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Álvaro Machín

El Paseante

Pequeñas historias de veranos santanderinos

Serán las horas a la sombra. Escribir -y, sobre todo, editar- las páginas de fiestas te deja la piel blanca en los días de sol. Eso alimenta la nocturnidad y, en los ratos muertos, las carreras de la memoria en este verano 37, convertido en la montaña rusa que ya no viene a las ferias (ahora está el ‘súper ratón’ y su ametrallador ‘que te como, que te como’).

 

Todo era más fácil cuando el principio era la hoguera de San Juan. Veranos sobre la planta acolchada de la gruesa suela de unas J’hayber. Me pasé horas viéndolas en el escaparate del Bazar Juvenil, en Vargas. Nike era de niños bien y los de barrio mirábamos aquello de ‘Air Jordan’ como se miran los catálogos de EuroDisney. Lo más cercano era la camiseta del Mundobasket 86 con las dos jirafas que regalaban con el Cola Cao (fue la evolución en el tiempo y en la moda de la de la Carrera Popular Pryca) y ponerse un par de muñequeras como aquellos tipos que aparecían en el Gigantes. Bajábamos a la calle a jugar partidos con las normas que los de Coca Cola han bordado en los anuncios (la ley de la botella, mete gana, acaba cuando al del balón le llaman para cenar…). Jugábamos a ver quién era el primero en bajar justo cuando terminaba la serie de las tres y media. Que sí, que todos nos acordamos de ‘V’, ‘El coche fantástico’ o ‘El equipo A’, pero recordar ‘El halcón callejero’ y ‘El trueno azul’ tiene más mérito. Y tararear la sintonía de ‘El gran héroe americano’ es una seña de identidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guardo todos esos recuerdos en la mochila azul de SAM/RAM. La de ir a una playa con más sombrillas que las de ahora. Las dos horas de la digestión y el paso vergonzoso tras el baño de coles por aquel faldón enorme de tela con bordados bautizado como cambiador. Cerrado al cuello. En el Sardi, saltos al vacío a la arena desde la acera del Parque. En La Magdalena, colas para la zambullida desde el embarcadero. Presumías de haber ido nadando hasta la Isla de los ratones, pero no contabas que la marea estaba tan baja que hacías pie casi todo el tiempo. Y los fines de semana, a Noja. El maletero del R8 llevaba provisiones suficientes para sobrevivir a un holocausto caníbal.

 

Ya con más edad había tarde de ferias. Las llegué a ver en La Alameda y, por La Albericia, tuvimos que salir corriendo porque quisieron pegarnos. La ‘Ranita Smith’ y aquel año que vino a la ciudad ‘El pasaje del terror’. A la hora de comprar helados, cisma. Ser santanderino es decidir entre Regma, Capri o La Italiana y haberse comprado zapatos en una zapatería del centro que tiene columpio. Eran años de elecciones: VHS, Beta o Sistema 2000. Vi Rambo II en casa de mis primos, en Madrid, tras una tarde en un videoclub (como ir de safari). Aquello era increible.

 

Con los granos, los nervios (de lo primero tuve pocos, pero de lo segundo…). Grabar éxitos de la radio en casettes apurando para cortar al locutor. La primera visita al Covent Garden. Me puse una camiseta blanca de Nike -ya era ‘mayor’- de manga larga y cuello alto. Modas (creo que no puede haber nada más feo) y tardé casi una hora en decidirme a llegar hasta la puerta y pagar las 100 pesetas de la entrada (dentro, zumo de piña, ñoño total). Con carrerilla, después, el Swing, el ‘No’ (que fue Pentágono)… Yo sí que recuerdo el ‘Línea de Playa’ y ‘La Real’ en lo que ahora es un Lupa. O la calle Panamá cuando allí no se ponía el sol.

 

La noche de fuegos merece capítulo aparte, pero de eso me tocó escribir el otro día. (Aquí lo tienes)

 

Era otra cosa. En mi calle nos sacábamos unos durillos diciendo a los que iban a la Plaza de Toros que les cuidábamos el coche. A los toros o a los conciertos (yo estuve en el de Sting -que no es una leyenda urbana- y en el de Emilio Aragón -que lo petó un verano con olor a pies-). Nos daban la pasta y nos íbamos a la tienda de Fermín a comprar Flashes (y allí quedaba el coche, claro). Viviendo allí, la visita de Miguel El Torero era un clásico. Un año con las peonzas, otro con la mano de pega… Lo que tocara. Hasta que tocaron las chicas, que fue como descubrir a los Reyes Magos.

 

Bueno, sigo editando. Ha sido un desahogo de recuerdos. El reloj de la redacción marca las dos de la tarde. Hay mucho que hacer todavía y, aunque mire el móvil cada minuto y medio, no acaba de llegar el mensaje que espero. De una chica, claro. Como si hubiera vuelto la montaña rusa. En el verano 37 seguimos con eso…

 

Nota: si pinchas aquí encontrarás 10 señales de que creciste en Santander

Temas

Beta, cambiador, Capri, El gran héroe americano, J´hayber, mochila RAM, noche de fuegos, Regma, Verano en Santander

Artículos de opinión sobre la vida cotidiana

Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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