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Álvaro Machín

El Paseante

Verano 39

Justo ahora, en este instante en el que toco la tecla que acabará poniendo esto en la red -lo hago con una delicadeza salivante porque es lo último que hago antes de pensar en no hacer nada-, empieza mi descanso. Lo de merecido es una etiqueta demasiado subjetiva (nadie va a decir que se toma un ‘inmerecido’ descanso aunque haya casos clamorosos). Hasta obscena teniendo en cuenta a los que descansan porque no les queda más remedio. Sigo, que me lío. Es el verano 39 y a él llego sabiendo que eran verdad muchas de las cosas que decían sobre acercarse al verano 40. Que el cuerpo ya no responde igual, que es frecuente lo de levantarse con ganas de volverse a acostar y que la euforia de las noches de fiesta dura lo que empiezan. Ya no sé qué decir cuando me preguntan por el bar al que toca ir según la hora. Y ya no convences para que se quede a tomar la última al que dice que se va a su casa. No es lloriqueo. La cabeza rinde y el espíritu está donde tiene que estar. Pero ahora entiendes por qué se retiran los futbolistas. No lloro, insisto. Más que nada porque lo viví cuando tocaba y no hago el ridículo que observo en ocasiones en los que, con media vida ya a la espalda, tratan de hacer lo que no hicieron en su momento. 

 

Son cosas que he pensado estos días. Tachando números de un papel en el que escribí ‘The final countdown’. Que no invitaría jamás a un político en ejercicio (no voy a decir en funciones en los tiempos que corren porque podría malinterpretarse) a dar una charla a un curso de verano. Para los mítines les sobran las tribunas. Suelen ser flojos, aportan poco y se venden demasiado. Que ir en procesión al derribo de unas viviendas aberrantes resta crédito y hace que pierda fuerza la denuncia contra quienes cometieron la aberración. Que no entiendo que unos padres quieran ponerle ‘Lobo’ a un hijo, pero que, si se lo quieren poner, que se lo pongan sin tanto ridículo follón. O que la crisis nos ha instalado en una desconfianza permanente. Que no es mala, pero puede ser cansina y hasta peligrosa. 

 

Reflexiones o recuerdos que vuelven. Que ‘el esto no es para Santander’ es una mancha que se difumina, pero no se quita. Como el postureo de julio. Que a los conciertos no se puede ir con paraguas y querer ponerse en primera fila. Que no eres nadie si asistes a un recital o al rescate de un delfín sin teléfono. Y que en algunas casetas de las fiestas -no en todas, y la diferencia se ve venir desde dos calles más allá- pretenden hacer pasar un churro con palillo por cocina en miniatura. 

 

Cosas de uno. Cosucas. Que tengo que tener más paciencia, que soy perezoso para escribir sin obligación, que cada vez soy más consciente de mi larga lista de defectos, que la ropa se me está quedando vieja… Que tengo que cuidarme del colesterol, pero que la vista para ver venir a los que no me conviene tener cerca mejora con los años. Que hay personas que viven a la sombra de otras unas vidas de segunda mano. Olisqueando restos. Y que otras, como mi compañera Rosa, se merecen todo (me prometí dedicarle esta frase en alguna parte, en algún sitio).  

 

No sé. Ya saboreo la maravillosa sensación que sentiré mañana al despertar. Esa de pensar a qué voy a dedicar la hora siguiente. O esa otra de no cumplir ni un solo plan previsto horas después. Nada extraordinario (o sí). Pienso en lo que meteré en la maleta, en que me gustaría acabar de escribir lo que he empezado, en vivir horas de paz contigo y en acertar con los fichajes del Comunio para no pagar en la próxima cena. Pienso. Cosas importantes y tonterías importantísimas. Pienso en los 39 veranos… Hago un repaso. Y doy gracias porque no me ha ido mal del todo…

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Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.


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