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Javier Menéndez Llamazares

Llamazares en su tinta

Corbatas

Me pregunta el galardonado, David Concha, que si a la entrega del Premio Cossío hay que llevar corbata. Y uno no es que tenga nada a favor ni en contra de la prenda, ni contra la etiqueta en general, pero la verdad es que, en plena ola de calor, lo más apropiado sería presentarse en bermudas.

Eso sí, dándole vueltas al asunto del ‘dress code’ –que ya le vale al personal, como si no tuviéramos ya suficientes tonterías patrias–, resulta que justo ahora están copando la televisión los aspirantes a repartirse el PSOE, o lo que quede de él, en el próximo congreso, y todos aparecen sin corbata y hasta sin chaqueta.

Puede que fuera ‘viernes casual’, o que con los recortes no hubiera aire acondicionado, quién sabe, pero el desfile de caras nuevas reclamando los viejos sillones me recordó a aquellas chaquetas de pana de los mítines de antaño, y hasta a los descamisados a los que Alfonso Guerra aseguraba pertenecer. ¿Por qué se quitan la corbata? No estoy muy seguro, pero jamás podré olvidar a aquel candidato a alcalde de mi pueblo que durante la campaña electoral rescató del olvido su viejo R-5 y te lo topabas en cada cruce, y al día siguiente de las elecciones regresó en silencio al Audi oficial, con chófer incluido.

El sincorbatismo, por cierto, fue una moda en tiempos de la segunda república. Una corriente más bien impuesta, pues la corbata se asociaba al capitalismo y a tiempos de dictaduras y dictablandas, y como era el momento de cambiar el mundo pero también del pistolerismo descontrolado, no era plan de ir por la calle con la soga al cuello, así que hasta los más derechistas se olvidaron de lucir en público sus nudos Windsor.

«Los rojos no usaban sombrero», maliciaba años después, ya en las tinieblas del nacionalcatolicismo, el desesperado anuncio de un comercio madrileño, porque la corbata volvió, pero con el sombrero ya no hubo manera; como mucho, lo gastan los poetas con alopecia.

Pero la corbata, para el común de los peatones, al menos para los más afortunados, va quedando como el disfraz que nos ponemos para las entrevistas de trabajo y las bodas; antes, nos servía para identificar al director del banco o el jefazo de la empresa, pero la verdad es que hoy en día ya nos costaría imaginar a Steve Jobs disfrazado de comercial con traje y corbata. Si acaso, como mucho, a Bill Gates.

Aunque, en realidad, poco importa lo que traiga uno puesto: el sombrero o la corbata, como el espíritu crítico o la inteligencia, más que por fuera se llevan por dentro.

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Blog del escritor Javier Menéndez Llamazares en El Diario Montañés

Sobre el autor

Desde 2009 escribo en El Diario Montañés sobre literatura, música, cultura digital, el Racing y lo que me dejen... Además, he publicado novelas, libros de cuentos y artículos y un poemario, aparte de cientos de páginas en prensa y revistas. También me ocupé de Flic!, la Feria del Libro Independiente en Cantabria. www.jmll.es

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