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Leticia Mena

Cartas desde Grecia

“Hacen falta muchas manos”

La enfermera cántabra Lucía Quindós relata su experiencia con las mujeres embarazadas y los niños enfermos de Idomeni

 

Autor: Pablo Sánchez | Fotografías: Lucía Quindós

Lucía Quindós, la enfermera cántabra cooperante en los campos de refugiados de Idomeni.

Las mujeres del campo de refugiados de Idomeni quieren dar a luz en Europa. El personal sanitario realiza diariamente una treintena de pruebas de embarazo, casi todas con resultado positivo. La enfermera cántabra Lucía Quindós (Santander, 1986), que ha trabajado sobre el terreno como voluntaria, lo explica con un gesto de amargura. 

Lo buscan. A cualquier otra persona se le caería el mundo encima al saber que tiene que parir en esas condiciones. Peroellas están convencidas de que su deportación será mucho más difícil si llevan en brazos a criaturas nacidas en territorio europeo. Cuando les dices que están embarazadas, se llevan una alegría. 

– ¿Por qué decidió viajar a Idomeni?

– Yo llevaba semanas siguiendo por televisión, noticia tras noticia, la llamada crisis de los refugiados; los lanzamientos de gases lacrimógenos, la historia de la gente que desembarcaba, los niños muertos por el camino… Al final, te sientes impotente por no estar haciendo nada. Como ya me había ido más veces de voluntaria, no me costó mucho decidirme. Logré arreglar un poco mi vida aquí, tanto laboral como personal, y me fui casi de un día para otro.  

-¿Fue muy laborioso organizar el itinerario?

-Lo primero que hice fue contactar, a través de las redes sociales, con gente que también tenía intención de hacer el viaje. Encontré a un grupo de personas con las mismas inquietudes. Era gente de Guadalajara, de Jerez, de Elche, con la que pude compartir la experiencia y los gastos, que son altos. Volamos a Barcelona y, en Gerona, tomamos otro avión hasta Salónica. Allí recogimos dos coches de alquiler con los que llegamos a Idomeni. En total, fuimos nueve voluntarios. Desde España, nos pusimos en contacto con los miembros de una ONG pequeñita, Bomberos en Acción, que necesitaba personal. Ellos vinieron a buscarnos el primer día al hotel para llevarnos al campo.   

– No siempre es fácil trabajar con personas casi desconocidas.

– Éramos gente que se unía para un caso excepcional. Pasamos juntos las veinticuatro horas del día durante dos semanas. En esas condiciones, es fácil que se genere tensión, pero no tuvimos ningún problema. Nos coordinamos muy bien desde el principio, repartiéndonos las tareas. De todas formas, quienes van a esos sitios suelen ser personas muy abiertas. Tengo la sensación de haber conocido a gente que merece la pena. 

– La primera visión del campo de refugiados debió de ser impresionante ¿Qué llamó su atención durante esa primera jornada de trabajo?

– Los niños, sobre todo. Había niños por todas partes. Y colas larguísimas de gente que se amontonaba para el reparto de la comida. Nosotros no entramos en el campo por la puerta principal, sino por un camino accesorio que nos llevaba más directamente a la tienda del hospital de campaña. Los niños aparecían de pronto y rodeaban el coche. Nos decían: «Hello, my friend!». Esa es la primera imagen que me viene a la cabeza. Después, vas viendo el resto de la instalación, que es como un gran camping en condiciones lamentables. Pero, los niños fueron lo más impactante. En Cantabria, yo trabajo mucho en pediatría. Aquí veo al niño sano. Verlos allí, viviendo en esas tiendas de campaña… Sobre todo, a los recién nacidos. Las mujeres reciben la atención que necesitan y cuando van a dar a luz las derivan al hospital, pero, aún así, las criaturas nacen con bajo peso por las malas circunstancias en las que han vivido sus madres durante los meses de embarazo. Y, a los dos días, ya están de vuelta en la tienda. 

– Es duro decidir a qué dar prioridad…

– Tú vas esperando a que alguien te diga qué tienes que hacer, pero las cosas no funcionan así. Uno debe adaptarse al lugar y demostrar iniciativa. No todas las necesidades, además, son sanitarias. Hacen falta otras cosas. Hay, por ejemplo, un lugar donde se baña a los niños cada dos o tres días. La cantidad de niños es tan alta que es imposible que se bañen a diario. 

– ¿Qué es lo más urgente en Idomeni?

– Nosotros llegamos en un momento en el que las necesidades habían cambiado. Hasta ahora, se venían necesitando mantas, abrigos, zapatos en condiciones, etc. Pero ahora hay treinta grados; ha llegado el verano y no hay cremas para el sol. Empiezan las plagas que aparecen con el calor: piojos, la sarna… Alergias y problemas respiratorios, todos los que quieras; es un campamento lleno de humo porque todos cocinan como pueden, en hogueras, quemando plásticos. 

– ¿La relación personal, la convivencia con los refugiados, fue como se esperaba? 

– Ya me lo habían advertido: son familias que te acogen y te dan lo poco que tienen. Esa ha sido también mi experiencia. Los niños se acercaban a ti y te llevaban de la mano a su tienda. Te presentaban a su familia. Todos se levantaban para ofrecerte asiento, un café o algún plátano que les habían repartido los voluntarios. Lo único que querían era hablar.  

– ¿Qué le contaban?

– Ellos están convencidos de que, por muy mal que lo estén pasando, se han quitado de encima la incertidumbre. En sus países, no sabían si les iba a matar una bomba. En Idomeni, pese a todas las incomodidades, se encuentran más seguros.   

– ¿Hablan mucho de la guerra?

– Sí, te lo cuentan a poco que te intereses. Todos han perdido algún familiar en el conflicto. Son familias divididas: han dejado allí a gente que no podía desplazarse por falta de medios o por limitaciones físicas, de edad. Algunos, con suerte, han podido pasar y tienen a parientes viviendo en los países nórdicos, en Alemania o en España. Hablan mucho de la guerra, del Estado Islámico y del terror que experimentan diariamente bajo los bombardeos. Los sirios no dicen nada de su Gobierno. Para ellos, su país ya no es una opción de futuro. Hablan de Siria como de algo del pasado. Nunca han querido irse de allí; ha sido su hogar, pero se lo han destruido y no creen que tenga arreglo. Ellos no buscan que nadie les regale nada. Lo único que quieren es llegar a alguna parte para ganarse la vida.    

– Al tercer día de estancia, un grupo de refugiados trató de saltar la valla, pero su intento fue abortado por los militares con gases lacrimógenos…

– No sucede todos los días; es algo que se va gestando poco a poco. No nos lo esperábamos y no estábamos organizados del todo para actuar en un momento como ese. Nos tuvimos que coordinar rápidamente. Todo empezó alrededor del mediodía y terminó a las seis de la tarde. Primero, escuchamos un barullo de gente que se estaba preparando con mochilas, cargando carritos de niños y maletas. Fue entonces cuando empezaron a decirnos que iban a intentar cruzar la valla. El ejército macedonio sacó los tanques y supimos que algo iba a pasar. Desde el hospital, escuchamos algo parecido a un bombardeo; eran los gases lacrimógenos y las pelotas de goma. Un equipo se fue a pie de valla para hacer un triaje y clasificar a los heridos. Se oían gritos. De pronto, comenzaron a llegar niños que se habían separado de sus madres y estaban perdidos. También, aparecieron madres que buscaban a sus hijos. Y voluntarios, compañeros míos, a los que habían gaseado.  

– ¿Alguien lleva la cuenta en Idomeni? ¿Hay algún tipo de censo?

– No. Es un campo ilegal, como el del puerto de El Pireo. Es imposible hacer un censo. El campo está cambiando constantemente. La localización de las tiendas no es siempre la misma. Algunas familias deciden volver a su país o irse a alguno de los campamentos militarizados que gestionan los griegos. Allí sí están todos fichados, las tiendas de campaña se ordenan en hileras y se sabe en todo momento dónde están las familias. 

– Permanecer en Idomeni, entonces, obedece a otras razones…

– Ellos quieren estar a pie de valla, porque cada día hay rumores de que se va a abrir, de que van a dejarles entrar. No pierden la esperanza. Los que están en campos militarizados viven en mejores condiciones. El Gobierno se encarga de todo y, de hecho, no permiten la entrada a las ONGs. Hay que hacer mucho papeleo para poder entrar. Yo entiendo que una familia con siete hijos sólo pueda estar una temporada en campos como Idomeni. Estamos hablando de gente de clase media, que no está acostumbrada a este tipo de vida. Por eso, muchos se van a los militarizados, aunque corran el riesgo de sufrir la deportación.  

– ¿Cómo es la relación entre los refugiados y los habitantes de la zona?

– No viví ningún momento de tensión. Los refugiados no salen de Idomeni y el pueblo más cercano, Polykastro, está a unos treinta kilómetros. La gente de Grecia me ha transmitido muy buenas sensaciones. Yo me encargaba de coordinar la farmacia en el hospital, por lo que iba mucho al pueblo a comprar. Ellos lo están pasando mal; este asunto les queda grande. También a su Gobierno. Sufren la crisis y ayudan con lo poco que tienen. Muchas de las cosas que compré no me las quisieron cobrar. 

– ¿En España sabemos realmente lo que está pasando?

– Hay mucha información, pero yo entiendo que la gente quiera verlo solamente como los problemas de un grupo de población. Pero, cuando tú vas allí y ves que tienen nombres, apellidos y una historia… Te cuentan sus experiencias y te implicas. Desde aquí, nos pensamos que vivían en poblados, pero muchos son universitarios, médicos, abogados, periodistas; gente que tenía su trabajo y a la que ahora le han parado la vida. Nadie a nivel político quiere hacerse cargo de ellos. Y nadie sabe qué va a pasar. 

– ¿Hay material suficiente para atender a todos?

– Hay muchos recursos, sí. Las donaciones que llegan desde todos los países. El almacén es tan grande y hay tan pocos voluntarios que sólo está abierto un 10%. Hacen falta muchas manos. El material está. Otra cosa es la labor política. Ahí queda mucho más por hacer. 

– Volverá a Grecia…

– Sí, nos quedaremos hasta el 27. Esta vez, nuestra idea es ir de otra manera. Documentaremos casos de urgencia, como el del niño Osman Ahmed, que sufre parálisis cerebral. Bomberos en Acción puso en marcha una campaña de recogida de firmas para que el Gobierno lo trajera a España y parece que pronto van a conseguir los visados. Nosotros queremos localizar los casos más urgentes, no sólo en Idomeni, sino en otros campos griegos. Reuniremos documentación, haremos reportajes sobre ellos y sus familias, sacaremos vídeos para que nos cuenten su peripecia. Desde aquí, hemos creado un blog: helpeshelp.wordpress.com, e iremos subiendo diariamente información a la Red.    

 

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Sobre el autor

Madrid. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Se incoporó a El Diario Montañés en el año 2000. Desde 2010 es Jefa de Edición de eldiariomontanes.es

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