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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Microtristeza

«Por alguna razón, a la gente le gustan las canciones tristes», comentó el sábado durante su concierto el cantautor y novelista panameño Javier Medina Bernal. Y Paco Gómez Nadal, muy al quite, bajó justo entonces la iluminación de La Vorágine, porque ya se sabe que la media luz es la más propicia para la melancolía.

No deja de resultar curioso que en una sociedad que glorifica la alegría –e incluso ha inventado mundos perfectos, como el de los anuncios publicitarios de televisión o los finales felices del cine– nos demos al escapismo emocional con música que explora más el lado oscuro, los distintos matices del gris.

Aunque lo ocultemos en el rincón más recóndito de nuestras vidas, sepultado por las sonrisas de dentífrico y una alegría más obligatoria que la antigua mili, la pena sigue siendo parte de la experiencia de cualquier persona, y tarde o temprano nos acabamos enfrentando a ella.

Y da igual toda la literatura que se vierta para explicarla, analizarla, catalogarla y retorcerla hasta que muerda el polvo: la tristeza tiene sus propios senderos, a menudo ‘inescrutables’, porque no es tan sencillo aplicar taxonomías a los sentimientos. Los médicos del alma llevan décadas poniendo nombre a las distintas fases del duelo, pero cada uno la pena la llevamos todos por dentro, cada uno a su manera.

Uno espera que, tal vez, ese dolor se parezca al grabado de Durero, esa Melancolía número uno que sufre con épica y estoicismo. Antes era más fácil, claro, cuando se hacían tratados sobre la anatomía de la tristeza y acababan echando la culpa a la bilis negra y los humores de cuerpo. Pero ahora que ya no existen, o no tenemos tiempo para buscarlos, también la pena nos ataca de otra manera.

Por ejemplo, cuando en nuestra vida trepidante, con tantos estímulos que uno no tiene tiempo ni para el duelo por los seres queridos, de pronto un pequeño detalle causa una interferencia. Puede ser una vieja fotografía que te encuentras al ordenar la biblioteca, un tropiezo casual por la calle o un giro familiar que surge en una conversación, y de repente te encuentras saltando en el tiempo y el espacio para recordar a esa persona que ya no está.

O si eres un desastre, como yo, un móvil mal apagado con el que involuntariamente llamas a tu padre, porque lo último que has pensado es en borrar su nombre en la lista de números favoritos. Y entonces descubres lo que de verdad duelen las pérdidas. Es un pequeño impacto, sí, una mínima muesca en la coraza emocional que todos nos fabricamos, pero equivalente a una despresurización, que acaba por hacernos explotar.

En lugar de los años de luto, ahora nos conformamos con la microtristeza, la forma moderna de la pena: apenas unos segundos de emoción que condensan todo ese dolor que no queríamos sufrir, pero en realidad no podemos evitar.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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