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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

El don de la inoportunidad

Las malas noticias, por principio, siempre llegan a destiempo, pero en este caso la derrota en Alcorcón no podía haber resultado más inoportuna. Y es que casi se diría que para el Racing existe una doble velocidad: por un lado, la del racinguismo, y por otro, la del equipo.

Como si retomásemos al Cernuda de la realidad y el deseo, después de tres meses de pesimismo casi absoluto, de desapego y de mirar para otro lado, la afición verdiblanca se ha dejado el dinero que no tiene en un sprint final por salvar al equipo de la ruina. Ha sido, como cabía esperar, en el último momento y medianto un esfuerzo agónico, con la amenaza de una liquidación ya inevitable de no prosperar la enésima ampliación, pero esto no era como el desierto de Buzzati: aquí sí que llegaron los tártaros, y además a lo grande.

Claro que antes había hecho falta recurrir a la mitología, y casi resucitar a los muertos; porque cuando Quique Setién decide jugarse el tipo en la rueda de prensa –en medio del relevo institucional en el Lugo, no olvidemos ese gesto de valentía–, nadie podía prever que se desataría la mayor ola de racinguismo que hayamos visto en este siglo. La locura colectiva nos ha tenido más de una semana pendientes día a día de cómo subía el saldo de una cuenta corriente que, para los seguidores, tenía mucho más que dinero. Porque allí se han ingresado los sueños de muchos verdiblancos, pero también las propinas del domingo, el presupuesto de muchos para salir el fin de semana, para compartir unas rabas en familia o lo que se había ahorrado para ir de vacaciones, o para renovar el vestuario. Poco o mucho, cada aportación lleva detrás un pequeño o gran sacrificio, que no puede cuantificarse en ninguna moneda de este mundo, y que no se paga con acciones, sino con un título de propiedad de un pedacito de sueño.

El Racing, a partir de ahora, ya no sólo es patrimonio moral de su afición; el Racing es realmente de los racinguistas, en el corazón y también sobre el papel. Así que no estaría de más que, cuando el presupuesto lo permita, el club entregue a cada uno de sus accionistas un diploma que acredite qué hicieron por él en abril de 2015. Tal vez alguna de esas instituciones que tan poquito han hecho por la causa podrían donarlo, en forma de ayuda simbólica; para algo tenemos la imprenta provincial que, teóricamente, es de todos, ¿no?

Claro que, en medio de toda esta celebración, de este empacho de racinguismo que nos acelerado los corazones durante toda la semana, faltaba el colofón, el remate que terminara por redondear el futuro esperanzador que se ha abierto tras el milagroso rescate. Y es que aún hace falta salvar la categoría, para que todo el esfuerzo realizado hasta ahora siga teniendo sentido. Pero el equipo, por desgracia, va a otra velocidad, a la suya propia. La de un conjunto deportivo que debe superar sus propias limitaciones y sobreponerse a una dinámica negativa.

El sábado, las caras de Concha, de Fede y de Mario tras la segunda derrota consecutiva personificaban el abatimiento de los que no se merecen la desgracia.

Tal vez nuestro equipo no sea el mejor de la categoría, pero debe de haber alguna manera de convencerles de que pueden serlo. La posibilidad aún está ahí. Sólo hace falta que se contagien del entusiasmo general, para que Munitis y Colsa puedan convertirse en los nuevos Nando Yosu. La afición lo merece. Ellos y los jugadores, también. Pero, sobre todo, el racinguismo se lo ha ganado.

 

 

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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