«No hay nada como un libro», aseguraba en su discurso del Día Internacional del Libro de este año Irina Bokova, directora general de la Unesco. Claro que cualquier lector sí que lo hay: otro libro. Y otro. Una montaña de libros, una biblioteca entera.
El libro, aparte de «ventana a nuestro interior» o cualquier otra definición más o menos poética, es desde el feliz invento de Gutenberg un objeto cuyo valor cuantitativo pesa casi tanto como el cualitativo. Y en nuestro mundo de resultados y balances, los números, al final, determinan el destino hasta de las letras.
Y es que resulta inevitable la conexión casi umbilical entre el recién anunciado festival ‘Lluvias y letras’ y la aspiración municipal de convertir a Santander en la Capital Mundial del Libro en 2018. Esta propuesta, junto ‘Poesía con norte’, la ‘Surada poética’ o las diversas ferias del libro, no pueden verse como iniciativas aisladas sino como un proceso general cuyo objetivo, más allá de resarcirse de la fallida capitalidad europea, es proteger y acrecentar el tejido literario, editorial y libresco de nuestra comunidad. Bienvenida sea, pues, esta nueva propuesta.
Un salto con red; así podríamos definir la apuesta del festival ‘Lluvias y letras’ si nos fijamos en los primeros nombres que, con cuentagotas, se han ido filtrando a la prensa. Un doble póker de líderes de las listas de ventas, que además han copado los podios de los últimos premios de las editoriales de primera línea esta temporada.
De otros proyectos de mayor riesgo pudimos aprender qué atrae y qué no atrae al público local; aún así, la asignatura pendiente no sería programar lo que siempre tiene éxito, sino conseguir despertar el interés por géneros y autores minoritarios, pero que quizá sean cualitativamente mucho más interesantes.
En fin, se podrían poner muchas objeciones, se podrán echar de menos el espíritu de descubrimiento o un guiño a los autores más indies, pero no podemos negar que si el objetivo es el éxito de público, una elección así es apostar sobre seguro.
Lo que desde luego resulta innegable es la apuesta decidida de De la Serna por la cultura, una baza en la que ha conseguido superar carnés, adscripciones y hasta padrones municipales. Y no sirven los argumentos de instrumentalización, porque esa postura parece más una cuestión de sensibilidad social y empeño personal que de frío cálculo electoralista. Más bien se trata de un ejercicio de tolerancia; basta con ver la actitud generalizada entre los dirigentes de su propio partido en otras latitudes, absolutamente refractarios a todo lo que tenga que ver con la llamada «gente de la cultura’.
Y es que la cultura no da votos, que nadie se llame a engaño. Al menos, no tantos votos como las infraestructuras megalómanas o el clientelismo municipal. Pero una acertada política cultural produce otros frutos mucho más apetecibles: cohesiona a la sociedad y la dinamiza, y además permite que florezcan las clases creativas, que son a fin de cuentas las que confieren a cada comunidad su peculiar personalidad.