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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

La tragedia de Padilla

Mortal sólo será la última cornada, pero la vida de Juan José Padilla casi parece la del héroe trágico que, en lugar de rehuir su destino fatal, se empeña en salirle al paso una y otra vez. Treinta y nueve cogidas lleva ya marcadas en su cuerpo, cicatrices que el tiempo no borrará y que estos días han sido contadas una a una por la prensa, para espanto de unos y agravio de otros. Treinta y nueve viajes hacia el otro mundo que, hasta el momento, han resultado fallidos.

No sabemos si Padilla será inmortal, pero desde lo que desde luego no es, es invulnerable. Quién sabe qué fuerza puede mover a un hombre a perseverar en aquello que lo está matando, aunque sea a plazos. Que lo mutila y lo desfigura. Basta con ver sus faenas para comprobar que el torero no se esconde ni se arruga. Que en lugar de protegerse, se arrima más y más. Como si no supiera que la diferencia entre la vida y la muerte es una cuestión de centímetros, de milímetros incluso.

Es probable que Padilla no pase a la historia como el maestro más elegante, o el más virtuoso. Ni siquiera como el más alocado, porque en su actitud hay algo que va mucho más allá de la inconsciencia, o incluso del valor. Porque al Ciclón de Jerez –tiene sobrenombre de boxeador, más que de torero– ya no le hacía falta riesgo para acrecentar su imagen legendaria. Contracorriente en un tiempo que ya no capitaliza la valentía sino la vida, se diría que no sólo está atrapado en un destino trágico, sino que lo persigue con ahínco. Y uno no sabe si admirarlo u horrorizarse.

A los que no entendemos «el toro» nos cuesta apreciar los valores que encarna Padilla, quien para muchos resulta todo un anacronismo, en esta era de experiencias virtuales y vidas digitalizadas. Su mundo de miedo y sangre tiene un regusto de otro tiempo que repele a muchos españoles, cuyas coordenadas culturales orbitan en otras latitudes. La liturgia de la tauromaquia, su rígido protocolo y sus normas no escritas conforman una poética de otro tiempo, de adhesiones inquebrantables y odios enconados. En nuestra cultura dominada por el espectáculo simbólico, la violencia real pasa a un segundo plano, voluntariamente se esconde, y sólo se libera a través de espitas incontrolables, como la malicia de las redes sociales, el último reducto para que el odio reprimido se disfrace de modernidad y progresismo. Desear la muerte de un torero no nos humaniza ni nos hace mejores, por muchos ‘me gusta’ y retuits que reporte la malicia.

Más allá de la opinión de cada uno ante la tauromaquia, el drama de Padilla poco tiene que envidiar a los de Aquiles, Prometeo o Sansón. Un artista de proporciones míticas, al que le ha tocado vivir un tiempo equivocado. En lugar de tuits maledicentes, alguien debería escribir esa tragedia.

 

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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