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Álvaro Machín

El Paseante

Lo que aprendí este verano (II)

Escribir, como cantar, es adictivo y hasta útil. Dicen que el que canta, su mal espanta. Y es más sano espantar los males cantando o juntando letras que ahogándolos junto a los hielos en vaso de sidra (y lo sé, porque también pruebo). Aunque moleste. Sólo eso explica, digo yo (que soy un rebelde de perfil bajo y me niego a no poner la tilde en ‘sólo’), que después de tres días de velas, inauguraciones, paseos junto a un rey y funerales ilustres con sus correspondientes crónicas larguísimas, aquí me encuentre. En la habitación llena de trastos de la calle Argentina después de un paseo por un Santander que anda bonito este septiembre. En mi día libre. En domingo.

 

Son ganas. Dice una chica de ojos increíbles que me gustan demasiado los escenarios y yo no sé como explicarle que me vuelvo vulgar cada vez que me bajo de uno. Si va de los estribillos de mi verano tengo que decir que descubrí estos meses que ‘se me va la voz’ y que, últimamente, ‘mejor ya no digo tu nombre’. Que ‘ni ayer ni hoy ni nunca es un buen día para mandarte flores’ y que ‘puedo ser un cabrón, pero no un tonto’. Y ‘lo noto’.

 

Qué de cosas este verano… Yo que reñía a los que andaban descalzos y ahora he mandado las zapatillas a la vitrina de un museo. Una gozada poner el pie sin fundas en el suelo al despertarme (con menos durezas gracias a los consejos de un blog de aquí al lado). Y que gozada el paseo por la ciudad de esta mañana. Más allá de unos debates que cada vez me cogen más lejos y de unas guerras internas que no harán que me salgan callos en las manos por cavar trincheras. No quiero que me oígan por gritar mucho o por criticarlo todo (pero apoyo la vigilancia y la denuncia). De Santander me van sobrando ironías y males al prójimo. Sea de derechas, de izquierdas o del centro. Grite podemos o reparta aplausos. Ando sobrado de dimes y diretes políticos y de ingenios periodísticos destinados a leerse entre ellos. ‘Que lo que escribas, lo entienda mi madre, que va para ochenta’. Es lo que más repito a los chicos de prácticas que me preguntan algo. No soy quién para enseñarles mucho más y menos para dar lecciones. Las personas son lo que importa. Lo único. Nota para gestores de lo público e informadores.

 

Cada vez que hay que acreditarse salen periodistas de debajo de las piedras. Pero no veo fotos suyas ni tinta en ningún sitio. Me lo decía mi amigo Nacho el otro día. Que hay que cuidar un poco la profesión. Sí, Nacho, tienes razón. Es como con las entradas en esta ciudad. Para el teatro, para los conciertos… Hay gente que te llama para pedirte alguna y luego no te saluda cuando se cruza contigo por el Paseo de Pereda. Hay que tenerlos cuadrados para eso… A muchos les veo en eso de las zonas VIP. De gorra siempre.

 

Un poco destructivos sí que somos los santanderinos… Muy del ‘que se joda’ el que tuvo la idea y del ‘ésta se ha debido tirar a alguien’. Muy injustas. Las dos me las han contado hace poco. Cada vez menos, eso sí. Lo dice un orgulloso santanderino de toda la vida. Pero con algún kilómetro a la derecha y a la izquierda del mundo para saber lo que de rancio también contiene esa frase. Por eso, hoy, en el paseo y en este verano intenso me da por hablar bien de gente, de vecinos. De los que ponen el escaparate de la Librería Gil, que me encanta. De los de la ginebra Siderit (que también me encanta). Del dueño de La Gallofa, al que he conocido hace poco y que me ha parecido un gran tipo (más allá de que lo esté petando con su empresa y su acierto). Del chaval que se ha inventado esas camisetas –y su hermana, que me ha contado la historia- con ‘The raqueros’ (Northway se llama su marca). De los que organizan las fiestas de mi barrio. O sea, de la gente que conjuga el verbo hacer en el reino del ‘Esto no es para Santander’ (ya, sé que lo pongo siempre, pero es que es mi cruzada). Digo que me gusta mucho como ha quedado la Duna y el dique de Gamazo y que espero que los chicos de las velas se lleven una buena impresión de mi ciudad. Porque lo deseo.

 

La camiseta que he comprado

Y, al margen, si va de las cosas que he aprendido este verano no puedo dejar de decir que no suelen conducir a nada las respuestas que empiezan por un ‘ya si eso’ o un ‘vamos hablando’. Son como el ‘ya quedaremos’. Que no creo en horóscopos, pero que hay días que parece escribirlo un tipo que te espía. Que antes, cuando uno quería dar un cambio de rumbo a su vida, empezaba por cortarse el pelo y ahora cambia la foto y el estado del WhatsApp. Que me encanta esta frase de mi amigo Pablo: ‘Lo bueno del anonimato, lo verdaderamente luminoso, es que te puedes morir sin comentarios’. Que tengo pendiente volver a comer tarta con cerveza en Notting Hill con alguien con un futuro prometedor y que encender un fósforo quita el olor del baño después de… (una amiga lleva una caja de cerillas en el bolso cuando sale de copas por Cañadío). Que es una lástima que no me dejes ayudarte a quitar esa mochila de tristeza que se te ha pegado a la espalda. Que la soltería cerca de los cuarenta da para una película tipo ‘Love actually’ y, por último, que le debo mucho, muchísimo, a personas que no conozco y que me siguen regalando su cariño. Tal vez porque no me conocen mejor…

 

P.D. Como siempre, si alguien se molesta, que sepa que me pongo el primero en la lista de pecadores de todo lo que critico.

 

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Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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