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Guillermo Balbona

Fuera de campo

La fragancia de la mediocridad

Transporter legacy

2015 FranciaDirección: Camille Delamarre Reparto: Ed Skrein, Loan Chabanol, Ray Stevenson, Lenn Kudrjawizki, Tatiana Pajkovic, Radivoje Bukvic Acción. Salas: Cinesa y Peñacastillo

Como buena parte del cine de hoy, esta supuesta nueva entrega de una secuela acelerada, va muy deprisa pero sin rumbo. ‘Transporter legacy’ es un bucle disfrazado de suma y rasca en la franquicia, remake con ínfulas sofisticadas y, en especial, un hortera y mediocre filme de persecución que nunca da el pego de arrancar y mucho menos de tener una meta.

Lo malo no solo es que desprenda un aroma permanente a anuncio de fragancia, sino su falta de empatía desde la elección de actores al tono, pasando por la sensación de estar asistiendo a la venta de un automóvil de gama alta. Su comercial, perdón, su protagonista, el londinense  Ed Skrein, es ese actor al que más le valdría dar unas clases de expresividad y tener la suerte de toparse con alguien que le dijera que hay tantos rostros, más que morritos, como emociones. Con escaso combustible, sin ideas, el filme de Camille Delamarre se mueve entre un absurdo caos, producto de su propia torpeza, y un desfile de tópicos vinculados al cine de acción, el thriller de persecución y el enredo de chantajes, organizaciones criminales y mafias con tal espíritu de aventura y atractivo visual que parece estar explicando el recibo de la luz.

Al margen de lo ridículo de algunas situaciones, especialmente las que conllevan la presencia policial para transmitir transgresiones y dotar al personaje de un aura de forajido justiciero, sin más reglas morales que la de ayudar a su padre, ‘Transporter legacy’ es una postal de la Costa Azul con menos alma que un folleto de vacaciones. Rugen los motores sin urgencias ni pasión y es tal la grisura al contar la pseudo historia que hasta puede echarse de menos a Jason Statham como hacedor de la saga y si se tratara de un auténtico mago ingenioso de la interpretación.

Con unos diálogos que parecen haberse escuchado en un mostrador de reclamaciones, quedaba el recurso y el consuelo de la acción en estado puro, pero Delamarre  (Brick Mansions) se deja llevar cuesta abajo sin aportar nada especial al subgénero de los volantes locos. Como suplemento comercial de una revista dominical  ‘Transporter’ podría mostrar merecer alguna justificación. Falto de frenada narrativa, el supuestamente electrizante y lujoso thriller es una manual de mamporros, mafiosos rusos, modelos barbi y un padre y un hijo que hacen de Anacleto una tragedia familiar de Shakespeare. Y se trata tan solo de dejarse llevar, abran la ventanilla, abróchense los cinturones y hasta la próxima gasolinera. Salvo las escenas del aeropuerto, donde al menos la tensión y la coreografía revelan la textura y el pulso de la saga, el resto es vulgaridad y una constante acumulación de capas de maquillaje para encubrir la falta de grasa, el motor gripado y la huida veloz de donde nunca hubo nada que contar.
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Guillermo Balbona comenta la actualidad cinematográfica y los estrenos de la semana

Sobre el autor

Bilbao (1962). Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense. Ser periodista no es una profesión, sino una condición. Y siempre un oficio sobre lo cotidiano. Cambia el formato pero la perspectiva es la misma: contar historias.

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