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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

La primitiva

Lo de la envidia sana es un invento, un cuento chino para descargar las malas conciencias, porque lo cierto es que, sana o enfermiza, la codicia del bien ajeno es y será el más practicado de todos los pecados capitales. Piensen si no en ese pobre vecino que esta semana se ha echado al zurrón los tropecientos mil euros esos de la primitiva, lo que tiene que estar sufriendo… el muy puñetero.

¿Qué no le dice nada la cifra? ¿Qué le deja un poco frío? Claro, es que eso de los euros estará muy bien para el carrito del supermercado, pero para las cosas serias no hay como las pesetas. O, más bien, los millones de pesetas. Porque llevarse trescientos mil euros como que no está mal del todo, pero trincar cincuenta millones… eso sí que es una pasta.

Y cincuenta millones es lo que se ha metido en el bolso el anónimo afortunado; vale que no es un premio tan espectacular como los de antaño –la crisis recortado hasta los sueños–, con tanto cero que acababa uno aborrecer las matemáticas, pero no me negará que tanto usted como yo hay semanas que no ganamos tanto; unas cincuenta y dos al año, más o menos.

Lo de la envidia, desde luego, no viene de la cantidad –que por mucho que digan lo que digan, en estos casos claro que importa–, sino más bien del modo. Porque claro, ganarse cincuenta kilos deslomándose por esos mundos de Dios, en algún trabajo de los de dejarse la piel, como que tiene mucha menos gracia. Lo bonito es que te llegue sin hacer nada, sin merecerlo siquiera. Como antes, cuando se heredaba de los tíos de América, que era una de esas formas tan castizas de estar en el mundo. La otra es la de fiarlo todo a la fortuna, e invertir en juegos de azar, que además de entretener de lo lindo incluso podrían llegar a hacerte rico. Y, si no ganas, al menos puedes disfrutar con las ensoñaciones. Porque, ¿quién no ha tenido delirios de riqueza? ¿Acaso no tenemos derecho a soñar con vivir como un banquero o un subsecretario, por mucho que nos pasemos el día encadenados al teclado de nuestra oficina?

Vale que cincuenta millones tal vez no alcancen para retirarse del mundanal ruido, pero no me negarán que, como decía algún bon vivant, para darse algún capricho sí que llegan. O, al menos, para tapar agujeros, ese deporte tan nuestro y en el que nunca llegamos a perfeccionarnos.

En fin, que es enterarse de que la fortuna le ha sonreído a otro y ya se nos ponen los dientes largos. Y es que en estos tiempos descreídos, la poca fe que se conserva la dedicamos a lo verdaderamente fundamental: a esperar que nos toque la lotería.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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