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Teresa Cobo

La Engaña

Las últimas estaciones de la vía muerta

Puente volado adosado al viaducto de Cidad, con el pueblo de Dosante al fondo. T. COBO
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La ruta de 10,7 kilómetros entre Dosante y Brizuela por la desmantelada línea del Santander-Mediterráneo ofrece paisajes soberbios

Es preciso caminar sobre el incómodo balasto, atravesar tres vertiginosos puentes volados sobre el río Nela y cruzar dos túneles cortos

Un regalo para la vista y un castigo para los pies. Eso es, en esencia, la ruta de 10,7 kilómetros entre las estaciones de Cidad-Dosante y de Brizuela en la desmantelada vía del ferrocarril Santander-Mediterráneo. La línea se cerró al tráfico el 1 de enero de 1985 y los raíles y las traviesas se desmontaron en 2003. Sobre la explanación quedó sólo el balasto, una basta grava sobre la que resulta incómodo caminar. La mayoría de las piedras que alfombran el tramo son del tamaño de puños, abundan las pequeñas como canicas y las hay grandes como cantimploras. Pero el esfuerzo merece la pena. El trayecto está plagado de atractivos: panorámicas espléndidas, tres puentes volados sobre el río Nela, trincheras de roca o dos túneles del antiguo trazado ferroviario.

El punto de partida es la estación de Cidad-Dosante, la última del ferrocarril Santander- Mediterráneo, que unía esta población de Valdeporres con la ciudad zaragozana de Calatayud. Los casi 367 kilómetros del tendido se construyeron entre 1925 y 1930, año en el que entró en funcionamiento, hasta que el Gobierno lo clausuró por “falta de rentabilidad”. En Calatayud, esta línea de vía ancha enlazaba con la del ferrocarril Central de Aragón, que recorría casi 299 kilómetros hasta Valencia.

La antigua estación está muy cerca de Dosante, municipio al que se accede por una carretera de montaña desde Pedrosa de Valdeporres. Al final de los dos kilómetros de recorrido entre ambas poblaciones, nos topamos con la iglesia y con el muro del cementerio que la circunda. A la derecha está el pueblo. A la izquierda hay un camino, y una pequeña señal de FEVE indica esa dirección, ya que este desvío conduce al actual apeadero Dosante-Cidad del ferrocarril de La Robla. Basta avanzar unos metros por esta pista para descubrir, a la derecha, la parte superior y trasera del antiguo edificio de pasajeros del Santander-Mediterráneo, hecho una ruina. Unos pasos más allá, se accede a la caja de la desmantelada vía.

En la estación abandonada, nos situamos junto a los restos de la antigua caseta de servicios, tapizados de enredaderas. Al quedar interrumpida la construcción del Santander-Mediterráneo en esta parada, los pasajeros eran transbordados a ese otro ferrocarril de vía estrecha para continuar viaje. Si en Dosante estaba el empalme con La Robla, a 41 kilómetros por esta segunda línea, en Mataporquera, se encontraba el enlace con el ferrocarril Palencia-Santander.

Carretera de Santelices a Villarcayo, vista desde el pretil del talud de Quintanabaldo. T. C.

La última será la primera

Desde la vieja estación de Dosante-Cidad o Cidad-Dosante (tanto monta, monta tanto y así aparece escrito indistintamente en los viejos letreros), se divisa la torre de Cidad, seña de identidad de esa pequeña población. Es el torreón del palacio-casa fuerte de los Porres, de estilo gótico, que se construyó entre los siglos XIII y XV.

La estación terminal del SM se encuentra en el punto kilométrico 365,7 del ferrocarril. La vía moría en el 366,4: ese fue el punto final. A lo largo del itinerario encontraremos multitud de postes de hormigón que nos informan de nuestra posición en sentido descendente: 365,6, 364,7…, hasta llegar a la estación de Brizuela, en el punto kilométrico 355. Nos ponemos en marcha en este ardiente 21 de agosto de 2012. Rebasamos, a la derecha, el decadente almacén de mercancías y, a la izquierda, el fantasmal edificio de pasajeros.

En el tramo inicial del recorrido, la antigua playa de vías está saturada de zarzas, cardos y maleza. Avanzamos por angostas trochas abiertas por el pie del hombre y por la pezuña del ganado hasta el cercano paso a nivel del camino a Dosante, en el que se conservan dos raíles testimoniales. Un roñoso cartel avisa, ya en vano, al peatón: ‘Atención al tren’. Seguimos por una pequeña trinchera y enseguida cruzamos un puente sobre la vía de La Robla, con memorables vistas de las peñas de Paño y Dulla, a la izquierda, y del monte de La Maza y el pueblo de Cidad, a la derecha.

 

Caminar sobre el vacío

En el arranque del trazado, la grava del suelo es escasa y es posible esquivarla. Apenas comenzada la caminata, alcanzamos el viaducto de Cidad (92 metros de longitud) , construido en piedra sobre siete arcos y, adosado a él, como una prolongación de su estructura, el primer puente volado del recorrido, de 22 metros de largo. Se llama ‘volado’ porque entre traviesa y traviesa está el vacío. Si se echa una miradita entre los maderos, se ve correr el río Nela, afluente del Ebro, 16,5 metros más abajo. Nada más dejar atrás esta vertiginosa construcción, entramos en el túnel de Cidad, de 211 metros de longitud y en perfecto estado de conservación. La capa de balasto está compactada en el carril izquierdo, de manera que se puede andar con comodidad sobre el piso blando de la mitad derecha.

A la salida de esta galería, nos espera una larga recta, con suaves giros a la izquierda, primero, y a la derecha, después. Las panorámicas de la primera y de la segunda peña son soberbias. La cornisa rocosa más baja, la de Paño, sobresale hacia la derecha, y semeja desde aquí la proa de un barco erguida hacia el cielo. Nos abrimos paso entre avellanos silvestres que, en algunos tramos, nos arrancan el gorro, pese a que agachamos la cabeza para burlar sus encontradizas ramas. Poco a poco, el camino se ensancha. Robles y avellanos se apartan a una prudente distancia. Los brezos toman ambas márgenes y a trechos se adueñan del centro de la senda.

Dos kilómetros después de la partida desde la estación de Dosante, llegamos al desaparecido paso a nivel de Santelices, sobre la carretera a Soncillo y Reinosa, la BU-526. En este punto se encuentra la caseta de guardería, en muy buenas condiciones, ya que está ocupada como vivienda. Hay ropa tendida en el jardincito y un muchacho descansa sentado en el umbral de la puerta bajo el escueto porche. En la fachada siguen pintadas las cifras 364+037.

Cruzamos la carretera y dejamos a la izquierda las bodegas Entrena para retomar la traza de la vía. A este lado se halla el edificio de pasajeros de la estación de Santelices, también muy bien conservado, puesto que ha sido remozado y ocupado como vivienda. Las paredes están pintadas de color ocre anaranjado y aún permanecen intactos los letreros de pequeños azulejos de color añil sobre los que se lee Santelices, escrito en blanco, junto con las iniciales SM del Santander-Mediterráneo. El balasto es escaso en esta zona, pero su presencia se incrementa de forma paulatina, con trechos de grandes cúmulos, hasta que esa capa de piedras irregular e inestable es una constante bajo nuestros pies.

Recta del trazado del Santander-Mediterráneo, con la explanación cubierta de balasto. T. C.

Doscientos metros eternos

En el punto kilométrico 363,1, el camino comienza a ponerse feo. La maleza desbocada y trozos de traviesas rotas dispersos por doquier dificultan el tránsito. Pero eso no es nada comparado con lo que se avecina. Fango y zarzas han tomado el terreno por completo. No hay dónde apoyar el pie ni en firme ni en seco. El agua sucia entra en la bota sí o sí. Un pequeño curso que desciende de algún lugar por la derecha mantiene embarrado este tramo incluso en este agosto de inclemente calor africano que no da respiro desde hace una semana. Son 200 metros, que se dice pronto, criminales, henchidos de agua, barro, juncos, hierbajos. Un foco de atracción de insectos e indudable cobijo de repugnantes reptiles que, gracias a la providencia, no han asomado.

Es un auténtico alivio pisar, por fin, el camino cementado a San Martín de las Ollas, donde estuvo el paso a nivel del punto kilométrico 362,9. A partir de este corte, la caja de la vía es otro mundo, seco y luminoso, aunque haya que caminar sobre balasto. Bendita piedra machacada si se compara con el pringoso y selvático trayecto del que acabamos de salir. Recomiendo encarecidamente saltarse este asqueroso cenagal. Esta es una manera de hacerlo: una vez llegados al paso a nivel de la BU-526, descendemos unos metros por esta carretera hacia Santelices. Justo antes de entrar en el puente sobre el río Nela que da acceso al pueblo, enfilamos, a la izquierda, por la BU-561, la carretera que lleva a Puentedey y Villarcayo. Si seguimos por ella, a un kilómetro y medio encontramos un desvío a la derecha, que no es otro que el camino a San Martín de las Ollas. Basta subir 100 metros por él para encontrarnos en el mismo punto en el que estábamos tras abandonar el cenagal, sobre el otrora paso a nivel. A la izquierda, se toma la caja de la vía.

Desde la curva de la carretera de Villarcayo donde se coge ese desvío hacia San Martín, se divisa el inicio del imponente y altísimo talud de piedra de Quintanabaldo, sobre el que vamos a caminar enseguida en nuestra ruta. Antes de llegar a este cruce de la BU-561, pasamos por debajo del viaducto de Santelices, cuya plataforma, de 159 metros de longitud, es el arranque del tramo de 17 kilómetros hasta Yera, en Vega de Pas, por el que debía prolongarse el Santander-Mediterráneo, varado desde 1930 en Dosante. A este accidentado trazado que se construyó entre 1941 y 1961 y sobre el que nunca llegó a tenderse la vía, pertenece el túnel de La Engaña, de 6.976 metros de longitud.

A escasos metros del viaducto de Santelices, de diez arcos (el más alto de 20 metros) y con anchos pilares de piedra, está el empalme con la línea desmantelada que estamos recorriendo. De hecho, la estación de Brizuela hacia la que nos dirigimos estaba llamada a convertirse en la última del trazado original, y desde allí el tren se desviaría por el viaducto hacia la siguiente estación, la de Pedrosa de Valdeporres, y después se dirigiría a las de La Engaña y Vega de Pas. El tren dejaría de pasar por las estaciones de Santelices y Dosante, que iban a quedar fuera de uso con la extensión de la línea hasta Santander. La bifurcación en la que el ferrocarril, procedente de Calatayud y tras pasar por Brizuela, habría torcido hacia la derecha por el viaducto en lugar de seguir de frente se encuentra en el punto kilométrico 363,5. El poste indicativo fue arrancado, pero aún es posible encontrarlo ahí, semihundido en la tierra.

A lo largo del recorrido encontraremos numerosas señales verticales del antiguo ferrocarril SM. T. C.

Sobre el altísimo talud

Pero nos habíamos quedado en el camino a San Martín de las Ollas. Lo cruzamos y continuamos por la vía desmontada. Hemos recorrido tres kilómetros desde la estación de Dosante. Una larga curva a la izquierda nos sitúa sobre el talud de Quintanabaldo, de 17 metros de altura. Si impresionaba mirar el alto muro de contención desde abajo, con los pies sobre la carretera de Villarcayo, asomar desde arriba por encima del somero pretil y ver allá abajo el asfalto nos pone al día de lo que es el vértigo.

Dos kilómetros más adelante, después de haber visto desde la difunta vía, a la izquierda, el puente, el caserío y la iglesia de Quintanabaldo al pie de las peñas, llegamos a la carretera BU-561, justo a la salida del pueblo o, si se circula desde Villarcayo, a la entrada. Junto a la calzada, en este punto kilométrico 360,9, se encuentra, abandonada y destripada, la casa de la guardería del antiguo paso a nivel. En su fachada siguen marcados los números 360+980. En la planta baja resiste a duras penas una chimenea y en la buhardilla, decorada por grafiteros con coloridas pintadas, hay estancias con ventanas que, en la fachada delantera, se abren a bonitos paisajes de peñas grises y verdes arbolados.

Cruzamos la carretera a Villarcayo para retomar la antigua caja de la vía. Una señal de madera indica que vamos a entrar en el GR-85 y marca 4,6 kilómetros hasta Puentedey. El GR-85, identificado por una raya blanca sobre otra roja, es un sendero de gran recorrido que abarca 176 kilómetros y discurre por la comarca de Las Merindades, entre Villasana de Mena y Puentedey, donde acaba. Comprende nueve etapas. El tramo que tenemos por delante pertecene a la última y más corta, de 12 kilómetros, que parte de Soncillo y, ya en Quintanabaldo, aprovecha el trazado del Santander-Mediterráneo.

A estas alturas, el calor es aberrante. La ola sahariana que se ha instalado en la Península dura ya siete días. El cielo exhibe ahora mismo un azul sin mácula. Reanudamos la ruta por el estrecho pasadizo que forman los robles y los avellanos silvestres al otro lado de la carretera. Nos sale al encuentro la señal vertical que marca el punto kilométrico 360,5. El sol cae a plomo. Las ramas de los quejigos y los avellanos trenzan de vez en cuando túneles paliativos que proporcionan trechos de sombra.

Puente volado, con el vacío entre las traviesas, entre Quintanabaldo y Puentedey. T. C.

Entre puentes volados

Vemos el poste 359,8, el 359,6… La explanación ferroviaria se abre en algunos tramos a bosquecillos de fresnos, tilos, hayas, abedules, chopos, olmos, brezales, helechos. El balasto es un incordio bajo las suelas de las botas. En el punto kilométrico 359,3, un precioso puente volado sobre el río Nela rompe la monotonía de las piedras, con su alternancia de travesaños y vacío. Mide 45 metros de largo y sólo tiene barandilla a la izquierda. Resulta refrescante la imagen del río a ambos lados, 12,5 metros más abajo. A la salida del puente, una sorpresa: no se levantaron las traviesas en el siguiente tramo. Pisamos sobre los durmientes para sortear la irregular grava y, de tablón en tablón, avanzamos medio kilómetro hasta llegar a otro puente volado sobre el Nela gemelo del anterior, pero más largo: mide 69 metros y, entre traviesa y traviesa, se ve correr el río 13 metros más abajo.

Además de la satisfacción de pisar sobre madera, el intervalo entre ambos puentes ofrece otras emociones, como la posibilidad de recoger tornillos con las iniciales SM (Santander-Mediterráneo) y RN (Red Nacional) grabadas en sus sombreros. Durante las labores de desmantelamiento, quedaron sueltos sobre el balasto varios de estos enormes tirafondos que servían para anclar los raíles a las traviesas que se asentaban sobre la grava compactada contra la explanación. Hay coleccionistas que poseen tornillos con las iniciales de los más diversos ferrocarriles.

Aunque la parte central de los dos puentes volados se conserva en condiciones aceptables, el apartadero que está junto a la barandilla es impracticable, ya que las tablas de ese estrecho paso están podridas o han desaparecido. Unos metros más allá del segundo puente, hay un corto trozo de explanación con embalsamientos de agua que no ofrece ninguna dificultad. Decenas de ranitas y alguna gran rana que toman el sol a la orilla de los charcos saltan a nuestro paso y se esconden bajo el lodo protector.

El sol aprieta con rabia. Entramos en una vistosa recta. A la izquierda asoma algún campo de siega y pequeñas huertas que anuncian la proximidad a la población. Un viento misericordioso agita de pronto los arbustos que crecen en ambas márgenes de la antigua vía, pero dura un suspiro. Las hojitas verdes y amarillas flamean con gracia unos segundos. Los árboles exhiben un denso follaje que luce el verde propio de la época, pero el calor excesivo ha amarilleado de forma prematura las hojas de matas y helechos, y el contraste embellece el paisaje.

Después de salvar el paso a nivel de Valdebrón, cruzamos un puente metálico sobre el río Nela, situado en el punto kilométrico 357,8. A la salida de este puente, nos adentramos en una trinchera que secciona la roca gris. Al final del desfiladero, hay una zona inundada por una pequeña caída de agua que desciende por el barranco de la izquierda, pero se supera con suma facilidad.

Túnel ferroviario excavado en la roca de Puentedey, sobre la que se levantan las casas. T. C.

Bajo la gran roca

A la altura del poste que señala el punto kilométrico 357,1, divisamos las primeras viviendas de Puentedey. Es una fabulosa estampa, ya que las casas están construidas sobre una inmensa piedra en la que las aguas del Nela han horadado, a lo largo de los siglos, un puente natural. A la derecha de la vieja vía puede distinguirse, entre los árboles, el ojo del peñasco, un arco que mide 15 metros de alto, 34 de ancho y 75 de profundidad. En esa misma roca, a la izquierda, se excavó el túnel para el tren, de 85,7 metros de longitud, que estamos a punto de atravesar. Es muy corto y desde la boca de entrada se ve ya la de salida.

Al abandonar el túnel nos encontramos en Puentedey. Hay casas a izquierda y a derecha. Una señal del GR-85 igual a la que hemos dejado en el paso a nivel de la carretera de Villarcayo, pero que apunta en sentido contrario, indica 12 kilómetros a Soncillo y 4,7 a Quintanabaldo. Cruzamos un puente sobre el río Nela, desde el que tenemos unas buenas vistas del pueblo.

Atravesamos el paso a nivel del poblado de Puentedey (pk 365,2) y, ante nuestros ojos, se extiende una larga recta de un kilómetro que nos llevará directamente a Brizuela. Al fondo, una oblicua cornisa de roca corta el horizonte. Al final de la recta, vemos casas y una iglesia a pie de la montaña, justo antes de entrar en la estación, donde nos recibe, a la derecha, el antiguo edificio del almacén, en fase de restauración. A continuación vemos el lateral del edificio de pasajeros, rehabilitado y en uso como albergue y como bar.

A la sombra del cobertizo, varios clientes toman algo sentados a las mesas. Estamos en el punto kilométrico 355. Después de recorrer 10,7 kilómetros bajo un sol achicharrante y sobre piedras movedizas, un botellín de agua y unas aceitunas en el bar de la antigua estación de Brizuela saben a elixir de la vida y a frutos del paraíso. Fin del trayecto.

Vista lateral del edificio la estación de Brizuela, recuperado como albergue y bar. T. C.

Temas

'Santander-Mediterráneo', Brizuela, Cidad, desmantelada, Dosante, Engaña, estaciones, ferrocarril, muerta, Puentedey, Quintanabaldo, últimas, vía

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