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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Cómo se fabrica la euforia

Adoramos la espontaneidad y sus gestos, pero preferimos ignorar que incluso lo improvisado sale mucho mejor si se prepara adecuadamente.

Es algo de lo que no se habla –y tal vez sea mejor así, para no perder la magia– y pocas veces podemos ver qué sucede detrás de los escenarios, entre bambalinas o en el fuera de campo.

El viernes se produjo una de esas raras ocasiones, un desliz de dirección mientras televisión española estiraba la conexión con Río de Janeiro para retransmitir la entrega de medallas. Carolina Marín había ganado el oro en bádminton, y tocaba hacer tiempo, así que los comentaristas tiraban de ingenio pero las cámaras, explotada ya la moviola, se entretenían con el público. Españoles que celebraban la victoria enfundados en rojo y gualda, japoneses satisfechos con el bronce e indios que sobrellevaban como podían el amargo segundo puesto. Claro que, entre los indios, una mujer de unos sesenta años bailaba con gesto risueño, ¿No se habría enterado de que la derrotaba había sido su compatriota? ¿No le importaba, acaso? Tal vez, simplemente, valoraba ese mantra que nos repetían a los niños antes, lo de ‘lo importante es participar’.

La duda se disipó cuando un error de continuidad mantuvo la conexión mientras se abría el plano, y bajo la señora, y el centenar de espectadores que se agolpaban en una pequeña grada, se pudo ver a un dúo de bailarines. Y no sólo se contoneaban, sino que además lanzaban de cuando en cuando regalos al público.

Hasta una regidora –o eso hacían suponer los aparatosos cascos que lucía– marcaba al público los tiempos para vitorear, jalear, saltar o lo que hiciera falta, pero marcando bien los pasos, como en un baile.

Una muestra perfecta de cómo se fabrica la felicidad, de cómo la euforia o el drama que tanto nos conmueve es tantas veces prefabricada, una mentira de cartón piedra, como esos libros de Ikea que en realidad son un bloque de plástico.

Y es que en Río tardaron, pero al final se dieron cuenta de que no importa tanto si los estadios están llenos o no, sino que den bien en plano. No hacer bien las cosas, sino que lo parezca. Como el fachadismo mediterráneo o la cirugía estética. Como las promesas electorales. El mundo podrá ser injusto y cruel, pero nunca feo. Al menos, no en plano.

Cuentan que Milena Busquets, en el taller de narrativa que ha impartido esta semana en la UIMP, pidió a sus alumnos que escribieran una breve presentación de sí mismo, aunque lo que contasen fuera mentira. Lo que le importaba es que estuviera bien escrito.

Pero es que al resto del mundo nos pasa igual: nos importa poco que lo que nos cuenten sea mentira. Da igual. Preferimos las mentiras, siempre que sean hermosas.

El problema, claro, es que lo saben. Los publicistas, los creativos, los comerciales, los empresarios, los políticos, los padres, los hijos, los pretendientes… Lo sabemos todos.

Temas

deporte, sociedad del espectáculo

Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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