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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Lo que es gratis

Hace unos días se presentaba en Santander un nuevo fanzine, Spaceship Magazine, y aparte de la sorpresa de que a los más jóvenes, más que el digital, les ‘pone’ el papel, conversar con Adrián Alegre, el editor, supuso confirmar que hay cosas que nunca cambian. En concreto, el espíritu rabiosamente aventurero de una edad en la que es obligatorio, si no cambiar el mundo, sí al menos intentarlo.

Y es que, como si no quisiera apearse de esa nave espacial en forma de revista, Adrián aseguraba que los colaboradores de este primer número cobrarían por su trabajo, aunque fuera poco. Claro que, en estas cosas, la cantidad es lo de menos: lo realmente estratosférico, de otra galaxia realmente, sería que alguien cobrase. Porque hay ciertas actividades que no se hacen por dinero, o más bien que se hacen aunque nadie te pague por ello, pero eso no significa que, como a veces tendemos a pensar, en realidad no valgan nada.

Circula estos días por la red un microcómic en cuatro viñetas en la que un cliente encarga diseñador resuelve con tres trazos un logotipo, y el cliente asombrado le pregunta que cómo va a cobrarle tanto por apenas diez minutos de trabajo. El diseñador, no sin desdén, tiene que explicarle que para poder hacerlo ha necesitado previamente diez años de formación técnica y estética. Y se diría que es una cuestión de Pero Grullo, pero la opinión de que ciertos trabajos, directamente, ‘no valen nada’ está de lo más extendida. Sucede con la labor de lo que hacen la música que nos pasamos de unos a otros, desde que inventó el casete nada menos; con las imágenes que tomamos de internet sin ni siquiera plantearnos que tal vez sean de alguien y que le costó un esfuerzo realizarlas, o con textos que copiamos con la misma delicadeza que un pelotón de fusilamiento. Sucede algo así como con los amigos informáticos, a los que siempre les pedimos “favores” pero luego jamás les preguntamos qué les debemos.

Y es que, en una interpretación demasiado generosa del derecho a la cultura y a la información, hemos acabado entendiendo que por encima de la autoría está la libertad del espectador, y acabamos por ver lo que antes era arte –fuera música, literatura, cine o cualquier otra expresión creativa– como un mero “contenido”, palabra maldita que cosifica la creación hasta convertirla en pura mercancía carente no ya de alma, sino incluso de valor. Se diría que exigimos una especie de barra libre de cultura, como si otro fuese a pagar la factura. Antes, cuando el mundo parecía funcionar, la costeaba el estado. Tal vez fuera entonces cuando nos acostumbramos, cuando empezamos a pensar que todo era gratis. Curioso, en un mundo donde pagamos por la vivienda, por la ropa y hasta por la cerveza, que lo único que creemos gratuito sea lo que no se puede producir a máquina.

Temas

Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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