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Leticia Mena

Cartas desde Grecia

La necesaria solidaridad

OPINIÓN  

Pilar Machín | Médico de familia del SCS en Colindres


Cuando hace algo más de un mes supe que Cruz Roja de Cantabria había solicitado la colaboración de la Consejería de Sanidad para encontrar profesionales sanitarios dispuestos a acudir a los campos de refugiados en Grecia, tardé poco en tomar la decisión. Cuando se lo dije a mi madre, me recordó que ella es beneficiaria de Cruz Roja. Como muchas personas mayores o dependientes, tiene un botón de teleasistencia que de forma permanente vela por su seguridad, y le ofrece compañía y atención cuando lo necesita.

Yo he sido delegada de Cruz Roja en una misión de Cooperación Internacional cuyo objetivo es contribuir a mejorar, de la forma más estable y duradera posible, la vida de las personas y comunidades en situación de vulnerabilidad. He formado parte de una ERU (Emergency Response Unit, Unidad de Respuesta a Emergencias) en el contexto de la crisis migratoria hacia Europa. Se trata de una ERU de cuidados básicos de salud en el campamento de Ritsona, en Grecia central, con una población de alrededor de seiscientas personas de nacionalidad siria, afgana e iraquí, muchos de ellos kurdos.

Pero lo que expongo a continuación es mi valoración personal, y no debe entenderse como un manifiesto de Cruz Roja, sino como algo vivido por mí, médico de cabecera de un pueblo de Cantabria, inmersa en una situación que muchas veces me ha superado…

Hay muchas necesidades que cubrir, además de la Atención Primaria de Salud: hay compañeros de Psicosocial trabajando con niños, de Promoción de Salud intentando mejorar las condiciones de higiene y salubridad, potabilizando el agua y mejorando la red de saneamiento. Son muchos frentes, y es imprescindible garantizar que la ayuda se mantenga durante todo el tiempo que va a durar la situación, posiblemente años.

He estado en Europa. Podía consultar Google cuando tenía dudas sobre un fármaco, por ejemplo. No tengo el valor suficiente para acudir a prestar ayuda en un terremoto, como otros compañeros que he conocido en Ritsona. Gente que ha vivido réplicas de hasta 7 grados en la escala Richter. Como Reyes, la matrona que vio como ondulaba la tierra bajo sus pies en un campo de fútbol abarrotado de damnificados. O como Abel, pediatra, que vivió esa misma réplica durante su momento de descanso, en el piso 23 del hotel donde tenían el alojamiento, y supo que si intentaba bajar por las escaleras y el edificio se derrumbaba, no llegaría a tiempo a la calle.


Así que se quedó contemplando el horizonte por el ventanal, mientras las paredes temblaban. Me lo han contado, pero sufrieron el riesgo; yo soy incapaz de afrontarlo.

Como no soy capaz de ir a África. África, donde hay campos de refugiados con tantos habitantes como Torrelavega, por ejemplo. Gente que ha huido de Burundi o Congo, y se hacina allí desde hace más de diez años esperando un futuro que no llega. No podría ir a Tanzania, donde Patxi, técnico, ha improvisado hospitales de la nada, donde diez sanitarios asisten cada día a seiscientas personas. Cuando he vuelto a España, a un país en crisis, donde cerca de un 30% de la población está en riesgo de pobreza o exclusión social, encuentro los grandes centros comerciales abarrotados.

Siempre he pensado que soy afortunada. En este planeta vivimos 7.000 millones de personas, y al menos 6.500 millones viven peor que yo. Pero hay gente que no es consciente de ello.

Me viene con frecuencia a la cabeza el recuerdo de Jamal, sirio de 58 años, que un día me dijo: «Árabes y españoles, familia». Y con mi traductor libio, Sami (que ha estado llevando cadáveres en el asiento posterior del coche, víctimas de la guerra en su país, un país olvidado), hablamos de Damasco, Al-Andalus, Saraqusta… Dijo ‘familia’. No todos los musulmanes son integristas fanáticos. Hay que aprender a distinguir cuando se oye la palabra Islam.

Y mantuve esa conversación en Grecia, la cuna de nuestra civilización occidental, donde un tercio de sus habitantes ha perdido el derecho a la asistencia en la Sanidad pública. Y mal que bien, en sus hospitales atienden a los refugiados.

En esos hospitales hay griegos que los acogen tras ser atendidos, los llevan a sus casas, donde se duchan y descansan, y luego los ayudan a volver al campamento, o alojan a mujeres que han dado a luz durante unos días, mientras pueden. ¿Haríamos lo mismo en el Hospital Valdecilla? Quiero creer que sí. Lo que seguro que sí podemos hacer es colaborar con Cruz Roja, para que Cruz Roja ayude a los que lo necesitan de verdad. Una paciente me ha dicho esta mañana: «Gracias en nombre de la Humanidad», y nos hemos abrazado, con los ojos húmedos.

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Sobre el autor

Madrid. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Se incoporó a El Diario Montañés en el año 2000. Desde 2010 es Jefa de Edición de eldiariomontanes.es

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