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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Rojo y negro

Que la semana vaya de rojo y negro no tiene nada que ver ni con la política –y eso que la última ocurrencia del futuro exlíder socialista de exigir listas abiertas daría para hacer unos cuántos chistes facilones sobre lo sencillo de prometer desde la oposición lo que se pudo y no se quiso hacer desde el gobierno– ni con el luto de tantos racinguistas al ver rodar la cabeza de Paco Fernández, ni con la ruleta del casino; ni siquiera con las fotos de vestiditos que circulan por internet y unos vemos tan bien y otros no son capaces de distinguir que los colores son el blanco y dorado –o el azul y el negro, qué sabe uno ya…–; el rojo y el negro lo ha puesto de actualidad Sara Morante, que hoy mismo, a estas horas, debe de estar ya en el museo de Altamira pintando un mural con esos mismos colores. Los colores, por cierto, sobre los que orbita su obra gráfica, y los mismos colores que eligieron hace tantos siglos los primeros pobladores de esta región para dejar su huella en las entrañas de la tierra.

Seguramente exista una explicación a la altura de Guillermo de Ockham para la pasión por estos dos tonos; la escuela de Marvin Harris nos aclararía que, simplemente, eran los más sencillos de conseguir, mediante la pulverización de carbón y otros minerales. Claro que poco importa su origen utilitario, cuando resulta que los colores más primarios, lo más básico, se convierte en una constante que a lo largo de toda la historia sigue manteniendo su fuerza, su pegada emocional. Pensemos, por ejemplo, en las vanguardias de entreguerras, que exploraron el uso de las dos tintas, igual que en los años setenta ­–probablemente, porque era mucho más barato que la cuatricromía–, y en cómo la cartelería política de los años treinta y cuarenta, incluyendo nuestra guerra civil, usa y abusa de los dos tonos. Hasta las banderas de bandos diametralmente opuestos compartían el negro y el rojo, diferenciándose solo por la disposición de los mismo, como en el caso de la CNT y la Falange.

Suponemos que el rojo, con su referente sanguíneo, es el más cálido de todos los colores, y evoca al fuego de la pasión. Pero, más allá de la poesía que queramos ponerle, lo cierto es que es el tono ópticamente más llamativo; sobre todo, si se refuerza, se matiza, con un poco de negro. El negro, por su parte, más que por la elegancia que se le supone, destaca por su oposición al resto de colores, en especial al blanco, soporte habitual de nuestra cultura escrita.

De todo ello, claro, nos hablará hoy Sara Morante, pero cuando sus pinceles impregnen las paredes de ese muro, estará compartiendo con nuestros ancestros mucho más que el rojo y el negro: estará compartiendo la magia de la comunicación y del arte; dos milagros que nos convierten en humanos, desde hace quince mil años.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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