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Álvaro Machín

El Paseante

Con la cabeza alta

El mundo, el de verdad, está a la altura de los ojos del otro. Se ve desde las ventanas del autobús y se siente cuando la brisa golpea de frente el rostro. La vida está delante.

 

 

Escribo esas dos primeras líneas y me las repito en voz alta al levantar la cabeza. Porque me culpo con frecuencia de llevarla demasiado abajo, de enseñar la coronilla y ese flequillo que va perdiendo fuerza. Y no hablo de resignación, que también nos sobra en estos tiempos. Sólo de pasar las horas con la mirada cuadrada y esguince en el dedo. Soy adicto al móvil, denunciado por los que me aprecian y consciente de mi patología. Pero tengo remedio porque aún levanto la vista y pienso en lo gilipollas que puedo llegar a ser cuando en una mesa, por lo bajini y casi a escondidas, consulto el Facebook o los puntos del Comunio.Aún veo, como esta mañana, unos labios preciosos en el asiento de al lado de la línea 17 y siento ese resolín tan nuestro en la mejilla traspasando el cristal. Me cuesta, pero aún tengo remedio. Entre actualización del Twitter y repaso a las fotos de algún pedorro en Instagram. Pero aún lo hago. Aún veo la vida sin editar la imagen.

 

 

 

La imagen está tomada de este sitio (interesante)

 

Me culpo. Porque yo también digo que he hablado con alguien sólo porque está en un grupo del WhatsApp (y hablar es otra cosa). Porque me atrevo a decir frases aplicando el corrector que no sé si diría en persona. Porque también he chocado con algo que no vi mientras caminaba. Ya no charlamos en el autobús sobre el tiempo. Cascos y mirada baja. Dedo frenético. Conectados al mundo pero molestos si el de al lado nos hace una pregunta. El móvil andando, en el metro, en el salón de casa mientras ves una película, en el cine, después de hacer el amor… Cervezas, amigos, conversaciones y teléfonos sin que nadie llame. Soy culpable, lo he hecho todo. Y soy imbécil. Por mirar el móvil antes de decir buenos días cuando me despierto. Por dejar de sentir la mirada de alguien que me está hablando. Por tonterías…

 

Y está bien el móvil y la conexión permanente (la posibilidad). No soy un nostálgico de aquellas llamadas al fijo con temor a que cogiera su padre (un poco sí, ahora es todo más fácil). Me viene de perlas en mi trabajo y también en las relaciones sociales. Es un avance y no hay vuelta atrás (yo no podría, lo asumo). Pero me propongo ser capaz aún de mirar por la ventana del 17 o descubrir esa boca de una chica estupenda. Me propongo mirar e, incluso, de vez en cuando, pasar un rato con el aparato en silencio, en el bolsillo y hasta apagado. Hay un punto de felicidad en la desconexión

 

Despedida musical

 

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Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.

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