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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Hablar claro

Si existe un pecado imperdonable en el arte de la comunicación, y en especial, en el de la escritura, es el de la oscuridad. Hablar sin que nadie te entienda es privilegio exclusivo de especialistas en física cuántica y de los trileros de la política; el resto, nos guste o no, estamos obligados a expresarnos de la forma más comprensible que podamos. Y, si no, habría que hacer una ley nos forzase a ello.

Al menos, eso me cuenta Sofía Hernández, una amiga de Maliaño que en ocasiones sufre demasiado con mis columnas: «Lo leo entero y, cuando llego al final, me digo: igual es que se me ha pasado algo. Así que lo releo todo, y otra vez me quedo con cara de tonta: ¿Será posible que no me haya enterado de nada?». Y entonces a quien se le queda cara de póquer es a mí, porque cuando no te comprenden, lo que suele pasar es que tú te has expresado mal.

En el fondo de todo esto está latente cierta concepción colectiva, que nos lleva a pensar que lo complicado siempre es más inteligente que lo simple, y que quien habla con sencillez es porque en realidad su mente es más bien simplona. Claro que defender esta postura más o menos viene a ser como creer que tenga más razón quién más alto grite en una discusión.

Por algún extraño motivo, tendemos a pensar que cuanto más complejo sea un discurso más inteligente debe de ser quien lo pronuncia. Así, nos deslumbramos ante las perífrasis innecesarias y las redundancias de quienes se le llena la boca al hablar de ‘personas humanas’ en vez de decir ‘gente’. Pero no sólo: también podemos sentirnos como verdaderos analfabetos funcionales tratando de descifrar cualquier manual de instrucciones, que eso sí que suele ser literatura de misterio. O en una aula de cualquier facultad, donde parece que paguen complementos por utilizar el léxico más complicado posible. Aunque la palma se la llevan los textos jurídicos: ¿cómo es posible que a un ciudadano medio, por muchos estudios que pueda tener, la constitución le suene a chino? ¿No será que falla algo en la redacción?

En fin, que bastantes complicaciones tiene ya la vida, como para que además cuando escribimos nos empeñemos en añadir más dificultades, y todo por sacar pecho e ir fardando de dominio del lenguaje y talento literario. Cierto que hay algunas cuestiones que cuesta más explicar, y que, en ocasiones, es mejor insinuar las cosas y recurrir a la ironía –no vean lo mal que se toman las críticas los políticos, por ejemplo–, pero por muy poéticos que nos sintamos, escribir del modo más enrevesado no nos convertirá en genios incomprendidos, como Antonio Gamoneda. Qué va, más bien hará que, al final, no quiera leernos nadie.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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