Santander es una de esas ciudades donde son imprescindibles las terrazas. No podemos vivir sin ellas. Decían antes que en el Paseo de Pereda existían, como por decreto popular, para ver y ser visto. Lo cierto es que hoy en día proliferan por doquier. El bar que abre sus puertas por primera vez busca cualquier rincón donde poner un par de sillas y una mesa, y satisfacer el deseo del cliente de tomarse la caña al aire libre y, por supuesto, el de los fumadores que siguen expuestos a las inclemencias climatológicas por culpa de la nicotina. Es fácil que gracias al tabaco y la prohibición de fumar en los bares haya más muertes por neumonía que por cáncer.
Hay terrazas amplias, como esas antes citadas del Paseo de Pereda, donde se han instalado comedores con todo tipo de detalle. Las hay de copas, como las de Castelar, y otras más humildes, que son las que a mí me gustan.
Hay una por la que tengo predilección y eso que soy, sin ningún tipo de discusión, un hombre de barra. Se trata de la de La Machina, en la placita situada detrás del Mercado de la Esperanza. Allí también está la de Los Girasoles, pero prefiero la primera porque la tapa es más espléndida. Nada más que por eso. Se trata, una y otra, de terrazas que recuerdan al París bohemio. Su ubicación y el colorido del mercado le dan ese aspecto cosmopolita. Y, por cierto, cuando el día sale soleado, hay puñaladas traperas por pillar asiento.
En La Machina, que en su interior acoge un bar pequeño pero con una bonita decoración en la que abundan las fotos de aquellos personajes populares del viejo Santander –el Ña Ña, Pichucas el del Muelle, el Bombero Torero…, suelen poner de tapita unos buñuelos de chorizo muy interesantes y unas tiras de verduras en tempura que le dan a la caña el sentido técnico del aperitivo: un piscolabis para abrir el apetito. Un poco más allá está también la del Silverio, una casa de comidas de las de antes con un menú del día muy recomendable.