Los refugiados montan pequeños negocios de alimentación, tabaco y peluquería mientras esperan a que abran la frontera en Idomeni

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Leticia Mena

Cartas desde Grecia

Emprendedores en medio de la nada

Los refugiados montan pequeños negocios de alimentación, tabaco y peluquería mientras esperan a que abran la frontera en Idomeni

La carretera que llega hasta Idomeni se convierte a diario en un mercado de puestos en los que los más emprendedores intentan ganar algo de dinero para, en muchos casos, comprar medicinas para algún familiar enfermo. Cuando el género se les acaba, compran más en el pueblo, en alguna  granja o a los gitanos griegos, que también están por allí haciendo negocio. Otros buscan madera por los bosques y la venden por el campamento. Trabajan con la sensación de haberse asentado para un periodo largo de tiempo.

 

No hay nada que hacer pero hay quien no se resigna a que la desidia se coma lo poco que les queda. En Idomeni son muchos los refugiados emprendedores que intentan seguir viviendo con dignidad, y para ello gastan el dinero que les queda en ir hasta algún pueblo cercano para comprar productos que luego venderán en un puesto en la carretera principal del campamento. Los precios parecen concertados, porque todos venden un kilo por un euro. Tomates, patatas, cebollas, pimientos, yogures, agua, refrescos calientes o galletas son los productos estrella para quienes están hartos de comer lo que los voluntarios reparten cada día.

Para muchos es indignante hacer cola para conseguir un bocadillo o una pieza de fruta, pero la mayoría no tiene más remedio. En Siria, Afganistán o Irak vivían sin problemas. No eran ricos pero vivían bien. Por eso se han ido de allí, porque el bienestar había desaparecido y con lo que tenían ahorrado pensaron empezar una nueva vida en Europa. Y en Europa están, pero durmiendo en el suelo dentro de tiendas de campaña hasta que abran la frontera con Macedonia. Hay quien prefiere gastarse algunas monedas y guisar su propia comida en cazuelas, que también compran en otro puesto.

El tabaco tampoco falta. No todos tienen dinero para comprarlo y muchos van pidiendo pitillos o recogiendo colillas por el suelo. Es cuestión de matar el tiempo y de sobrevivir al mismo tiempo. Quienes tampoco están de brazos cruzados son los que tienen un oficio y se buscan la vida para conseguir cuchillas, tijeras, maquinillas y una silla para trabajar de sol a sol afeitando a todo el que se acerque. Algunos no cobran; otros piden dos euros. Depende de la necesidad y del humor.

El tiempo también es un factor importante, porque en Idomeni hace un calor de justicia por las mañanas, y por las tardes y noches, un frío que pela. Los más avispados venden incluso el material que les han dado los voluntarios, ya sea ropa o cualquier zapato que hayan encontrado y no sea de sus tallas. Para los mayores, con tener un par es suficiente. Pero los niños necesitan botas para los días de lluvia, porque es imposible retenerlos en las tiendas aunque haya barro por todas partes.

Durante las mañanas, las mujeres lavan la ropa en pequeñas palanganas que también venden en la carretera. Luego hacen la comida. Las familias con más posibilidades tienen hornillos de gas, pero la mayoría busca madera por los bosques cercanos y va tirando de ella en pequeñas fogatas que montan cerca de las tiendas de campaña. La hora del té parece una religión, aunque pocos tengan reloj y lo beban varias veces al día. Es su forma de no deshidratarse.

Entre los refugiados hay heridos de guerra que muestran sus cicatrices sin dolor pero sí con rabia por vivir cómo viven ahora. Es fácil ver a lisiados en sillas de ruedas que, cuando se tumban en las tiendas, los niños cogen para jugar y hacer carreras. Es cuestión de supervivencia, de hacer que el tiempo muerto no les mate, de conseguir aguantar como sea hasta que se les reconozca su calidad de refugiados.

La carretera que llega hasta Idomeni se convierte a diario en un mercado de puestos en los que los más emprendedores intentan ganar algo de dinero para, en muchos casos, comprar medicinas para algún familiar enfermo. Cuando el género se les acaba, compran más en el pueblo, en alguna granja o a los gitanos griegos, que también están por allí haciendo negocio. Otros buscan madera por los bosques y la venden por el campamento. Trabajan con la sensación de haberse asentado para un periodo largo de tiempo.

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Sobre el autor

Madrid. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Se incoporó a El Diario Montañés en el año 2000. Desde 2010 es Jefa de Edición de eldiariomontanes.es

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