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Guillermo Balbona

Fuera de campo

Carlitos y Snoopy: La película de Peanuts

Olfatear el amor

EE UU. 2015. 93 m. (TP). Animación. Director: Steve Martino. Craig Schulz, Bryan Schulz, Cornelius Uliano (Cómic: Charles Schulz) Música: Christophe Beck Salas: Cinesa y Peñacastillo

Un abrazo a tiempo: el de dos criaturas con sus necesidades de compañía. Un rastro paralelo de aventuras: la que transcurre en el cielo y la mayor de todas, la que olfatea el amor. Un trazo consumado y ligero atrapado en las leyes de la animación en pantalla. Steve Martino, responsable de ‘Ice Age 4’, rescata el mundo de Schulz quizás con la mirada puesta en las nuevas generaciones.
El concepto de animación actual es frenético, histérico en muchos casos, y aunque la traslación de las tiras y viñetas originales a la textura de la pantalla –otro lenguaje al cabo- es siempre traumática, en el caso de ‘Carlitos y Snoopy: la película de Peanuts’ se antepone una calma y un ritmo diferentes. Estamos ante una ficción que para muchos es memoria sentimental, fragmento siempre de infancia recuperada o perdida, y pálpito emocional. Por supuesto persiste esa atmósfera de melancolía que envuelve a los personajes, un toque existencial, más adulto, difícil de percibir por el público infantil. Martino, director de ‘Horton’, apuesta por restituir esa línea clara que es como el axioma y el mantra del estilo fundacional. La pelirroja, lo inalcanzable, los deseos frustrados, las persecuciones nunca agitadas de muy diversos objetivos, el gag retornado de Snoopy al que le impiden entrar en los sitios y Charlie Brown pululando como corresponde, casi como un sonámbulo desasistido y temeroso, habitan esta iconografía familiar.
Como ya sucediera con las adaptaciones televisivas Snoopy es la estrella en lo que se refiere a seducción y guiños solapados. Pero no hay duda que al margen de la una vez más dudosa aportación del 3D, las soluciones formales han sido acertadas. La sencillez de la línea original de una de las historietas más universales del siglo XX, reconvertida en lo tridimensional a través de  unas estampas respetuosas, alejadas de la sofisticación actual, ajenas a las posibilidades, muchas veces solo efectistas, de lo digital, buscan en todo momento la esencia de la dimensión de Schulz y sus personajes.
La condición humana desnuda y diáfana. De frente y de perfil las criaturas, sin embargo, tienen más cuerpo y expresividad que muchas de las aparatosas y cargantes cumbres de la animación más hipertenologizada. No es una obra maestra pero sí cabe decir de ella, y eso es ya es mucho, que contiene el elogio de la diferencia. Su mirada y su valor no reside en la persecución aérea del Barón Rojo, sino en lo telúrico, en la ficción que pisa tierra colectiva y cómplice con esa capacidad de síntesis y economía narrativa que supone un eslabón de la cadena que conforman las historias que se han contado en el mundo y que se seguirán contando. Su inseguro protagonista y el perro centran una deliciosa mutación de la tira cómica a la luz primera del cine que sigue iluminando nuestra educación sentimental.

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Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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