>

Blogs

Teresa Cobo

La Engaña

Travesía bajo tierra por La Engaña

Gran derrumbre entre el punto kilométrico 2.500 y 2.600 desde la boca sur del túnel, en Valdeporres. T. COBO
HAZ CLIC AQUÍ PARA VER LA TRAVESÍA EN CIEN IMÁGENES
Recorremos a pie los 17 kilómetros de la vía ferroviaria fantasma entre Santelices y Yera, incluidos los 7 del túnel

Impresiona pasar por encima del montículo formado por el gran derrumbe del punto kilométrico 2.500

 

Enero de 2012. Vamos a cruzar el túnel de La Engaña antes de que nuevos derrumbes conviertan nuestro propósito en imposible. El empeño es imprudente, pero puede más el desafío de recorrer a pie, sin saltarnos un palmo de terreno, los 17 kilómetros del trazado del ferrocarril Santander-Mediterráneo entre Santelices y Yera, incluidos los 6.976 metros de la oscura galería, cada vez más inestable, que atraviesa la Cordillera Cantábrica. Sorpresa, emoción, belleza, historia y reivindicación están muy presentes en esta ruta.

Nueve mil hombres rotaron por las obras del tramo ferroviario de La Engaña entre 1941 y 1961. La perforación del túnel se cobró cientos de vidas, una veintena por accidentes y la mayoría, por silicosis. Fue en vano. El tramo más costoso y difícil del Santander-Mediterráneo, entre Valdeporres (Burgos) y el Valle del Pas (Cantabria), nunca entró en funcionamiento. La dictadura franquista suspendió el proyecto antes de que llegara a instalarse la vía, y el tren que salía de Sagunto para enlazar con Calatayud jamás llegó a Santander.

Nuestro recorrido empieza en Santelices, desde la antigua línea Calatayud-Dosante. Este ferrocarril se cerró al tráfico el 1 de enero de 1985 y el tendido fue desmantelado a partir de 2003. Una señal vertical que ha soportado los embates del tiempo y de los hombres, y en la que aparecen grabadas estas cifras: 0/1.358, nos sirve de punto de partida. Pero es otra señal, arrancada y semienterrada en el suelo, la que indica que estamos en el punto kilométrico 363,5 de la desaparecida vía que venía de Zaragoza. Por la izquierda, la explanación, cubierta aún por el balasto sobre el que se asentaban los raíles y las traviesas, prosigue dos kilómetros hasta la última estación del Santander-Mediterráneo, en Dosante, hoy abandonada. A la derecha del mojón y de frente, arranca el ramal fantasma de La Engaña que llega hasta Yera, aunque, sobre el plano dibujado por los ingenieros, continuaba por Selaya hasta Santander.

Viaducto de Santelices para el Santander-Mediterráneo sobre el que nunca llegó a tenderse la vía. T. COBO

A cielo abierto

Son las 10.30 horas cuando echamos a andar. Apenas dejamos atrás la bifurcación, nos econtramos sobre el viaducto de Santelices, cuya plataforma mide 159 metros de longitud. Lo sustentan vigorosos pilares fabricados en piedra de sillería y mampostería. Pero la barandilla de cemento se cae a pedazos y la maleza se abre paso entre las grietas del firme de hormigón. Un agujero en la bóveda del más pequeño de sus diez arcos da testimonio de la desidia de las instituciones, que prefieren mirar hacia otro lado mientras se viene abajo este trozo de la historia de la posguerra española. Más de 560 presos republicanos fueron obligados a trabajar en las obras del trazado durante los primeros años.

Pasamos por delante del edificio de la estación de Pedrosa, rehabilitado como albergue por el Grupo Espeleológico Merindades, rebasamos la nave que estaba llamada a ser el almacén de mercancías y, después, las viviendas adosadas de los ingenieros de la obra. A la altura de la entrada a Pedrosa, encontramos el hito del kilómetro 6 de la Vía Verde del Santander-Mediterráneo en el tramo de La Engaña. En realidad, para nosotros es el kilómetro 1, ya que hacemos el recorrido a la inversa. Ese sendero natural habilitado sobre la antigua caja de la vía parte del túnel y nosotros caminamos hacia él. Nos quedan 5 kilómetros para llegar hasta las antiguas casas de los ingenieros y medio kilómetro más hasta la boca sur.

Vía verde de La Engaña, sobre el antiguo trazado del Santander-Mediterráneo, con la ermita de Porres a la derecha, tapizada de yedra, y las peñas de Paño y Dulla al fondo. T. COBO

Al paso por Rozas, después de tres kilómetros, encontramos, a la derecha, la torre cubierta de hiedra de la antigua iglesia del I conde de la Revilla. En invierno, es visible desde la explanación la muralla que rodeaba el conjunto que, en los siglos XVI y XVII, formaba la iglesia con la casona, el cadalso y el cementerio del llamado ‘conde de horca y cuchillo’. Un kilómetro más allá, la cantera de Valdeporres, con su maquinaria y los tajos que rebanan el monte, irrumpe a la izquierda como una patada propinada con saña al paisaje.

Aceleramos el paso para perder de vista la explotación picapedrera y nos adentramos en el tramo más boscoso de la senda. Al oeste, la prodigiosa luz de este invierno arranca brillos metálicos a los troncos desnudos de las hayas y a las hojas que resisten en los quejigos. El musgo no puede estar más verde, y también resplandecen los brezales sin flor. Más a la izquierda, el valle por el que discurre el río Engaña, que hoy baja con brío renovado por la crecida de la víspera, está cubierto por las copas de los árboles, desprovistas de hojas, pero tan prietas que forman un vaporoso lienzo entre ceniciento y parduzco.

Viviendas unifamiliares de los jefes de obra del túnel de La Engaña, en el poblado de la boca burgalesa. T. COBO

Son las 11.48 horas cuando entramos en el poblado de La Engaña, tras una tranquila marcha de seis kilómetros. A la derecha, nos reciben, taciturnas y vacías, las antiguas casas de los jefes de obra. Unos metros más allá, están los edificios de la estación y del almacén, gemelos de los de Pedrosa, pero abandonados y decadentes. La cruz de la ruinosa iglesia-escuela se recorta contra el cielo. Al fondo vemos la boca negra por la que entraremos en las entrañas de la Cordillera Cantábrica. Las verjas que colocó el Ayuntamiento de Pedrosa cuando comenzaron los derrumbes están abiertas de par en par. Nos detenemos en las mesas de madera del área de descanso de La Engaña, frente al túnel, para pertrecharnos como corresponde.

Bajo tierra

Es el momento de guardar las botas de montaña en la mochila y calzarse las de agua. Nos enfundamos una prenda impermeable, los guantes y el gorro. Una luz frontal en la cabeza y una linterna adicional en una mano. En la otra, la vara que, si hasta ahora ha sido complemento prescindible, a partir de este momento será una útil herramienta de guía y apoyo. A las 12.05 horas, franqueamos la boca sur del túnel de La Engaña.

Goteras en el acceso al túnel por la boca sur, permanentemente inundada. T. COBO

La entrada está totalmente inundada y el agua alcanza mayor altura en el centro, hasta la pantorrilla. Enfilamos por una de las dos estrechísimas aceras que recorren las dos márgenes del túnel, en este caso, por la de la derecha. Unas veces sobre las losas de cemento, otras sobre el bordillo para sortear los agujeros, pisamos con cuidado y avanzamos sin grandes dificultades.

Las distancias están marcadas en números en la pared izquierda del túnel de cien en cien metros. Superados los 500, el suelo deja de estar inundado, aunque hay grandes charchos. Llegados a los 600, optamos por guardar las botas de agua y recuperar las de montaña. Decisión precipitada, ya que encontraremos todavía bastante barro. Pero es mucho más cómodo caminar por el centro de la galería.

A estas alturas, deberíamos ver la salida en forma de puntito luminoso, ya que, después de trazar una curva en los primeros 400 metros desde Valdeporres, el túnel es totalmente recto, aunque con un desnivel entre sus dos bocas. La entrada sur se sitúa a una cota de 748 metros sobre el nivel del mar y la norte, en Cantabria, a 632. La diferencia de altitud es, por tanto, de 116 metros. Hasta los años noventa, la boca cántabra se distinguía a más de seis kilómetros y medio de distancia. Pero eso era antes de los desplomes.

Hay que descender por el cúmulo de cascotes y pasar bajo la bóveda del túnel para proseguir la marcha. T. COBO

Por encima de la bóveda

En el punto kilométrico 2.200 nos escontramos con el primer desprendimiento, a la derecha. No es muy grande y no supone ningún obstáculo. Trescientos metros más allá, las linternas permiten atisbar un paredón fantasmagórico que sobrecoge en medio de la oscuridad. Nos acercamos y lo alumbramos los cinco a la vez: es el gran derrumbe. El techo se vino abajo en 1999 y un nuevo hundimiento en el mismo lugar en 2005 acabó de partir el túnel en dos. Lo que tenemos delante, entre el punto kilométrico 2.500 y 2.600, es un montículo de cemento y roca de más de seis metros, ya que supera la altura de la bóveda. Ya no estamos en un túnel, sino en una gruta.

Tras coronar la colina de escombros y piedra, las tripas de la montaña quedan al descubierto sobre nuestras cabezas, con sus imponentes formaciones rocosas. Al otro lado de la loma hay un agujero, que, al acercarnos, se agranda en forma de media luna. Es la bóveda del túnel, que ahora está a nuestros pies. Al descender por el boquete, nos envuelve la corriente, hasta ahora ausente, al cortar el derrumbe el flujo de aire entre las dos bocas. Es el momento más delicado de la travesía, ya que hay mucha piedrecilla suelta, y las rocas asentadas en el talud son resbaladizas. Aquí se agradece el palo con el que hemos cargado. Bajamos sin novedad y, de nuevo sobre el suelo del túnel, proseguimos la caminata. Ahora sí vemos al fondo, a lo lejos, justo en el centro, una lucecita radiante: la salida.

Derrumbre en el punto kilométrico 2.850 del túnel. T. COBO

En el punto kilométrico 2.700 hay un nuevo derrumbe, pero de escaso tamaño. Y en el 2.800 topamos con otro, bastante grande, aunque no llega a cortar el paso, ya que sólo afecta a la mitad derecha. Sonará extraño, pero es un desplome bonito. Sobre la elevación que forman los escombros, dos grandes rocas han quedado colocadas en posición vertical y se asemejan a dos monolitos que apuntan hacia arriba. Allí donde señalan, ha quedado un gigantesco desconchón. Circundado por el hormigón de la bóveda, el boquete muestra todas las vetas de la roca con sus diferentes tonalidades. Es como si la montaña rindiera homenaje, con este singular monumento, al esfuerzo de los hombres que la horadaron.

En los puntos kilométricos 3.400 y 4.800 hay desplomes, pero de escasa envergadura. Sí impresiona observar algunas placas de cemento despegadas que amenazan con desprenderse. No llevamos casco, pero de poco habría servido de habernos caído encima lo que cuelga a seis metros de altura.

La monotonía del túnel no sólo la rompen los hundimientos. Cada cincuenta metros, hay un pequeño apartadero y, cada mil, uno mucho más grande, con una respetable capacidad de almacenaje. Entre el punto kilométrico 4.200 y el 4.300, permanecen los dos grupos de arcos de hierro que se colocaron en los años setenta para reforzar la bóveda y prevenir derrumbes en ese tramo. En la construcción del túnel se prescindió del forjado metálico.

Intermitencias

Sólo en el último kilómetro del túnel caminamos por territorio cántabro. Los seis kilómetros anteriores pertenecen a Burgos. A las 14.15 horas, asomamos por la boca norte. El cielo vuelve a estar sobre nuestras cabezas. La lluvia del día anterior nos regala unos vistosos saltos de agua que caen por las rocas hasta el río Yera, a la derecha del túnel. Arriba, nubes y claros, y una luz que sienta muy bien al paisaje pasiego, no tan intensamente verde como acostumbra, pero con las agradables tonalidades de este invierno. Entre valle y valle, cruzamos otros cuatro túneles: El Majoral (285 metros), a cuya izquierda se levantan los restos de la antigua hospedería para los trabajadores; El Empeñadiro (130 metros), El Morro (263 metros) y El Morrito (43 metros).

Hemos recorrido alrededor de kilómetro y medio desde la salida del túnel de la Engaña hasta la de El Morrito, y ahora andamos otro tanto por un encharcado camino hasta llegar a la estación de Yera, donde se deterioran edificios iguales a los que ya hemos visto en La Engaña y en Pedrosa. En buen estado se conserva el muro de contención de 32 arcos de hormigón sobre el que se sostiene la estación y sobre el que caminamos ahora.

Desde los andenes, continuamos a duras penas por una descuidada senda, hasta donde muere la antigua caja de la vía, medio kilómetro más allá, a los pies del monte Aján. Desde allí debía prolongarse la explanación hasta Selaya, con más túneles, y enlazar con el tramo Sarón-Boo de Guarnizo, que llegó a construirse, incluido el túnel de Obregón (267 metros). Pero nunca se retomó el proyecto. Ante la ladera del Aján se pararon los hombres y las máquinas, y aquí nos detenemos nosotros, a las 15.20 horas de este 7 de enero, con hambre canina.

 

Arcos metálicos colocados en el punto kilométrico 4.200 del túnel para reforzar la bóveda. T. COBO

Ficha de la travesía

Grupo de senderistas: Ignacio, Saúl, Mirián, Eva y Teresa. De entre 55 y 46 años.

Ruta: 17 kilómetros entre Santelices, en Valdeporres (Burgos), y Yera, en Vega de Pas (Cantabria), por la explanación del ferrocarril Santander-Mediterráneo. Incluye 7,70 kilómetros de recorrido subterráneo por cinco túneles. El más largo es el de La Engaña, de 6.976 metros.

Fecha: 7 de enero de 2012.

Tiempo de recorrido: alrededor de cuatro horas y media.

Equipamiento: botas de montaña y botas de agua, prenda impermeable sobre sudadera. Linternas de cabeza y de mano. Recomendable: gorro, guantes, casco y una vara.

La construcción del túnel de La Engaña fue una gesta baldía que se cobró muchas vidas. En este espacio se recoge la historia del Santander-Mediterráneo y, en especial, la de ese tramo que nunca llegó a funcionar. Y se proponen rutas senderistas por el impactante paisaje que atraviesa la vía fantasma

Sobre el autor


January 2012
MTWTFSS
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031