No hay cosa que más me reviente que, al sentarme en la mesa de una terraza, en un taburete dentro o fuera del bar, o en esas barricas de madera que se han convertido en incómodo sucedáneo de un banco, me encuentre los vasos, platos, migas de pan y servilletas arrugadas dejadas por los anteriores ocupantes. Así que hay muchos días que ejerzo de camarero a la fuerza. No lo puedo evitar. Es una manía, lo sé, y como toda manía, es algo anormal, una paranoia. Los amigos y familiares me dicen que no pasa nada, que ya vendrá el camarero a quitarlo. Pero nada, que no tengo paciencia, prefiero acercarlo todo a la barra e, incluso, pedir una bayeta y dejar la mesa un poco presentable.
Pido perdón, de antemano, a los profesionales de la hostelería de Cantabria que, lógicamente, son los que más conozco. Estoy al día de sus penurias: exceso de trabajo, sueldos escasos, horas y horas de bandeja en la mano izquierda, largos turnos de trabajo, clientes toca-pelotas, jefes estresantes, etc, pero hay ciertas cosas que a este señor maniático le molestan.
A esa costumbre de no retirar los servicios una vez abandonada la mesa hay que sumar otra importante. Uno se acerca a la barra y pide, por ejemplo: dos riojas, una caña y una coca-cola light. Una consumición frecuente, por otra parte. Generalmente, al cabo de unos minutos, al menos en mi caso, aparece algún amigo que se suma a la ronda y pide dos vinos más. Pues bien ¿porqué a la hora de pagar, muchas veces, se le pregunta al cliente qué es lo que se le ha servido? No es más fácil apuntarlo en una libreta y luego hacer la suma del gasto realizado. En muchos bares y restaurantes las consumiciones ya se cogen en el teléfono móvil.
En Cantabria hay camareros a los que admiro y quiero como hermanos. Son mi consuelo y me alegran los malos días, pero al próximo que me pregunte qué hemos tomado le voy limar los dos últimos vinos por lo menos. Aviso.