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Diego Ruiz

El Economato

Un buen menú del día

Están sentados frente a frente en una pequeña mesa del comedor casi vacío. Son las dos de la tarde y en el exterior no para de llover. Cuando se acerca hasta ellos el camarero piden el menú del día. Hasta ahí llega lo que vi y escuche en ese momento. No sabía qué iban a sacarles de comer desde aquella cocina cuya puerta cerrada me recordaba a la que se abre cuando salen los actores premiados por la Academia de Hollywood. Tengo que confesar que me entró tal curiosidad que me tomé otro blanco para ver que se iban a meter los dos hombres entre pecho y espalda.
El blanco, un rueda un tanto aguado, se acabó pronto, casi al tiempo en que el barman sacaba a la mesa el pan, el vino, los cubiertos y las servilletas. Me roía tanto el fisgoneo que reclamé otra consumición. Ya iban tres.
No tardaron en entrar los dos primeros platos. Al más fuerte de los comensales le pusieron unas alubias blancas, a rebosar, con su morcilla, tocino y chorizo. Al otro, un volcán de patatas a la riojana también servido generosamente.
Y después de tan audaz comienzo de comida, ¿qué habrían pedido estos tipos a los que no conocía de nada pero que me estaban alegrando la hora del aperitivo?
Recogidos los dos platos, limpios después del consabido e intenso unte, me tuve que pedir un vino más, que tampoco era cosa de observar sin consumir, Ya iban cuatro.
Repuesta parte de la carga de la panera, y cuando el vino de un servidor se quedaba por la mitad, salieron los segundos. Para mi sorpresa, los dos habían pedido huevos fritos, dos, con chorizo y patatas. Yo lo me lo podía creer. Hacía años que no veía cosa igual. La dosis de chorizo para estos dos caballeros era tan altamente perjudicial como el nuevo blanco que tenía sobre la mesa, gentil invitación del dueño del local que era conocido de la familia. Ya iban cinco.
Con tal ‘blancada’ encima, producto de la curiosidad, bebí el ultimo sorbo, para quedar bien, y me marché a casa a echarme una cabezadita. Me quedé con ganas de saber si el postre sería queso picón, leche frita o arroz con leche, pero no era cuestión de terminar frito en el coche, a las tres de la tarde, con una buena curda.

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Sobre el autor

Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.


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