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Álvaro Machín

El Paseante

Dar forma a la luz

Este artículo tiene trampa. Pequeña, como las de los niños chicos que juegan al Parchís con papá. Pero trampa. Se publicó hace poco en el periódico. Sobre papel, ese material sobre el que algunos nos movemos con más certezas que sobre el mundo. O sea, que no es nuevo. Pero me apetecía traerlo a un lugar llamado ‘El paseante’. Aunque nada tenga que ver con lo que por aquí enseño últimamente. ¿Por qué? Porque las farolas han alumbrado muchos paseos.

Dar forma a la luz

Cuando el hombre consiguió la luz hizo el mundo más suyo. Las ciudades son ejemplos de una luz modelada. La Piaf nació bajo el calor de una farola de la parisina calle de Belleville. Eso es nacer mito. Y nacer, no consta. Pero en Santander se ha bebido y se ha besado junto a las luces tenues. Hay una geografía física, histórica, llena de memoria y hasta poética de farolas santanderinas. Viajeras, artísticas, útiles o simbólicas. Quién no almacena un recuerdo junto a una farola no tiene nada de nada. Rien de rien, que cantaba Edith.

Al adolescente le daba vértigo seguir a su chica hasta esa farola al fondo del espigón. Ni las hormonas podían con el vértigo de la Bahía a los dos lados. Esa, la del Palacete del Embarcadero, en el muelle, es farola de beso en los labios. Pareja que huye del bullicio del viernes con la luz encendida y foto de recuerdo con la postal al fondo cuando está apagada. Carne de amor y de turismo. Es una de ellas. De las famosas. A la de Las Cuatro Estaciones le gusta darse paseos por la ciudad. Es viajera. Ahora, en La Alameda, antes (dos veces) frente al Ayuntamiento y también junto al Mercado de La Esperanza. Desde 1913 dando tumbos por un Santander lucero. Una ‘STV’ cincelada por José Quintana. Con curiosidad y todo. ¿Sabe usted quiénes son en realidad las cuatro estaciones? Pues las cuatro son una sola (o todo parece indicar eso). La modelo que posó para Quintana –según se ha escrito– era una tal Basilisa García Herrera, aunque todos la conocían como Luisa. Era de Polanco y reguapa. Parece ser que el escultor le pagó a la chica veinticinco pesetas por sesión. Y eso en Santander se paga con apodo, ‘La veinticinco’. Para nota la historia, sólo al alcance de los muy faroleros.

La dedicada a Pío Muriedas, la de José Hierro, la de Numancia, la de Perines, las de los querubines, los adornados faroles de la iglesia de Santa Lucía, las del Paseo de Pereda… Lámparas con nombre propio que se ganaron la medalla de ser reconocidas más allá de alumbrar. Du¬rante años, lentamente. Porque la luz de estos gigantes parece viajar más despacio que esa tan veloz de la física y los ceros. Como si ralentizara el paso de las horas y retuviera el tiempo. Retener un rato, como a los jóvenes y a los que aún quieren seguir siéndolo en Cañadío. Una más, que es pronto, no te marches todavía. Esas farolas de la plaza sí que lo han visto todo… Si ellas hablaran, luz y taquígrafos. La copa de más, las miradas de quien echa de menos… Y también las risas necesarias y los gritos a destiempo. La farola de Cañadío es generacional. Los mismos niños que jugaron al balón a su alrededor apoyaron en ella una cerveza a medio beber más adelante. Y, después, ya ancianos, sentados en su base, recordaron lo uno y lo otro.

Las famosas y las desconocidas. Porque hay muchas que nadie echaría de menos, salvo los pájaros. Luces en serie de cadena de montaje que no pasaron de ese concepto gris de mobiliario urbano. Fotocopias lumínicas que hacen de la utilidad su virtud. Tan triste como vivir sólo por ser útil. Sin nada que contar y sin más recuerdo que el del papel pegado ofreciendo en la base servicios de fontanería o cuidado de ancianos. Las que están en todas las ciudades del mundo pero no son de ninguna.

Historia urbana de luces y sombras. Ahora, por esta crisis hasta de palabras, en las farolas del centro ya no se encienden todos los focos. Dos o tres, que ya se ve con eso. Hay que ahorrar y ser inteligente. Y eso está bien. Pero que nadie nos apague las luces. Ni los besos.

Nota: Artículo publicado en la edición en papel de El Diario Montañés junto a unas maravillosas fotos de mi compañero Celedonio Martínez. En la sección ‘Mapas visuales’ del 20 de abril de 2014. A los que lo leyeron, les pido perdón por la trampa. El mundo está lleno de ellas y esta, francamente, no me parece tan grave…

Temas

Cuatro Estaciones, Farolas, Piaf, santander

Artículos de opinión sobre la vida cotidiana

Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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