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Leticia Mena

Cartas desde Grecia

Con los papeles para España y abandonados en Atenas


Moussa Moussa, Ahmad Khalafalissa y Ghaith Niazi son tres refugiados sirios que ya tienen el visto bueno para venir a España. Tienen los papeles que así lo acreditan, pero nadie va a buscarles. Tampoco saben a quién dirigirse. Hasta hace unos días estaban en el campamento de El Pireo, en el puerto de Atenas, pero desde el miércoles duermen en un hotel junto a otros compatriotas que, como ellos, se habían registrado antes del 20 de marzo. Aquel día supuso un antes y un después porque la Unión Europea acordó con Ankara cómo gestionar esta crisis migratoria. Este pacto pasa porque todos los refugiados que estén en Grecia sin registrarse, serán devueltos a Turquía y de allí irán saliendo para Europa.

Nos han dicho que vendrán de Acnur, pero pasan los días…”, comenta mientras encoge los hombros Ghaith Niazi. Este sirio tiene 22 años y es peluquero. Contrasta como va vestido entre sus compañeros. La mayoría viste ropa cómoda (pantalones de chandal, camisetas, sudaderas…), y calzado similar (chanclas, crocs…). Pero el va hecho un pincel. Lleva un pantalón chino azul marino, una camisa con cuello ‘mao’ y unos zapatos tipo castellanos. Cuando llegue a España quiere seguir siendo peluquero. Su compañero de fatigas es Moussa Moussa, de 22 años, también sirio y con los documentos que dicen que le ‘ha tocado’ España. “Es cuestión de días salir de aquí”.

 

Se ofrecen enseñarnos el campamento y la gente se arremolina alrededor de la cámara. En un principio no quieren fotos, no quieren vídeos. Están demasiado hartos de ver aparecer periodistas y que nadie les sepa dar respuestas. “¿Dónde están las autoridades? ¿Dónde está la ayuda humanitaria para gente como nosotros que venimos de una guerra?”, se pregunta un sirio que está allí con su mujer y sus cuatro hijos. “Llevan seis meses sin ir al colegio. ¿Cómo van a recuperar el tiempo perdido?”, grita en árabe. “Allí estábamos en una guerra horrible y nos fuimos. Aquí estamos en una guerra psicológica, como si se nos estuvieran echando un pulso para ver qué pasa”. Está enfadado. No puede más. Entre los refugiados que quieren hablar y que aplauden lo que dice su paisano, aparece un padre con su hijo en silla de ruedas.

Eskandar Najar tiene diez años y no puede caminar. Un grupo de chicos le cogen, lo ponen de pie para que se vea que sus piernas no aguantan y se desploma en el suelo. Lleva pañales y se arrastra como puede hasta llegar a la pierna de su padre, a la que se agarra con fuerza. “Necesita tratamiento. No tenemos más medicinas”. “Mi hija también”, exclama otro hombre, mucho más joven, que se acerca con un bebé en brazos. Tiene un mes, se llama Ami y nació cerca de Idomeni, en el campamento que está en la frontera con Macedonia. “Los médicos que atendieron a mi mujer y al bebé, nos dijeron que tiene un problema en el tórax. Nos recomendaron que viniéramos a Atenas para que la miraran. Nos subimos en un autobús y aquí estamos, sin que nadie nos diga si nuestra hija está bien”. La pequeña Ami tiene los ojos azules, igual que su padre. No tiene ningún papel que acredite que ha nacido en ningún sitio, y su futuro es incierto.

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Sobre el autor

Madrid. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Se incoporó a El Diario Montañés en el año 2000. Desde 2010 es Jefa de Edición de eldiariomontanes.es

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