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Guillermo Balbona

Fuera de campo

Celebración del deseo

Call me by your name 
2017 130 min. Italia. Dirección: Luca Guadagnino.
Guion: James Ivory, Guadagnino. Música: Sufjan Stevens.
Fotografía: Sayombhu Mukdeeprom
Reparto: Timothée Chalamet,  Armie Hammer,  Michael Stuhlbarg,  Amira Casar,  Esther Garrel, Victoire Du Bois.
Género: Romance. Salas: Peñacastillo

Cuando muestra el combate cuerpo a cuerpo en la lucha entre los prejuicios y el deseo el filme de Luca Guadagnino alcanza sus momentos más intensos y personales. Cuando transcurre por las apariencias, la postal, lo social, le vence de algún modo cierta afectación y pedantería, que no pretenciosidad. Pero ‘Call me by your name’ es, no obstante, una atractiva visualización de la celebración del amor y del deseo, más allá de las citas y más acá de algunas poses éticas discursivas. La iniciación, la escuela del deseo, el aprendizaje, la experiencia, la sensualidad, el misterio, incluso, de lo desconocido tienen cabida en un filme que recorre trayectos de Bach a Praxíteles, de Heráclito a Franco Battiato, pero que bajo la pátina de coartada intelectual e isla sensorial de verano, asoma un viaje sutil sobre el placer y el descubrimiento del otro. El cineasta de ‘Melissa P’ de la mano de James Yvory firma su particular (des) habitación con vistas, su ‘Retorno a Brideshead’, su ‘Maurice’, a través de la relación entre un maduro joven adolescente y un seductor americano en uno de esos encuentros azarosos pero destinados a perdurar en el tiempo. El filme encadena detalles, fugaces elipsis y guiños subliminales para transparentar ese preludio de deseo y sexo, todo rezumado por un sentido del humor que empapa el rubor, los temores, la educación sentimental, la moral oficial y el juego de apariencias y estancias. En el vínculo formal de libertad, en la creación de una atmósfera es donde mejor se desenvuelve la identidad de la película: los bañadores colgados tras una erección; las camas desordenadas; los cigarrillos compartidos; los libros, siempre abiertos de forma cálida sobre las hamacas; el melocotón y el cuerpo retorcido buscando su identidad; el piano, la radio o los sonidos de la campanas y ese relato culturalista, de la arqueología al vitalismo de una frase o de una partitura. Una obra, muchas veces contemplativa, exenta de esas urgencias que han convertido muchos géneros en estropajos de usar y tirar y material de reciclaje. Un canto a la vida en cuya aparente sencillez reside y se revela toda su complejidad. Lo importante es mostrar la belleza y su caducidad inevitable, los golpes de vida y su fugacidad. El secreto, la privacidad, los perjuicios e hipocresías ante la homosexualidad subyacen pero no son relevantes. Donde la película hace hincapié y triunfa es en esa reivindicación con levedad, que no superficialidad, sutileza y sensibilidad de un espacio de libertad. El cineasta de ‘Cegados por el sol’ elude el esteticismo facilón y el revestimiento ornamental y se decanta por una honda paciencia visual. Una excelente manera de pronunciar una máxima que debería estar siempre presente «No sentir nada por miedo a sentir algo es un desperdicio». (Una vez más la dictadura del doblaje roba y adultera la visión de un filme. El absurdo y el disparate en este caso alcanzan proporciones surreales. Cuando los personajes hablan en francés e italiano la peícula recurre a los subtítulos; cuando lo hacen en inglés, se dobla).

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Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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