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Guillermo Balbona

Fuera de campo

Apocalypto now

Hasta el último hombre

EE UU. 2016. 131 m. (16). Bélica.

Director: Mel Gibson.

Intérpretes: Andrew Garfield, Teresa Palmer, Sam Worthington, Vince Vaughn, Hugo Weaving.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

Lo mejor para enfrentarse a una obra personal de Mel Gibson es mostrar una cierta actitud esquizoide, asumir doble personalidad y jugar a los heterónimos. Entre contradicciones sinuosas o simplemente evidentes se mueve su regreso una década después de su último trabajo de dirección. El actor y cineasta australiano, responsable de la oscarizada ‘Braveheart’, aborda el retrato de un pacifista en primera línea de combate, que es como padecer agorafobia y dejarte solo en pleno centro de la puerta del Sol. Vaya por delante que ‘Hasta el último hombre’ es un filme vibrante, visceral, intenso, demoledor muchas veces, que visualiza ese juego de contrastes radicales que está en el ADN de un cineasta capaz de lo mejor y lo peor. Al margen de las connotaciones históricas y documentales del personaje –la figura de Desmond Doss, joven médico militar que participó en la Batalla de Okinawa y se convirtió en el primer objetor de conciencia estadounidense en recibir la Medalla de Honor del Congreso– el filme sirve de coartada para que Mel Gibson descargue toda su parafernalia ideológica entre paradojas y golpes de efecto. Si se trataba de provocar el actor, que se iniciara como protagonista en la inmensa ‘Gallipoli’ de Peter Weir, logra poner en pie un documento desaforado que combina el intimismo relamido en algunas fases con el festival de casquería que roza el gore. Son unas escenas bélicas de potencia visual innegable que pueden revolver el estómago del más distraído. Gibson es el único capaz de defender a tiros el derecho a la objección de conciencia. El único que se atreve a igualar en tratamiento moral el mensaje pacifista con la soflama militarista y bélica apelando a unos valores universales e inamovibles. ‘Hasta el último hombre’ que, al igual que ‘El cazador’, se divide claramente entre un preludio iniciático, familiar y el descubrimiento del amor, y las fases de la guerra y sus códigos salvajes, es un tratado visceral de redención. Ese combate personal con la fe como cosmos cómplice y superación , y ese empeño en subrayar que todo es un largo e inevitable vía crucis con paradas en las que uno se pone a prueba constantemente. Con solidez narrativa y brío el cineasta agita durante más de dos horas los obsesivos rizos de violencia de su ‘Pasión de Cristo’ con la desmesura monumental y física de ‘Apocalypto’, a través de un eficaz y contundente realismo sucio y sangriento, exento de cualquier manipulación digital. La toma de Hacksaw Ridge (título original del filme), una colina de Okinawa, es el escenario para salvar al soldado Desmond Doss de sí mismo y de cómo este logra salvar a decenas de heridos él solo. Gibson, en un acto de fe, apoyado en un cuidado diseño artístico y un excelente reparto (a excepción del excesivamente melifluo Andrew Garfield) se recrea en una media hora final agónica.  Un drama sin escrúpulos enredado en lo moral  entre el milagro épico y la oración letal, entre mutilaciones y vísceras, donde lo que se narra puede resultar sublime o ridículo. Entre ambos queda al menos el ángel de la ficción para ascender a los cielos de lo espectacular, lo brutal y lo espantoso. Antibelicismo o patriotismo con biblia dentro. Expiación o muerte. El cine sale ganando.

Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.


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