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Diego Ruiz

El Economato

1977

1977. Ese año en España abundaban los pantalones vaqueros de pata ancha y empalagaban las canciones de la Carrá, ABBA y los Bee Gees. También el Grapo y ETA se cebaban con la población civil y militar y Adolfo Suárez ganaba las primeras elecciones democráticas. Fue entonces cuando descubrí un par de cosas importantes, las cuales influyeron después en la forja de mi carácter ahora navegando en aguas tranquilas entre el incendiario y el bombero que todos llevamos dentro. El primer hallazgo fueron las piernas de la tenista Chris Evert de la que me enamoré profundamente, junto a una docena más de compañeras de clase. Sólo Gabriela Sabatini, con el paso de los años, me hizo olvidarme de ella. Por cierto, hoy con 60 años, la norteamericana sigue estando estupenda. Y la argentina, con 44, mejor todavía.
Pero sin duda alguna, el mayor de los descubrimientos, que además de venía fraguando tiempo atrás, fue el de la mayonesa para ingerir lo incomestible y para darle sabor y sobre todo jugosidad a sandwiches y bocadillos.
La culpa la tuvo una coliflor con patatas que me encontré en casa, sin más opción, una tarde de invierno. Nunca había podido, hasta entonces, con esa verdura, gran fuente de vitamina C, fibra, ácido fólico, magnesio, potasio y calcio. Una planta que al cocerse infecta con un olor nauseabundo todo el hábitat humano. Pues bien, esa tarde, mezclada con la salsa de huevo, aceite, limón, vinagre y sal, me pareció algo menos agresiva. Luego probé la fórmula con otras verduras y logré el mismo resultado. Con todas menos con las coles de Bruselas, hoy por hoy todo un martirio para mayores y pequeños.
La mayonesa, esa salsa que los franceses se llevaron de Mahon para apropiarse de ella por la ‘filomatic’ bajo los hierros de la Torre Eiffel, tiene la función de ser uno de los ingredientes fundamentales de una gran parte de los sandwiches y pinchos de nuestra cocina. Amén de los ‘vegetales’, entre los que destacan los de la cafetería Picos de Europa, en la calle Vargas de Santander. Un placer indescriptible.

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Sobre el autor

Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

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