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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Un mismo sentimiento

Aunque el árbitro dio los tres pitidos hacia las ocho menos diez, los aficionados de La Gradona no se fueron. Lo manda la liturgia, sí, eso de que el equipo agradezca el apoyo tras el partido y luego se acerque en bloque al fondo norte, a saludar al núcleo duro del racinguismo. Con emoción, y con lágrimas como siempre que se despide una temporada; los años buenos, el llanto es de alegría, y los menos afortunados son un lamento incontenible, pero siempre hay lágrimas.

Sin embargo, diez minutos después, los jugadores ya estaban en la ducha pero los racinguistas de la grada aún no se habían ido. ¿Por qué no se van? Sus cánticos enseguida les van a delatar: piden que vuelva el equipo. Y, sobre todo, que salga Munitis. Y no se van. La Gradona en bloque, teñidos aún de verde desde el tifo inicial, está en su casa. Ya se han apagado los gritos de ‘Sí se puede’, pero quiere ver de nuevo a sus héroes, vitorearles, animarles, infundirles un poco de su aliento. A los veinte minutos, asoma desde el túnel de vestuarios el primer hombre. Es Adán, como no podía ser menos. Faltan, claro, los más entusiastas, los hermanos San Emeterio y David Concha, para arrastrar al grupo ante sus fieles. Aún así, poco a poco aparecen algunos más, incluido Koné en traje de calle, Borja Granero o Francis. Hasta Valdo ‘debuta’ en El Sardinero, aunque sea en este particular tercer tiempo. Pero el plato fuerte será la salida de Munitis, que vuelve a ser vitoreado. Le acompaña todo su equipo, y dos pasos más allá Gonzalo Colsa, que rehúye todo protagonismo. En seguida se les unirá Javi Pinillos, esprintando desde la sala de prensa.

Algunos aficionados consiguen zafarse de los guardas de seguridad y se abrazan a los jugadores, pero la grada sigue pidiendo a Munitis, que intercambia una mirada fugaz con Colsa. Juntos hicieron este mismo camino muchos años, en cada despedida de temporada. El 8 y el 11 del Racing son ahora sus timoneles, pero no pudieron enderezar un nave que recibieron ya en pleno naufragio. En sus rostros, en sus gestos es patente la decepción. Ellos, que tocaron la gloria, que saben lo que es jugar en un grande, que salieron de la nada y sin embargo supieron conservar la humildad. Ellos, auténticos héroes que regresaron a casa para llevar a su club a lo más alto, han padecido la desgracia de vivir dos descensos en apenas cuatro años, a un lado y otro del banquillo. Demasiado para sólo dos hombres.

Tal vez por eso, cuando Munitis se acerca a los Malditos, se le quiebra la voz. Ellos querían consolarle, pero la gran estrella verdiblanca les está dando las gracias y pidiendo perdón por no haber logrado la victoria, en una escena insólita en el fútbol moderno. Afición y equipo fundidos. Es algo mágico lo que sucede en este club, como ya ocurrió en el partido de El Molinón, cuando el sancionado Fede cambió los asientos de cortesía por la grada de visitantes, para seguir el partido como un racinguista más. Como Munitis, que se despide prometiendo que van a pelear hasta el final, antes de emprender el camino más largo, el que le llevará de vuelta a la élite pero pasando antes, con casi total probabilidad, por el purgatorio de la segunda B.

Nadie lo dice, porque ninguno queremos ni siquiera pensarlo: resulta demasiado doloroso. Pero aún así, no suena ni un solo reproche. A un lado y otro de la grada se comparten destino y sentimientos. Y de aquí no se va nadi

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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