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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Burros a la carrera

A cualquier persona sensible le horroriza cualquier tipo de maltrato, incluyendo el animal, pero entre tirar una cabra del campanario para celebrar el santo patrón y hacer una carrera popular a lomos de burros media un abismo, una distancia equiparable a que la que hay entre la brutalidad y una simple celebración festiva.

Porque estamos todos de acuerdo en el respeto que merecen todos los seres vivos, y la importancia de preservar el ecosistema, pero de ahí a lanzarnos a una espiral de prohibiciones, amparados en un conservacionismo que raya la intransigencia, resulta ya excesivo. Es decir, que cualquiera puede entender –lo comparta o no– que exista un sentimiento antitaurino y que lleven sus reivindicaciones allí donde más molesten, simplemente porque su protesta será así amplificada y, por tanto, tendrá mayor eficacia. Incómoda o no, es una realidad que la tauromaquia molesta a una parte de la ciudadanía y que, por mucha que fascine a otra, en el momento en que sean mayoría la fiesta nacional tiene los días contados, porque todos esgrimimos el espíritu de tolerancia y el interés cultural sólo cuando nos conviene.

Aún más, hay tradiciones, por llamarlas de algún modo, tan indefendibles que tienen los días contados, como el polémico Toro de la Vega en Tordesillas. Poco arte hay en crueldades semejantes, pero siempre será mucho más inteligente combatirlas con humor y sagacidad –como se ha hecho este año, con el ofrecimiento de artistas para ofrecer actuaciones gratuitas si se ‘indulta’ al pobre toro– que no con insultos y hasta a pedradas, a las que tristemente se ha llegado en otras ocasiones, en las que a los angelicales defensores de los animales les importaba tan poquito como a los maléficos pro-taurinos si acababan descalabrando a algún humano.

Lo de Tanos, no obstante, es sacar las cosas de quicio; a los burros les ha tocado desde muy antiguo cargar jinetes y hasta con equipajes; les inmortalizaron Cervantes y Juan Ramón Jiménez, pero mucho antes ya se habían ganado su lugar en el mundo no por su belleza innata ni su inteligencia preclara, sino por mero utilitarismo: porque servían para algo. De no haber sido domesticados, puede que incluso se hubieran extinguido. ¿Qué tiene de malo, pues, que de vez en cuando se les invite a una fiesta? ¿Tanto maltrato es montarle y echar una triste carrera? ¿No será mucho más respetuoso dejarles volver a ser útiles al menos por un rato?

Hace dos décadas, como estudiante extranjero, observé que en Alemania que los mendigos siempre tenían perro. Y no por combatir la soledad, sino porque multiplicaban las limosnas. «Cuando dan dinero, insisten en que sea para dar de comer al perrito», me confesó uno. Entonces pensé que serían cosas de centroeuropeos, pero con el tiempo también aquí se ha invertido la escala de valores.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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