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Álvaro Machín

El Paseante

SSS (Semana Santa Santanderina)

Hay placeres tan cotidianos que no están al alcance de los que sólo son felices a base de lo extraordinario. Ponerse el albornoz al salir de la ducha, el tacto de las sábanas limpias, cantar a gritos en casa una canción de Perales, mirar fijamente el lunar que esa chica tiene cerca de los labios, sentarse en un sillón al sol con una copa de vino blanco o comer albóndigas gigantes en Casa Cofiño… Cualquiera puede hacerlo. Pero disfrutarlo es otra cosa…

 

Yo me propongo disfrutar estos días. Tengo tiempo y planes. Pero hay ideas, incluso, para el que no disponga de lo uno o de lo otro. Más allá de procesiones, bares, mercados, cines o conciertos hay un universo cercano con el que entrenerse. Pasatiempos de un santanderino de toda la vida. Mi amiga María, que tiene más arte que un pincel, dice que arde en deseos de ir a Cañadío para ver de qué colorines serán este año los pantalonucos que se traen los madrileños. Que nadie se moleste -de Madrid al cielo, de verdad-, pero es sublime. Ver los modelines de los que vienen a Santander como si fueran a Ibiza -esos pantalones blancos gaseosos- es una diversión muy nuestra. O escuchar pedir en las barras tercios, zuritos, cortos, peniques… Y hasta calamares… Que no se enfade nadie, en serio. Que les recibimos encantados, con nuestras dos caras y ese mirar cerrado de ‘¿y quién es éste?’ o ‘¿de qué familia es?’. Que aquí somos de reírnos mucho de los demás, pero poner mala cara al echarnos la vista al ombligo. ¿Cuántos tratarán (que sí, que yo lo he hecho) de acercarse a una chavala con aquello de ‘tú no eres de aquí y se te nota’?

 

(Sin acritud, aquí va un enlace)

 

Lo prometo, no quiero meterme con nadie (o con todos, incluidos nosotros mismos y yo encabezando el grupo, que así nadie se queja). Por eso propongo también para los de casa que hagamos turismo. Que seamos viajeros en donde vivimos. Porque hay una ciudad que no conocemos. Que subamos al funicular del Río como cuando pagamos por subir a los ascensores de Lisboa, que pisemos la Plaza de La Esperanza con la misma curiosidad que el Mercado de Las Especies de Estambul o que juguemos a encontrar el árbol grabado en el suelo de Mataleñas como la rana en Salamanca. Buscar la terraza que multiplica el sol -la de Los Girasoles- y saber que allí mismo, a un paso, está la farmacia que regentó el poeta León Felipe.

 

Aprendamos a buscar. A mirar de otra manera para descubrir la placa en latín del primer edificio que se construyó tras el incendio, para encontrar el cementerio inglés que hay entre casas en pleno Cazoña o para presumir antes del aperitivo en el Faro de saber que allí mismo hay tres bloques de piedra que eran un reloj de sol.

 

De verdad. Lo recomiendo. Igual ese paseo por ‘casa’ nos da hasta para un álbum bien bonito en el Facebook. Yo le daré al ‘Me gusta’.

 

 

Temas

Cañadío, madrileños, Mataleñas, pantalonucos, santander, Semana Santa

Artículos de opinión sobre la vida cotidiana

Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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