata sólo de la calidad, sino de la emoción. Y de cómo se transmite.</p>
<p>La segunda sorpresa es que esa supuesta saudade de cantautor es todo humo, se desvanece en cuanto las letras cobran vida y las gana una música que convierte sus desgarrados lamentos en depura energía: ‘La vida cuesta’, ‘Renglones torcidos’ o ‘Necesito un país’ parecen obras muy distintas de lo que suena por las radiofórmulas. Y el cantante incluso deja entrever su corazón heavy cuando cierra las canciones haciendo los cuernos en los puños, que para algo «soy una estrella del rock», bromea.</p>
<p>Pero no sólo bromea, también cita a Shakespeare, saca sus libros y recita, cuela guiños a Serrat y Sabina, habla con el lenguaje de la calle, con el de las redes y con el de poesía. Más allá del componente romántico –que lo hay–, o de una historia personal que tal vez explote en exceso Y casi sin darse cuenta desvela la última sorpresa: que no es un cantautor sino un contador de historias. Que habla casi más que canta, que necesita contar y que sabe cómo hacerlo.</p>
<p>Si como yo, tiene algún prejuicio o ya ha decidido que su música no le gusta o no le interesa, ni se le ocurra ir a verlo. Hágame caso. Corre un grave riesgo de caer en sus redes. Y hasta de salir de la sala tarareando ‘Un día de estos’…</p>
<hr />
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		<title>El neopunk que llena auditorios</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Mar 2018 05:35:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Conciertos]]></category>

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		<description><![CDATA[Concierto de Paolo Angeli. Santander, Escuela de Náutica, 23 de marzo de 2018 &#160; ‘Hazlo tú mismo’ era el lema por antonomasia de la explosión punk. Y la filosofía que a finales del siglo pasado guio al joven Paolo Angeli, cuando todos los lutieres del mundo le repetían, uno tras otro, que su idea de [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h3><img loading="lazy" class="size-full wp-image-598 aligncenter" src="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/03/Paolo-Angeli.jpg" alt="paolo-angeli" width="800" height="467" srcset="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/03/Paolo-Angeli.jpg 800w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/03/Paolo-Angeli-300x175.jpg 300w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/03/Paolo-Angeli-768x448.jpg 768w" sizes="(max-width: 800px) 100vw, 800px" /></h3>
<h3>Concierto de <a href="http://www.paoloangeli.com" rel="external nofollow">Paolo Angeli</a>. Santander, Escuela de Náutica, 23 de marzo de 2018</h3>
<p>&nbsp;</p>
<p>‘Hazlo tú mismo’ era el lema por antonomasia de la explosión punk. Y la filosofía que a finales del siglo pasado guio al joven Paolo Angeli, cuando todos los lutieres del mundo le repetían, uno tras otro, que su idea de ‘tunear’ una guitarra sarda era sencillamente imposible. Con motores de walkman, vibradores de móviles y hasta cables de bicicleta conseguió fabricar su instrumento, «alta tecnología –bromea–; mi guitarra es bastante punk», un prodigio que llegó a maravillar al mismísimo Pat Metheny, que acabaría por convertirse en el mecenas particular de un músico singular cuya última parada –vía el Carnegie Hall neoyorkino– sería el viernes 23, junto a la bahía santanderina.</p>
<p>Electrizados salíamos los espectadores de la Escuela de Náutica. Caras de satisfacción y sorpresa grata, por mucho que Angeli se hubiera hartado de repetir sobre el escenario que lo suyo «no era para todos los públicos», que apostaba por lo difícil. «Ya sé que hago música rara», llegó a afirmar, sin rastro de ironía en su gesto. Atrás quedaba hora y media de experimentación sonora, en una arrolladora mixtura de sonidos centenarios y rabiosamente actuales, de vanguardia y canciones populares, de ecos del Mediterráneo y devaneos entre la tecnología y el clasicismo.</p>
<p>Pero si Paolo Angeli es un genio produciendo música, no lo es menos contando historias. Bendecido con el don de la palabra, al final uno no sabe si prefiere que toque o que hable. Ya desde la introducción apeló a la empatía: el recinto no podía resultar más evocador para un piloto náutico titulado, que en el tercer curso de la ingeniería sintió la llamada de la vocación, y en lugar de ejercer la profesión se matriculó en etnomusicología. «Por eso llevo esta camiseta de marinero», comentó con una sonrisa en un perfecto castellano, señalando las rayas bretonas azules y blancas de su telnyashka.</p>
<p>«Quiero que este concierto sea un viaje», advirtió desde el principio; aunque cuenta con más de cinco horas de repertorio, prefería improvisar, y que el desarrollo de la velada marcara qué habría de arrancarle al instrumento que, por el momento, definió tan sólo como ‘guitarra’: «como en los aeropuertos, para que no me pare la guardia civil». Un llamativo aparato, con decenas de botones, pica y doble clavijero.</p>
<p>Y entonces se obró la magia. De su ‘guitarra da gamba’ brotaban variaciones y fraseos, pero también sonidos ambientales, dobles y triples melodías, y hasta percusiones impensables. Afinando sobre la marcha, como un artista de música electrónica, pasaba del pizzicato al arco, del rasgueo a la agresión directa sobre las cuerdas. Con sus pies descalzos, una increíble martillería pianística producía los bajos, que llegaron a deslizarse sobre plásticos para redondear la atmósfera en los momentos más inquietantes.</p>
<p>Hasta que toda esa improvisación se va transformando, poco a poco, en piezas reconocibles, que incluso canta: ‘Mi-la’, una serenata dieciochesca de los pescadores sardos, en Cerdeña, que debe el título a las dos notas que alterna; ‘Blu di Prussia’, con ecos de gaita; ‘Stabat mater’, un canto de semana santa, o la ‘Corsicana’ que dedica a los que sufren el drama de la emigración, porque «de los encuentros nace siempre belleza».</p>
<p>A la hora y media se despide, ovacionado por el público en pie. Algunos cogen sus paraguas, pero la mayoría sigue aplaudiendo. Cuando vuelve al escenario, en lugar de reverencias se pone la palma de la mano en la mejilla, como un resonador, y empieza a cantar. A capella. Sin dejar el canto, retoma la guitarra y ya nadie se mueve; hasta los que estaban ya en la puerta se olvidan del resto del mundo.</p>
<p>El inesperado bis sería ‘Porto Flavia’, compuesta en homenaje a Paco de Lucía. Una enorme descarga de energía que dejó en nada la tormenta que caía sobre Santander.</p>
<hr />
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		<title>Nicanor Parra: Fábrica de luz</title>
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		<pubDate>Wed, 24 Jan 2018 17:35:19 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[Asegura el tópico que hay libros que te cambian la vida, pero son mucho mejores los antilibros. Libros que te abren los ojos, que te ensanchan la mirada, que te bajan de las nubes. Corría 1995 y el que suscribe pasaba las mañanas catalogando un interminable fondo de bibliografía hispanoamericana, y las tardes escribiendo a [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/01/parra-nicanor_obra-gruesa.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft wp-image-567" src="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/01/parra-nicanor_obra-gruesa.jpg" alt="parra-nicanor_obra-gruesa" width="240" height="275" /></a>Asegura el tópico que hay libros que te cambian la vida, pero son mucho mejores los antilibros. Libros que te abren los ojos, que te ensanchan la mirada, que te bajan de las nubes. Corría 1995 y el que suscribe pasaba las mañanas catalogando un interminable fondo de bibliografía hispanoamericana, y las tardes escribiendo a la manera de Antonio Gamoneda, personalidad a la que rendíamos culto toda una generación de aprendices del verso. Y entre toda la hojarasca apareció un libro humilde, de impresión tosca y hojas ya amarillentas. Se titulaba ‘Obra gruesa’, y entre muchos otros sacrilegios pretendía bajar a los poetas de los altares. Poesía que hablaba «en el lenguaje de todos los días», que renunciaba a los «sonetos a la luna».</p>
<p>Así me regaló la luz Nicanor Parra: lejos de la escritura oscura, del lenguaje críptico, de la pose que simula ocultar un pensamiento profundo, me enseñó a buscar la esencia sin perderse en las formas. Que menos es menos y más es más. A mí, que «no creo ni en la Vía Láctea».</p>
<hr />
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		<title>France Gall y las piruletas de Gainsbourg</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Jan 2018 16:46:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cultura]]></category>
		<category><![CDATA[Música]]></category>
		<post_tag><![CDATA[años 60]]></post_tag>
		<post_tag><![CDATA[música]]></post_tag>

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		<description><![CDATA[Se nos ha ido France Gall, las eurovisiva más guapa –sí, quizás también la más cursi–, que fuera capaz de tocar el cielo y el infierno de la fama prácticamente a la vez, allá por los años sesenta. Bella como una muñeca, su padre letrista la orientó hacia la música gracias a una voz casi [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/01/franceGall.jpg"><img loading="lazy" class="alignleft  wp-image-570" src="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2018/01/franceGall.jpg" alt="francegall" width="390" height="289" /></a>Se nos ha ido France Gall, las eurovisiva más guapa –sí, quizás también la más cursi–, que fuera capaz de tocar el cielo y el infierno de la fama prácticamente a la vez, allá por los años sesenta.</p>
<p>Bella como una muñeca, su padre letrista la orientó hacia la música gracias a una voz casi infantil que casaba a la perfección con los primeros tiempos del pop en una Francia necesitada de ídolos patrios, frente a la invasión anglosajona. Tenía tanto ángel, que con quince años la fichó la Philips, y antes de los dieciocho ya había ganado Eurovisión, en 1965. ¿El secreto? Las canciones de un genio de la música, pero demasiado feo para los escenarios y, casi, para las portadas de los discos. Se llamaba Serge Gainsbourg.</p>
<p>De talante burlón y espíritu surrealista, le regaló su gran éxito, ‘Poupée de cire, poupée de son’, una pieza que aparentemente hablaba de muñecas de trapo cantarinas, pero que en una segunda lectura escondía una crítica demoledora a las insustanciales cantantes pop de la época. Con ella se llevaría el festival eurovisivo, pero un año más tarde, Gainsbourg quiso ir más allá en la humorada, y escribió para France ‘Les sucettes’ (‘las piruletas’).</p>
<p>Cuando las televisiones de media Europa se hincharon a emitir el vídeo de la jovencita que «adora chupar piruletas», y se sentía en el cielo «cuando el azúcar fluye por su garganta», la temperatura subió varios grados en todo el continente. En el estilo que luego mimetizaría Lazarov, no faltaban las escenas de chicas empleándose a fondo con enormes pirulís.</p>
<p>Gainsbourg, por supuesto, jugaba con el doble sentido, y la jugada le salió redonda porque todo el mundo lo cazó a la primera. Todos, menos al parecer la pobre France, que resultó ser más inocente que sus piruletas de anís. Cuando su familia le explicó el chiste, quiso que la tragase la tierra. Y su manera de desaparecer sería emigrar al Berlín dividido, donde quiso rehacerse cantando canciones de amor asistido por ordenador, su famoso ‘Computer Nº 3’. Sin embargo, la inocencia ya la había perdido. Como el mundo, que entraba entonces en 1968.</p>
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		<title>Eduardo Mendoza, un escritor a contracorriente</title>
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		<pubDate>Thu, 01 Dec 2016 17:51:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Javier Menéndez Llamazares</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cultura]]></category>
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		<description><![CDATA[El problema de Mendoza siempre ha sido que le gusta ir a la contra. Que se le entendiera, cuando estaba de moda oscurecer el discurso y perderse en alardes estilísticos y otros fuegos de artificio. Recurrir al humor cuando todo el mundo quiere ponerse trascendente. Recuperar el realismo mientras los demás se pierden en experimentos [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h1><a href="/llamazaresensutinta/wp-content/uploads/sites/23/2016/12/EduardoMendoza.jpg"><img loading="lazy" class="aligncenter size-full wp-image-415" title="EduardoMendoza" src="/llamazaresensutinta/wp-content/uploads/sites/23/2016/12/EduardoMendoza.jpg" alt="" width="647" height="231" srcset="https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2016/12/EduardoMendoza.jpg 647w, https://static-blogs.eldiariomontanes.es/wp-content/uploads/sites/23/2016/12/EduardoMendoza-300x107.jpg 300w" sizes="(max-width: 647px) 100vw, 647px" /></a></h1>
<p>El <em>problema</em> de Mendoza siempre ha sido que le gusta ir a la contra. Que se le entendiera, cuando estaba de moda oscurecer el discurso y perderse en alardes estilísticos y otros fuegos de artificio. Recurrir al humor cuando todo el mundo quiere ponerse trascendente. Recuperar el realismo mientras los demás se pierden en experimentos vamos. Hablar de la realidad política en un momento en que ya nadie se atrevía a hacerlo. Inventar la novela negra histórica y ser capaz de rescatar dos géneros entonces marginales. Escribir en castellano pese a la presión asfixiante de las instituciones de su ciudad. O aguar la fiesta de una ciudad olímpica removiendo un pasado no tan luminoso.</p>
<p>A los manuales de literatura pasaría por una de sus primeras novelas, ‘La verdad sobre el caso Savolta’, de 1975, que inaugura la narrativa actual española y cierra el ciclo de la posguerra. Y el gran público se rendiría a sus encantos en 1983 con ‘La ciudad de los prodigios’, la gran novela de la Barcelona modernista. Una ciudad que, junto a Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, convirtió en todo un tema literario.</p>
<p>Para los lectores de mi generación, sin embargo, el libro iniciático sería ‘Sin noticias de Gurb’. Hasta en sus obras más serias, Mendoza no reprime guiños cómplices e ironía de alto voltaje, pero con Gurb dio rienda suelta a su espíritu lúdico y a una visión crítica con la que radiografía toda una sociedad a punto de sufrir su particular metamorfosis hacia la modernidad. Si Madrid había tenido su ‘movida’, Barcelona iba a ser el centro del mundo con sus juegos olímpicos, y allí estaba para contarlo su extraterrestre con propensión a la disidencia.</p>
<p>El Cervantes de Eduardo Mendoza premia también a una forma de entender la literatura como un espacio de libertad creativa, en la que la accesibilidad no está reñido con el largo alcance y la capacidad de análisis.</p>
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