Aveces lo pienso. Debe ser caro. Debe costar dinero. Tal vez sea un impuesto municipal. Quizás una ley no escrita que yo, tan despistado, no llegué a captar. Puede que tengan cuota limitada y pasarse implique algún tipo de multa. Tengo que enterarme y así seré capaz de entender algún día el protocolo del saludo santanderino.
El saludo en Santander es aleatorio. Unas veces sí, otras veces no. Es dependiente. Depende de dónde te vean, de con quien estés, de la hora, del momento histórico… Es oportunista y cambiante. Pasa de la insignificancia al cariño. Tengo una conocida que me ve y gira la cabeza para otro lado. Pero si yo estoy por la labor de ‘tocar las narices’ y le digo algo, se deshace en elogios y preguntas. Es cuestión, sobre todo, de clase aparente. Es esquivo. Hay quien entrena las tácticas evasivas ante un encuentro fugaz en el Paseo de Pereda. Que si cojo el móvil cuando te veo venir, que si miro la Bahía, que si agacho la cabeza, que si me pongo gafas de sol… Hay quién ha cruzado la calle y la ha vuelto a cruzar por evitar un ‘hola’. Me recuerdan a uno de mis sobrinos: ‘No te doy un beso porque se me gastan’.
También hay cierta lección filosófica en cuanto al primer paso. Están los que sólo saludan si tú lo haces antes. Curioso. Te miran fijamente desde la distancia, pero sólo responden si tu boca o tu brazo realiza un ligero movimiento. Por no hablar del mundo de la noche. Hay quien parece molestarse cuando le saludas (aunque le conozcas de toda la vida y hasta te haya pedido algún ‘cable’), quien parece hacerte un favor con el gesto…
En fin, lector. Si me ves por la calle y no te saludo, es que soy muy despistado. No te lo tomes a mal…