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Leticia Mena

Cartas desde Grecia

Madres rotas por la impotencia

Miles de mujeres han viajado hasta Grecia con sus hijos buscando un futuro para ellos lejos de la violencia

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Los campamentos de Skaramagas y el de Ellinikon son las dos caras de una misma moneda

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Son mujeres exactamente iguales que todas las que conocéis. Llevaban a sus hijos al colegio, hablaban con otras madres para estar al tanto de los deberes, se preocupaban de que tuvieran una dieta equilibrada y de que las revisiones médicas estuvieran al día. Da igual que sean de Siria, de Afganistán o de Irak. Son madres. Un día decidieron que sus países no eran el sitio en el que querían ver crecer a sus hijos,y emigraron. Muchas caminaron hasta Turquía con sus maridos. Otras lo hicieron solas con los niños. Como Ekhlas y Souad, que hasta hace tres meses eran auténticas desconocidas y hoy comparten una ‘caravan’ en el campamento de Skaramagas. Con ellas está Arifa, otra joven siria con la que compartieron la experiencia de cruzar el Egeo hasta Lesbos. Arifa grabó vídeos con su móvil durante la travesía, y se emociona cuando enseña el momento de la llegada a la costa. “Todos aplaudimos a los voluntarios que no ayudaron a bajar de la lancha neumática con los niños”. Ekhlas tiene tres; Souad, otros tres.

De Lesbos las llevaron al campamento del Pireo, que es el que está en el puerto de Atenas, y allí estuvieron un mes. Hace dos semanas, el Ejército griego las trajo a Skaramagas, el campamento con mejores condiciones que hemos visto de momento, y que 2.800 refugiados han ‘inaugurado’ hace quince días. Allí no se vive en tiendas de campaña sino en los contenedores de obra que hay en una gran explanada sin asfaltar. Cada barracón se divide en dos habitaciones con literas y un baño, que tiene lavabo, váter y un plato de ducha con agua caliente.

Pese a estar lejos de su casa y no haber llegado a su destino, están contentas. “Mucho mejor que en los otros campamentos que hemos estado”, pero se quejan de lo mismo que en todos: “La comida es muy mala. Siempre lo mismo. Los niños se aburren de comer pasta. Es humillante para nosotras porque antes, en nuestro país, podíamos alimentarles bien, teníamos dinero para comprar de todo y ahora estamos aquí atrapadas sin dinero, sin dignidad. ¡Que abran las fronteras! ¡Que abran las fronteras”. Souad habla con impotencia y Arifa no levanta los ojos de un punto fijo del suelo. Las escucha hablar y se acuerda de sus hijos. Ella también tiene dos, pero está divorciada y los pequeños están con su padre en Líbano. “Se los quedó él. Yo me fui”.


En este campamento es donde trabaja el pediatra cántabro
Aser García Rada, que pese a las quejas sobre la alimentación, asegura que no hay problemas de malnutrición. Al menos, de momento.

Skaramagas es, a la vista, como un gran camping de contenedores y está limpio. Al sur de Atenas, a siete kilómetros del centro, está el campamento de Ellinikon. La zona se parece a cualquier ciudad del Mediterráneo español, pero si Skaramagas fuera la cara de una moneda, éste sería la cruz. Después de cruzar una gran avenida de palmeras y casas de lujo en primera línea de playa, aparece este campamento que luce sucio, con tiendas de campaña por todos lados sin ningún orden. El espacio que un día albergó el antiguo aeropuerto de Atenas, hoy es el escenario del horror. Sin querer hablar mucho, uno de sus ‘habitantes’ deja caer que a veces hay peleas y “es peligroso”.

Hasta allí nos acompaña Consuelo Ballesteros, una santanderina de la zona de Cuatro Caminos que lleva viviendo en Grecia 38 años de sus 63. No puede evitar que se le escapen las lágrimas al ver cómo están los niños de Ellinikon. “Se me cae el alma a los pies. Cómo es posible que Europa consienta esto”. Consuelo fue una de las fundadoras de la Asociación Hispano-helénica en el año 1985, y durante una época también fue su presidenta. Reconoce que tiene una vida acomodada, pero muestra una gran empatía con los refugiados. Quienes asegura que no tienen ninguna, son los jóvenes griegos. “La economía es muy mala y se quejan de que el Gobierno gaste sus impuestos en problemas que vienen de fuera”.

Este campamento están en el antiguo aeropuerto de Atenas, que se cerró en 2001 y se transformó en el escenario de los Juegos Olímpicos de 2004. Hoy, es esto.

Este campamento están en el antiguo aeropuerto de Atenas, que se cerró en 2001 y se transformó en el escenario de los Juegos Olímpicos de 2004. Hoy, es esto.

 

La línea entre el lujo y la miseria

En el campamento de Ellinikon no son muy hospitalarios, al menos ayer por la mañana. Un joven afgano se acerca y pregunta con chulería si tenemos autorización para entrar. Se le explica que queremos ver cómo están, saber qué necesitan. Pero a él le da igual y eso que reconoce que es refugiado. “Fuera de aquí. ¡Fuera!”. Da la impresión de que manda, porque varias personas se le acercan a preguntarle cosas, como una mujer que va con varias cajas de medicinas para sus hijos y le dice que se le están acabando.

Una voluntaria que está leyendo un cuento a unos niños, le mira incrédula por sus modales y unos agentes de la Policía griega se acercan para indicar amablemente que sólo se puede grabar y hacer fotos desde el otro lado de una línea amarilla que hay pintada en el suelo. Absurdo. Esa raya es la frontera entre la vida y esa vida que tan cuesta arriba se le está haciendo a Batul Kasmi, una afgana de rasgos asiáticos que vive en una tienda de campaña con su marido y sus dos hijos. El mayor tiene dos años y el pequeño, once meses. “No estamos bien. No hay comida. No hay médicos. Nadie dice nada. Es horrible. ¿Sabéis cuándo nos van a dejar seguir nuestro camino?”, pregunta con ansiedad.

En lo que fue el aeropuerto de Atenas hasta el año 2001, todavía ondea la bandera de Grecia. En la zona por la que desembarcaban todas las personas que han viajado a Atenas hasta aquel año, ha pasado por aquí. Hoy es un lugar en el que no se respira seguridad.

En lo que fue el aeropuerto de Atenas hasta el año 2001, todavía ondea la bandera de Grecia. En la zona por la que desembarcaban todas las personas que han viajado a Atenas hasta aquel año, ha pasado por aquí. Hoy es un lugar en el que no se respira seguridad.

Batul duerme en la zona ‘abandonada’ del antiguo aeropuerto, que cerró en el año 2001 cuando se abrió el de Elefherios Venizelos. En otro área de Ellinikon, se construyeron buenas instalaciones deportivas para las Olimpiadas de 2004, y hoy están abiertas al público. En esa zona hay playas privadas donde se cobra tres euros por entrar y tumbarse en una hamaca, y donde un café ‘Freddo’ -un capuchino con hielo- cuesta cuatro euros. Una carretera separa el lujo de la miseria. Las hamacas, de las mantas por el suelo. Allí están concentrados 4.000 refugiados entre los que hay muchas madres. Madres rotas por la impotencia.

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Sobre el autor

Madrid. Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense. Se incoporó a El Diario Montañés en el año 2000. Desde 2010 es Jefa de Edición de eldiariomontanes.es

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