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Teresa Cobo

La Engaña

La senda de los cultivos entre Moneo y Trespaderne

 

Apartadero de Moneo, con la señal del punto kilométrico y el edificio de viajeros. T. COBO

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Las magníficas vistas compensan lo accidentado de este trayecto de casi 12 kilómetros por la antigua traza ferroviaria del SM

Un puente metálico sobre el Nela que ha perdido parte de las traviesas, toda una prueba de vértigo, es la obra más destacable del tramo

Para recorrer a pie el trayecto que cubría el ferrocarril Santander-Mediterráneo entre Moneo y Trespaderne es preciso saltar pequeños cursos de agua, trepar por trincheras, aplastar hierbajos que te llegan hasta la cintura y cruzar un puente volado sobre el río Nela que ha perdido las traviesas en sus primeros metros, lo que obliga a pasar en equilibrio sobre una de las dos bandas metálicas que sustentaban los raíles y vencer un vértigo que puede ser paralizante para quienes no son inmunes a ese miedo a las alturas. En esta travesía abundan los corzos, que nos salen al paso en un par de ocasiones. Vastas superficies de cultivo se extienden a ambos lados de la caja de la vía. El primer y el último kilómetro son criminales, pero, entre la estación de origen y la de destino, el paisaje es una maravilla.

Con este trecho de 11,7 kilómetros entre Moneo y Trespaderne hemos completado todo el trazado del Santander Mediterráneo entre Boo de Guarnizo, en Cantabria, y Oña, en Burgos, tanto en los tramos que nunca fueron como en los que dejaron de ser. El ferrocarril quedó a falta de abrir los 63 kilómetros que distaban entre Santelices y Boo de Guarnizo, muy cerca de Santander y desde donde ya había vía. En realidad, en ese ramal fallido sólo pueden recorrerse los 17,8 kilómetros que se construyeron, aunque sin llegar a instalar la vía, desde Santelices hasta Yera, en Vega de Pas, y que incluyen el túnel de La Engaña, de casi 7 kilómetros de longitud y cada vez menos transitable por los derrumbes.

Entre Yera y Susvilla median 27,4 kilómetros que ni siquiera se sacaron a subasta, por lo que no hay traza que seguir. Y desde Susvilla a Boo de Guarnizo hay 17,8 kilómetros en los que se acometieron obras parciales y en los que hoy el trazado ferroviario está desdibujado, interrumpido o directamente desaparecido y transformado en fincas, cultivos o bosque. Sólo es posible reconocer, e incluso pisar a intervalos, algunos trozos de explanación en las inmediaciones del Parque de la Naturaleza de Cabárceno, cuya entrada principal es precisamente un paso inferior bajo la vía que no llegó a tenderse. Muy cerca está el túnel de Obregón, de 267 metros, hoy cercado por alambres de espino que cierran fincas ganaderas.

En Santelices, el ramal hacia Santander empalmaba, mediante el viaducto que se construyó al efecto, con la vía de 366,5 kilómetros que sí se construyó entre Calatayud, la estación de origen, y Cidad-Dosante, la estación que resultó ser terminal y que dista dos kilómetros de Santelices. En Calatayud, el Santander-Mediterráneo enlazaba con el Central de Aragón hasta Valencia. De los 366,5 kilómetros de la línea que funcionó entre 1930 y 1985, hasta ahora hemos recorrido a pie 53,7, repartidos en las siguientes etapas: Dosante-Brizuela (10,7 kilómetros), Brizuela-Horna/Villarcayo (9,5 kilómetros), Horna/Villarcayo-Moneo (12,3 kilómetros), Moneo-Trespaderne (11,8 kilómetros) y Trespaderne-Oña (9,5 kilómetros).

Trinchera invadida por juncos y maleza, vista desde lo alto del talud. T. COBO

En marcha

El trayecto que nos ocupa es el que discurre entre Moneo (a tres kilómetros de Medina de Pomar) y Trespaderne. Es 30 de agosto y, después de un mes muy caluroso, hoy amanece con una niebla espesa. A las nueve de la mañana hay una temperatura de 7 grados. Que no cunda el desánimo. En cuanto se despeja la mañana y los claros se imponen con rotundidad a las nubes, queda un día cálido y soleado. El edificio de viajeros del apartadero de Moneo está habitado, pero conserva su aspecto original y, enfrente, se mantiene en pie el poste indicador que marca el punto kilométrico 333,3. A partir de aquí veremos las señales con cifras cada vez más bajas, ya que vamos en sentido Calatayud, donde estaba el kilómetro 0.

La explanación ferroviaria está cortada por la maleza a la salida de Moneo y en sentido a Zaragoza, por lo que debemos tomar una trocha, a la izquierda, y avanzar unos metros hasta retomar el trazado del tren. A la derecha dejamos un campo de girasoles que ya comienzan a secarse. A doscientos metros de la estación, encontramos un minúsculo puente metálico volado sobre el camino a Valdelapuesta.

Enseguida entramos en una trinchera muy larga, pero de paredes bajas. La senda está atestada de juntos de la altura de un hombre y plantas de humedal con flores de color lila. Es imposible seguir. Trepamos por el talud derecho y abrimos surco entre la hierba para continuar, pero la trinchera se corta en una brecha por la que fluye un arroyo que se intuye entre una maraña de juncos y hierbas. Tenemos que bajar a la base del terraplén y saltar, un poco a ciegas, el pequeño curso de agua. Nos ha faltado una vara. No hay modo de acertar. Después de la experiencia en el tramo de Horna a Moneo, en el que las zarzas nos dejaron las piernas como jeroglíficos, hoy llevamos pantalones largos, bien, y una tijera de podar, no tan bien. Cuánto mejor hubiera sido un buen palo para tantear el terreno.

En busca de salida

Salvado el arroyuelo, subimos de nuevo por la pared derecha de la trinchera, cada vez más alta. Su borde no es un lugar demasiado cómodo para caminar. Pronto vemos que, allá abajo, la senda se despeja y decidimos retornar a la antigua vía. Buscamos el mejor punto de descenso del talud. No lo hay. Bajamos por el menos malo, pero de nuevo hay que sortear un curso de agua que corre por el margen de la explanación camuflado entre juntos y hierbas. Reanudamos la marcha por la traza del ferrocarril y, al final de la trinchera, la espesura vuelve a cerrarnos el paso. La expedición decide dividirse en dos, es decir, uno saca la tijera y se pone a podar zarzas y otro se sube al talud de la izquierda, el único que queda en este tramo. Desde allí arriba se advierte que la poda es una ingenuidad, porque la maraña vegetal llega lejos, así que procedemos a la unificación de efectivos en lo alto del terraplén, donde encontramos un camino descuidado que avanza por la izquierda.

Hay que cruzar campos de cultivo para regresar a la traza del Santander-Mediterráneo. T. COBO

El camino se separa poco a poco del trazado ferroviario, que no perdemos de vista porque estamos en altura. Unos metros más allá, la caja de la vía parece más despejada, así que cruzamos hacia la derecha entre un campo de girasoles y otro de siega y subimos a la explanación, que ahora está por encima del terreno. Vemos la señal del punto kilométrico (PK) 332,2, o sea, que tanta energía gastada ha servido para recorrer sólo un kilómetro. La senda es intrincada, pero es posible seguir por ella y no tardamos en alcanzar Pradolamata. Un camino lleva a esta población desde el PK 331,8.

Al otro lado del paso a nivel (PN) del PK 331,0, sobre el camino a Los Yésares, la maleza invade la explanación e intentamos tomar un camino colindante, a la izquierda, pero a escasos metros está cortado por un charco enorme, ya que el arroyo de La Pinta desagua allí mismo antes de seguir su curso. Hay que elegir entre mojarse los pies o pelearse con la maleza y elegimos lo segundo. Volvemos a la caja de la vía y enseguida vemos el paso inferior (una alcantarilla) bajo el que fluye el agua que interrumpía el camino, en el PK 330,9. La senda se complica hasta desaparecer de nuevo engullida por la vegetación. Salimos a un camino paralelo que discurre esta vez por la derecha, junto a extensas tierras de cultivo de hortalizas.

La caja de la vía está flanqueada por vastas extensiones de cultivo. T. COBO

Por fin una senda

En el PK 330,5 volvemos a la caja de la vía. A la derecha hay un enorme campo de siembra de lechuga en plena actividad. Desde el paso a nivel del PK 330,3, el trazado del Santander-Mediterráneo se convierte en un auténtico camino que se adentra entre hileras de quejigos. Un gran corzo cruza veloz delante de nosotros. A ambos lados de los árboles se extienden inmensos trigales ya cosechados. Al fondo, a la derecha, hay una larga fila de árboles y, más allá, las montañas de la sierra de la Tesla. En los troncos aparecen pintadas de vez en cuando las marcas blanca y roja que nos indican que avanzamos por una senda rural: el GR 1006 aprovecha aquí el trazado de la vía desmantelada. Salvo las señales verticales del kilometraje que se mantienen en pie, nada nos recuerda que aquí hubo una vía.

Paisaje que se ve desde la vía desmantelada en el kilómetro 324. T. COBO

Desde el PK 329,3, observamos, por la izquierda, una hermosa chopera. En el PK 327,4, hallamos el PN sobre la carretera de Nofuentes a Urría y seguimos por la senda hasta que entramos en la estación de Nofuentes, situada en el PK 326,7. El edificio del almacén está abandonado y el entorno está tan descuidado que se tolera un foco de escombros y vertidos, pese a que allí mismo, al otro lado, se encuentran las piscinas municipales. El edificio de viajeros está en buen estado y se utiliza como vivienda. Una mujer lee el periódico sentada en una silla y junto a una colada colgada junto a la fachada que da al andén. También se conserva la caseta de servicios. Hacemos una parada para comprar agua en el bar de la piscina, cambiarnos el pantalón largo por el corto y desprendernos de las bolitas de pinchos que llevamos adheridas a calzado y ropa.

Salimos de la estación de Nofuentes entre campos de trigo y de girasol y tras superar un antiguo paso a nivel. Desde aquí la senda ya no es el GR 1006, pero está en buenas condiciones: es el típico camino en el que, a fuerza de hollarlo el pie humano, se forman dos angostas trochas a derecha e izquierda de una mediana de espigas, hierbas y matorrales. En el PK 325,5, a la izquierda, aparece el muro de contención de una trinchera de poca altura.

Edificio de pasajeros de la estación de Nofuentes, utilizado como vivienda. T. COBO

A velocidad de recta

Desde el PN del PK 325,1, el camino se despeja en una interminable recta por la que avanzamos a una velocidad desconocida hasta ahora en el recorrido. Da gusto, después de tanto obstáculo. Un suave y fresco viento nos ayuda a aligerar el paso y mueve las hojas de los olmos que nos acompañan por la derecha con su relajante crepitar.

A partir del PK 324, la senda se pone otra vez fea, invadida por espigas y plantas silvestres. Tomamos una pista paralela a la derecha que nos lleva de nuevo a la explanación en el PK 323, 3. Ahora caminamos sobre balasto suelto. Aquí sí se nota que hubo vía.

Y llegamos a la construcción más interesante del trayecto: un puente volado sobre el río Nela. Al acercarnos, comprobamos que en los primeros metros han desaparecido las traviesas, por lo que estamos obligados a pasar en equilibrio sobre una de las dos bandas metálicas que soportaban los maderos y los raíles. A izquierda y derecha tenemos el vacío y procuramos no mirar abajo, por donde fluye el Nela, porque la sensación de vértigo es tremenda. Una vez en la zona de traviesas, varias de ellas torcidas, avanzamos con más seguridad, pero al final hay otro tramo sin travesaños.

Puente metálico sobre el río Nela. Entre las traviesas media el vacío, pero, además, faltan maderos. T. COBO

A la salida del puente metálico entramos en un bosquecillo de pinos que estrecha la traza. A falta de kilómetro y medio para llegar a la estación de Trespaderne, la senda se vuelve penosa, con alternancia de trechos en los que hay que aplastar hierbajos y zarzas, y trechos en los que hay que andar sobre cúmulos de grava ferroviaria. A 800 metros del destino, un joven corzo salta de entre los árboles y huye al trote por la traza de la vía en sentido contrario al nuestro. Los últimos metros son una auténtica selva. A la altura del gran silo que precede a la estación, no hay por dónde avanzar y hay que abrirse paso por las bravas. Es desagradable, y nos acordamos de los pantalones largos que, motivados por el calor y por el buen estado que presentaba el camino, hemos guardado en las mochilas en Nofuentes, en una decisión precipitada.

Por fin salimos al cercado que circunda la estación, convertida en Centro de Interpretación Arqueológica del Desfiladero de la Horadada. Pasamos bajo dos maderos que hacen las veces de puerta trasera para ver de cerca la antigua furgoneta del Santander-Mediterráneo que fue adaptada, con unas ruedas metálicas especiales, para poder circular por los raíles. Fuera de servicio desde que se desmanteló la vía, este curioso vehículo presenta un aspecto lamentable.

Edificio de viajeros de la estación de Trespaderne, rehabilitado y en buen estado. T. COBO

Los edificios de viajeros, del almacén de mercancías y de servicios están rehabilitados y en muy buen estado, por su uso municipal. El antiguo depósito para la aguada de las locomotoras se mantiene en el acceso a la estación, situada en el PK 321,5. Nos sentamos en un banco del recinto para desprendernos de las ya famosas bolitas de pinchos que se agarran como lapas a nuestros calcetines. Una auténtica plaga.

Seguir la antigua traza ferroviaria es una manía como otra cualquiera, casi siempre satisfactoria, pese a los obstáculos. Es una forma de rendir homenaje al tren en general, al Santander-Mediterráneo en particular y, muy en concreto, a quienes trabajaron en el tramo fallido que debía llevar el ferrocarril desde Santelices a Santander por la divisoria cantábrica, a los cientos de obreros que murieron aplastados por lisos en el túnel de La Engaña o, con más dilación, por efecto de la silicosis contraída durante la perforación de la galería que atraviesa la cordillera. Todo ese esfuerzo fue baldío. El tren nunca llegó del Mediterráneo al Cantábrico. Seguir las huellas de aquel camino de hierro permite descubrir paisajes extraordinarios y conocer obras ferroviarias, como los puentes volados, que no estaban pensadas para ser pisadas por el hombre y que era imposible apreciar desde el tren.

Temas

'Santander-Mediterráneo', cultivos, estaciones, ferrocarril, Moneo, puente, ruta, Trespaderne, vértigo, vía

La construcción del túnel de La Engaña fue una gesta baldía que se cobró muchas vidas. En este espacio se recoge la historia del Santander-Mediterráneo y, en especial, la de ese tramo que nunca llegó a funcionar. Y se proponen rutas senderistas por el impactante paisaje que atraviesa la vía fantasma

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