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Guillermo Balbona

Fuera de campo

Baile de máscaras

La noche que mi madre mató a mi padre 

España. 2016. 90 m. (7). Comedia.

Directora: Inés París.

Intérpretes: Belén Rueda, Diego Peretti, Eduard Fernández, María Pujalte, Fele Martínez, Patricia Montero.

Salas: Cinesa y Peñacastillo

 

No llega a desatarse y quizás sea ese su pecado. Comedia sí, coral también. Pero a su apuesta por el humor negro le falta un gramo de serenidad alocada, ese deslizarse por la cuerda floja sin aspavientos, sin dejar ver las cartas marcadas, esa extraña naturalidad del absurdo como materia prima de lo cotidiano. La comedia de Inés París, con apoyo en la escritura de Fernando Colomo, posee unos actores en estado de gracia y un enredo negro, a veces ácido, muy lúdico, que oscila entre la teatralidad, la caja de sorpresas y el juego entre la representación y lo real. Durante gran parte del filme, con el decorado único de una casa, una cena como motor de la catarsis y un azaroso enredo de espejos y reflejos, lo teatral se apodera del filme. Son los actores los que hacen respirar la textura cinematográfica, los que expanden la sensación de estar más allá de esas habitaciones, los que dibujan la cuarta pared y quienes agitan el filme cuando necesita ir de lo gracioso a la gracia, del diálogo ocurrente –que los hay y muchos y buenos- a cierta atmósfera envolvente, de chispa y bomba, como las grandes comedias. Y entonces son ellos de nuevo, Belén Rueda, Eduard Fernández, Pujalte, Peretti… los que encienden y apagan los sentidos y los mecanismos de esta especie de diez negritos, que no son tantos, juguetones y caprichosos participando en un cluedo simpático que juega con el teatro y el cine, la vida y la muerte y logra la efervescencia, las burbujas excitantes de cierta neurosis desconcertante y el efecto contagio de unos intérpretes con los que te dejas llevar. Lástima de esa arritmia que asoma a menudo y lastra el crecimiento de la comedia. El desnudo integral de unos actores que son una caja de sorpresas, que se enfrentan a sus estereotipos y encarnan aquí roles y situaciones ajenas a sus trabajos habituales constituye el verdadero enredo de un filme muy sorprendente, muchas veces cercano a ese latido divertido que sonaba en otro filme de París, ‘A mi madre le gustan la mujeres’. Entre la complicidad contagiosa y la empatía que transmitían las comedias clásicas, y el homenaje a las historias de enredo y suspense, ‘La noche que mi madre mató a mi padre’ es un agitado baile de máscaras. El filme, pese a que en ocasiones colisiona la velocidad del enredo con su visualización, invita al espectador a participar en un artefacto que combina el sainete y el vodevil para ir más allá del acierto ocasional de la trama. Infidelidad, sexo, amor, las apariencias y los deseos verdaderos conviven en este parchis con seis fichas y un laberinto de puertas con muerto y actores muy vivos. Farsa y equívocos se dan la mano en este teatro de marionetas hablando de cine y vida, una redundancia de hermosos vasos comunicantes. Decía Mihura que «el humor es la gracia envuelta en papel de celofán». Y aquí hay mucho de ambas cosas. Esta cita nocturna con cadáver a los postres revela que está creciendo una comedia que apuesta por lo imprevisible, que se distancia de la dictadura visual y formal de lo televisivo y que utiliza y se deja utilizar por actores dispuestos a remover los lugares comunes y las convenciones.

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Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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