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Guillermo Balbona

Fuera de campo

Revoluciones, que no revolucionaria

Baby driver

Reino Unido. 2017. 115 m. (16). Comedia.

Director y guión: Edgar Wright.

Música: Steven Price. Fotografía. Bill Pope.

Intérpretes: Ansel Elgort,  Lily James,  Jamie Foxx y  Jon Hamm.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Cuando uno llega a la taquilla ya siente el calor del tubo de escape en la espalda. Huele a gasolina y a neumático quemado. El arranque es un espectacular punto muerto convertido en una explosión de adrenalina y en una persecución que no deja señal y limitación vivas, lo que haría las delicias del Pegasus. A su lado, los chicos de ‘Fast and Furious’ parecen los probadores de los coches de choque en las barracas. Pero ‘Baby driver’ aparenta y quiere ser más y, en su pretenciosidad, pierde carburante y velocidad. El filme, con más riesgo y menos ínfulas, podría haber sido el musical de la década. Un ‘La la land’ feroz y desaforado entre canciones, bandas sonoras, mezclas y bailes. En realidad es un western con caballos de cuatro ruedas, un llanero solitario, inadaptado como corresponde, que quiere cabalgar solo y una cuadrilla de cuatreros con sus desavenencias e intereses opuestos. La música es el motor de este thriller que entra por las orejas y sale por los ojos, entre sofisticados giros de tocata y fuga y la percusión de un volante sonoro que gira sobre sí mismo hasta el más difícil todavía. Edgar Wright, el director de ‘Scott Pilgrim contra el mundo’, dirige este artefacto con ruido y explosiones fugaces, que empieza con la quinta marcha puesta en la imaginación, pasa a la tercera con una mirada conservadora, conformista y hasta pedante y termina con el freno de mano puesto. De lo arriesgado a lo aparente, de lo fulgurante al escaparate superficial, vistoso y previsible del concesionario de coches usados. El equilibrio entre acción y música, humor irónico y trasfondo dramático, híbrido de géneros y verso libre, se queda en la carrocería, en la chapa. Tras la primera colisión, cuando es necesario detenerse para cargas pilas o echar gasolina el filme deja ver las costuras y el ritmo se gripa. El cineasta de ‘Arma fatal’ busca un hueco entre el rock y la velocidad que suene a diferente, incluso abusa de una fórmula como es la de generar una coreografía de diálogos (el doblaje no deja apreciarlo) sonoridad y visualización, escenas punteadas a través de las canciones, que empieza con cierta originalidad  y acaba en la monotonía. Cuando el motor del amor trata de zarandear la historia ya es tarde. El filme busca acomodo entre ‘Corazón salvaje’ de Lynch y ‘Drive’ de Nicolas Winding Refn, pero el modelo le viene grande. La carretera mainstream toma el mando y los fuegos de artificio y la pirotecnia tapan hasta la banda sonora narrativa que no deja de ser una emisora de estándares con el volumen alto. De Queen a Eagles, de Beck a T. Rex, y hasta Focus. Como truco a mil revoluciones, el filme es vistoso y entretenido. Lástima que la loca comedia romántica a la que apuntaba se pare, a medio metraje, a repostar convencionalismos y etiquetas en el supermercado global. Las piruetas dejan de valer, oigamos lo que oigamos.

Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.


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