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Diego Ruiz

El Economato

Congénito y hereditario

Con dinero en el bolsillo y frente a un mostrador lleno de marisco tengo más peligro que el dentista yanqui que mató al león ‘Cecil’ dentro de un zoológico. Lo reconozco, no me puedo resistir. Hasta me tiemblan las piernas cuando estoy ante unos percebes de nuestra costa, unas coloraditas nécoras, unas simpáticas cigalas, unos peludos centollos, unas alegres quisquillas, unas gambas aunque no sean de Huelva o una langosta aunque no sea de Isla. Por desgracia y contra la conservación de la siempre modesta economía familiar, a mí me gustan hasta las lapas.
Creo que mi afición por el marisco es genética y hereditaria, calculo. A mi padre le pirria todo lo que se mueve dentro de la mar y también lo que se pega a las rocas. Eso me pasa a mí y también curiosamente a mis descendientes. Pero si me tengo que decantar por un marisco en concreto –una prueba tan difícil para un servidor como escoger de acompañante para una cena romántica entre Amaya Salamanca, Elsa Pataki, Hiba Abouk, Lara Álvarez o Cristina Pedroche– me quedo con los percebes y, al poder ser, de Cantabria. De esos que, cuando explicamos a los amigos el tamaño que tenían los últimos que nos llevamos a la boca, mostramos el dedo índice cogido desde el escafoides. «¿Así te juro que eran y nada churrones!» De los que se pescan entre Castro Urdiales y Unquera.
Me quedo como tonto mirando los que tiene en su escaparate el Bar La Flor de Tetuán. Percebes tamaño XXXL que te tientan a pegarle una pedrada al cristal y llevártelos todos a casa a cocer con un buen puñado de sal. Señores dueños de ese santuario del percebe, les juro que si eso llega a suceder, me pongan en su lista de sospechosos, aunque lo negaré y juraré que soy alérgico al marisco. También suelo ir con dinero –aquí con la piedra no vale– a la Plaza de la Esperanza donde hay varios puestos donde adquirir ese marisco que tienta a la delincuencia.

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Sobre el autor

Santander 1960. Universidad de Cantabria. Sección de Deportes, Cantabria en la Mesa y, a veces, algo de toros. En la redacción de EL DIARIO MONTAÑÉS desde 1984 pasando por casi todas las secciones.

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