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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

La tierrina y la tierruca

Suele decirse que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando, pero aquellos a los que nos ha tocado vivir fuera de nuestra tierra solemos padecer de ese mal melancólico al que los gallegos bautizaron con tanto éxito como ‘morriña’. Una añoranza del terruño que no es ni buena ni mala, pero que normalmente se reaviva y multiplica en cuanto coinciden dos o tres paisanos e inevitablemente acaban dando rienda suelta a la nostalgia.

Y es que algo tiene la patria chica que nos acompaña por siempre; en aquellos tiempos de servicio militar, por ejemplo, los reclutas no se llamaban entre sí por el nombre sino por el sitio de procedencia, de modo que era imposible no identificarse con su lugar de origen. Y así se formaron, probablemente, los apellidos españoles en la Edad Media: algunos por su oficio, otros por su oficio, pero la mayoría por el topónimo de su pueblo.

En mi caso, mi apellido Llamazares, con el que hace décadas que me identifican, procede de un pequeño pueblo de la montaña leonesa en el que no habrá más ocho horas de luz en invierno y treinta casas, ya casi todas vacías.

Esta semana, dos docenas de leoneses afincados en Cantabria nos reunimos para conmemorar que hace nueve siglos en nuestra tierra se inauguró una forma de gobernar el mundo que desembocaría en el actual sistema parlamentario. Un hito que, pese a la lejanía en el tiempo, muchos sentimos como propio, al igual que lo hacemos con el viejo reino de León, por mucho que no lo conociéramos y que incluso a la mayoría no nos gusten demasiado las monarquías. Pero, como bien afirma ‘La pícara Justina’, no los hay más ‘moridos’ por su tierra que los leoneses –excepción hecho, claro está, de los cántabros, apegados como nadie a su tierruca–, de modo que para movilizar a un leonés sólo tienes que apelar a León y ya la pasión se desata por sí sola.

Con la presencia impagable de Juan Pedro Aparicio, los leoneses de esta tierra ‘tomamos’ el parlamento de Cantabria, con la aquiescencia de su presidenta, Dolores Gorostiaga, que ejerció como maestra de ceremonias en un acto que rezumó querencia a la tierra, pero por partida doble. A la de nacimiento y la de vivencia. Porque uno también es «de donde pace».

Y es que lo verdaderamente sorprendente no resultó ser el apego a las raíces, sino que junto a la nostalgia leonesa se apreciaba también el cariño hacia una tierra de acogida que, para todos, es ya también la nuestra. Y no porque, como los de Bilbao, los leoneses vivan donde les da la gana, sino porque, como apuntó Aparicio, los ‘españoles buenos’ nos sentimos en casa en cualquier parte de España, porque nos acogen como tales y porque, en realidad, es también nuestra casa.

Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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