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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Relojes parados

Parece ser que en Bruselas se han cansado de tanto jugar con los horas, que si este sábado te dejo dormir un rato más, que si esta semana vas a ir de noche al trabajo, que si vamos a ahorrar un poco de energía atrasando o adelantando los cronómetros. En fin, cosas que nos tienen entretenidos de cuando en cuando y que tampoco tenemos demasiado claro si sirven para algo o no, más allá de entretenerte una mañana cambiando todos los relojes a tu alcance: el de la cocina, el del coche, el de tu abuela que todavía es de cuerda y te trae recuerdos de otros tiempos, mientras accionas el mecanismo y las agujas se aceleran en un sentido o en otro, y tú piensas en aquellas cintas que rebobinas con un boli bic y empalmabas con celo cuando las mordía el ‘radiocasé’.

Horas que vienen y van y que se pierden en las noches sin que nadie sepa qué pasa con ellas. Y que parece ser que preocupan mucho en Bruselas, donde no deben de tener mucho que hacer y se dedican a corregir los errores de otras latitudes, como si todos tuviéramos que ser funcionarios de la Unión, midiendo la vida con un reloj, madrugando a la europea, desayunando beicon con huevos revueltos y recogiéndonos con el sol, a ver películas y series norteamericanas.

En Europa saben mucho, claro, y ese lío de los relojes tiene que acabarse de una vez. Y los partidos que se juegan de noche, y las copas de madrugada. Pero qué esperar de un continente en el que la siesta se ha convertido en un artículo de lujo… Si en vez de tanto poeta de las redes a alguien le diera por emular a Quevedo, encontraría un filón en la manía europeísta de corregir los males del mundo a golpe de directiva.

En cualquier caso, lo de los horarios no deja de ser pura convención; cuando los abuelos nos contaban que se levantaban a las cinco para ir al campo, probablemente ni siquiera sabían que hora era, y se regían por el amanecer y por el canto del gallo, como cuando no había luz eléctrica. Pero ni entonces era tan terrible ni los nuevos ajustes no van a sacar de pobres. Sobre todo, porque el único cambio de horario que realmente nos endulza la vida es de las vacaciones de verano, cuando el reloj se detiene en esas tardes plomizas que parece que no van a acabar nunca.

Entonces sí que merecería la pena atrasar las horas, ralentizar el tiempo y dilatar ese resquicio último de felicidad que nos queda. ¿Para cuándo una directiva europea que detenga los relojes, o incluso los calendarios en agosto?

Pero ahí no se mete Bruselas, no. Allí parece que gustan más los despertadores; sobre todo esos que tienen un zumbido desagradable. Y así nos va, claro.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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