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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Jugar con fuego

Serán necesidades del guión –la triste herencia de estos años de pólvora–, pero esa tradición racinguista de vivir en el filo de la navaja cada vez va teniendo menos gracia. Sobre todo, porque ya no somos un club modesto que se conforma con mantenerse en primera división, sino que somos un histórico venido a menos que hasta en segunda sufre lo indecible. Ya sabemos lo que cuesta cambiar las costumbres, sí, pero después de una docena de jornadas ya sabemos que el equipo da para mucho más que para ese triste peregrinaje, de puntillas sobre la zona de descenso. Tal vez no contemos con un gran presupuesto, pero tenemos armas y razones más que suficientes para estar viviendo otra liga muy distinta.

Claro que si nuestro míster –precisamente, una de nuestras ventajas en la competición; la otra es de modo indiscutible Koné, que de irnos la feria de otra manera acabaría siendo la gran estrella de la categoría– se empecina en lo que ya es evidente que no funciona, mucho más lejos no vamos a llegar. Él sabrá, por supuesto, cómo funciona su vestuario, quién le gusta más y quién menos, y qué riesgos puede o no asumir. Pero insistir con una zaga que no funciona es como rellenar un caldero agujereado: al final, se te va escapar el agua. Y es que hace dos semanas teníamos un ‘problema’ en el lateral diestro, tras la lesión de Francis; pero lo que para unos es una contrariedad, para otros podría haber sido una bendición. Y no sólo hablamos de los detractores del defensa, que algo tendrá cuando convence uno tras otro a todos sus entrenadores, sino de los que vienen por detrás esperando su oportunidad. Estaba claro que, en estos dos últimos partidos, era el momento de dar la alternativa a Borja San Emeterio. Pero en la lucha de conservadurismos que habrá vivido Paco Fernández –entre la máxima de ‘lo que funciona no se toca’ y la predilección por los veteranos, por su hombres de confianza–, al final la solución de la calle de en medio ha resultado sólo a medias. Y es que, si la pareja de centrales Juampe-Orfila estaba rindiendo más que satisfactoriamente, y el problema estaba en el lateral, el remiendo de llevar al asturiano al carril diestro, rompiendo la dupla del centro de la zaga, y repescar a un Samuel más bien poco acertado, no sólo no ha resuelto el problema sino que ha terminado por crear otro mayor donde no lo había. Contra el Llagostera la exigencia era distinta, y el resultado maquilló cualquier problema, pero en el partido del domingo contra el Mallorca hicimos aguas precisamente por ese flanco. Es verdad que no debemos quedarnos con una sola acción, pero en la jugada del gol, más allá de la mala fortuna, la zaga no acertó a replegarse y hasta se diría que a Orfila le pudieron los automatismos de central, pues apareció en el palo largo, pero a banda cambiada.

Aún así, buena parte de lo ocurrido volvió a deberse a todo aquello que rodea al fútbol y que no tendría que suceder; y es que los árbitros tienen todo el derecho a equivocarse, cómo no, pero ya va siendo hora de que lo hagan en otros campos, o al menos no siempre en nuestra contra. Porque la segunda parte de los mallorquines mas bien pareció una clase práctica de la escuela balear de teatro.

Con todo, lo que desde luego no puede suceder son cosas como lo del mechero. Y no por la escasa puntería, sino porque al final por querer hacer la gracia nos puede caer alguna sanción. Así que mejor será que nos dejemos de jugar con fuego.

 

[Publicado en El Diario Montañés el 11 de noviembre de 2014]

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Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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