Parece ser que a Roy Orbison le han rescatado del más allá para que vuelva a dar un par de conciertos treinta años después de su muerte. Como al Cid Campeador, le van a sacar de gira en forma de holograma, con orquesta sinfónica incluida. Todo por la pasta.
Al pobre Roy le perseguiría la desgracia durante toda su vida, con tanta saña como el éxito póstumamente; eclipsado por los Beatles, triunfó a finales los ochenta con sus viejas canciones de los sesenta, aunque el verdadero apogeo no podría disfrutarlo, porque cuando la banda sonora de ‘Pretty Woman’ le convirtió en un icono inolvidable llevaba ya dos años en el limbo.
Sin embargo, no se había ido del todo, y esa tecnología que lo mismo fabrica duetos imposibles de Nat King Cole que singles inéditos de Elvis Presley le va a llevar a llenar escenarios de nuevo, aunque de él sólo quede, en realidad, un leve rastro de luz que se desvanecerá en cuanto se apaguen los focos.
Lo del holograma tiene su gracia y seguro que llena auditorios, y apetece enseguida sacarle alguna aplicación práctica: un yo virtual que nos sustituya en el aula o en la oficina, que estudie o trabaje por nosotros. Una imagen que enviar a las cenas de compromiso, o incluso un perfecto sustituto que no se pone nervioso cuando pide una cita o tiene que pronunciar un discurso. Que aguante alguna bronca por nosotros. Si hubieran existido, yo habría mandado uno a hacer la mili por mí, o lo enviaría este miércoles al Ateneo a presentar mi nuevo libro. Y además, mandaría a mi yo de 1992, que era mucho más resultón, delgadito y con más pelo.
Pero esto de los hologramas no deja de tener su lado oscuro. Y es que, a poco que se pongan de moda, se nos va a volver todavía más difícil distinguir cuando nos están dando gato por liebre, y encima aplaudamos por ello. Si pudieran, algunas figuras no se irían nunca; los dictadores vivirían eternamente, los grandes empresarios no se jubilarían, y hasta en los campos de fútbol seguiríamos viendo a Di Stéfano y Kubala repitiendo una y otra vez la misma jugada.
A todo nos acostumbramos: si hace cincuenta años nos aterraba pensar que el Gran Hermano pudiera vigilarnos, el plasma de Rajoy ya sólo nos indignó ligeramente. Y ahora, ni nos asombramos al pensar que un presidente, aunque sea de Cataluña, pueda ser investido a distancia, y termine gobernando por videoconferencia, cuando no directamente por whatsapp. El poder se va volviendo impersonal, lo que hace más difícil no sólo identificarlo, sino sobre todo defenderse de él.
Pero en fin, poco va a importar si nuestra tendencia es convertirnos en hologramas, inmaculados e inalterables, concentrados tan sólo en ofrecer una buena imagen, la mejor de las apariencias. Sin preocuparnos de en qué manos dejamos la realidad.