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Álvaro Machín

El Paseante

Colillas sin tumba

Son tres. Sentados en taburetes altos. De la botella encajada en el escanciador artificial ya no salen culines. La hija lo intenta para servir otra ronda, hunde la yema en el botoncito, pero, más allá del ruido, nada. Entonces vuelve a lo que estaba. A lo que estaban los tres. La mirada clavada en el teléfono. Cada uno en el suyo, hipnotizados. Papá, mamá y una adolescente en un bar de Llanes metido en un callejón. Sentados en torno a un barril de terraza. Solos, rodeados de mundo. Es domingo, ha salido el sol y en El Antoju -allí cerca- cuesta encontrar mesa. Tan embobados que, cuando llega la cuarta, una niñuca que anda enredando por allí, nadie le recibe. Habla desde abajo -no llega a lo alto del barril- y el mensaje no llega a los trozos de carne posados en los taburetes. Viva la familia. Ni un gesto hasta que mamá apura la última calada del cigarro. Saca un brazo a pasear, sale del letargo. Hay cenicero. Pero desviar los ojos de la pantalla es mucho pedir y el suelo no exige puntería… El suelo es tan cómodo, tan agradecido. Se lo traga todo…

 

Es su colilla y es la de la pareja de la mesa de al lado. Es la que hay junto a unas flores de postal en la ruta que te pone a pasear por encima de la playa de Poo. Hay una, otra, otra más… Para recordar en medio de un escenario que reconcilia con el planeta que en las reconciliaciones siempre hay alguien que cede. Son las cientos que hay en las puertas de los bares, en los portales de las oficinas… En Llanes de escapada y en Santander de rutina. Por el Paseo de Pereda, por la Alameda, despegando de las ventanas de cualquier coche en marcha o haciéndose fuertes asomando la cabeza entre los granos de arena de Los Peligros. 

 

Colillas taponando alcantarillas. En verso. Colillas que ensucian (en prosa). Colillas, colillas, colillas… Bombas de humo mal apagadas en una papelera. Flotando sobre la marea en las rampas de los muelles de la Bahía. Descubriendo el cauce del Ebro y el caudal del Pisuerga. En las marismas negras de Astillero, arrojándose al fondo en el Faro y como rastro de ese instante de paz libro en mano -y conciencia en el sobaco- en uno de los pocos rincones que quedan para calarse de esa paz. 

 

Si ya no hay apego al papel caído (aún queda, pero algo hemos avanzado), ¿por qué la colilla sigue sin sepultura? ¿Por qué el suelo sigue lleno de cadáveres? Es lunes y hay cosas mucho más importantes. Seguro. Pero hoy pienso en ello. Será que no fumo, que a mí las colillas en el suelo me dan bastante asco… 

 

Para encontrar un ejemplo, consultar este enlace

 

Temas

colillas, suciedad, suelo

Artículos de opinión sobre la vida cotidiana

Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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