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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Desconectado

Esta semana me asaltó uno de los más espantosos terrores modernos: mi móvil parecía haber perdido las constantes vitales. Después de una noche enganchado a la red, el pobrecillo sufrió un desvanecimiento inexplicable, del que no había manera de que se recuperase, ni pulsando los botones de emergencia ni aplicándole cuidados intensivos. ¿Sería la batería? ¿Un virus? ¿O unas fiebres tifoideas? Un drama tremendo, imagínense. Mi chiquitín, quien siempre me acompaña, el amor de vida, me iba a abandonar en medio de un viaje, en tierra extraña, completamente desamparado, hasta el punto de que no sabía si romper a llorar por la pérdida o buscar unas pompas fúnebres y encargarle unas exequias a la altura de las circunstancias.
Ahora nos hace sonrojarnos, pero hace algunos años, cuando comenzaban a popularizarse, todo eran bromas: que si sonará en el momento más inoportuno, que si ni escaquearse con disimulo iba a poder uno… El móvil había dejado de ser un zapatófono sólo al alcance de los yuppies para convertirse en el juguete favorito de todas las generaciones, que lo mismo servía para sacar pecho marcando estatus que para romper relaciones por sms. Al final, hasta los peores presagios se cumplieron, hasta el punto de que el teléfono parece un apéndice más del organismo humano, en una hibridación entre la teoría de la evolución y las pesadillas ciberpunk que solía protagonizar Schwarzenegger a finales de los ochenta. Dentro de nada, los niños nacerán con una manzanita en la sien y la capacidad extrasensorial de piratear cualquier cosa simplemente utilizando la corteza cerebral.
Entretanto, los tristes homínidos de comienzos del siglo XXI nos arrastramos en busca de wifis libres, de enchufes o de una cobertura decente, y nos ensimismamos en un silencio solo roto por el traqueteo de los pulgares, ignorando con elegancia a quien tengamos al lado mientras publicamos nuestros más secretos sentimientos en las redes sociales. Y cualquier día engrosaremos esa fría estadística de los accidentes inexplicables, la de los conductores que se estrellan en una recta sin motivo aparente. Uno más de los accidentes del whatsapp.
Al final, y contra todo pronóstico, mi chiquitín revivió; todo se debía a un problema circulatorio, algún tipo de trombosis en el cable de alimentación o un colapso del cargador. Al ver lucir de nuevo el logotipo del fabricante el color volvió a mi rostro, y nunca había introducido el pin con tanto deleite. Mis contactos, mis fotos, la mitad de mi vida social seguía dentro de ese pequeño engendro demoníaco sin el que ya sería muy difícil sobrevivir.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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