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Álvaro Machín

El Paseante

Silencio, por favor

Suena duro, pero a este país nuestro no le sobra cultura de música en directo. Y a Santander, menos. Hablo, sobre todo, de ese sonido de escenario sin tarima, en el rincón del fondo de la barra. Antes con birras y humo y ahora sólo con birras (siento cargarme el encanto de la frase, pero de esta última parte me alegro). Esa historia de músicos malditos de tugurio, de jóvenes prometedores, de citas históricas con cantantes solitarios que abren el estuche de una guitarra, de bandas de amigos…

Música en los bares. En salas. De entrada, mi aplauso a los que siguen apostando (los chicos de la Black Bird cada día se ganan más mi respeto, pero también los de pequeños bares con ganas). De entrada, también, mi grito para mejorar una normativa que, lejos de fomentar la vida, la silencia. Sí, política y políticos. Que nos den lo que queremos. Está bien demandar y es necesario (y ese cambio en la normativa que permita más conciertos lo es). Pero mirarnos el ombligo tampoco está demás. Porque también es cansino ver a un tipo que despotrica sobre chorizos y corruptos y luego se va sin pagar del bar la última caña aprovechando que no miran. Como lo es escuchar lo de ‘aquí no hay nada’ en la boca de alguien que nunca fue a ninguna cosa. O el mítico ‘es que no informan de las cosas’ que dice alguien que leyó el último periódico cuando el Racing se metió en la UEFA.

Pero es mucho peor cierto asistente. El que va para que le vean y, especialmente, el que decide que un concierto es el escenario ideal para una charla y carcajadas con otros asistentes de similar pelaje. Si nos sobran bares… Porque no es la Sinfónica ni el patio de butacas del Palacio de Festivales, pero ir a un bar donde un artista hace lo mejor que puede merece respeto. Silencio, por favor. Al menos un poco. Comenta con el de al lado a qué te recuerda la canción o la habilidad de los dedos de ese tío que toca la guitarra. Pide en la barra, que de eso se trata (tampoco estaría de más darle un palo al que asiste y no se gasta un duro). Dile a tu colega que te vas porque has quedado, vete al baño si lo necesitas, salte a fumar y vuelve… Sí, haz todo eso. Forma parte de la liturgia. Pero ten claro que no es el día para contarle a un amigo lo mal que estás porque tu historia de amor ha terminado, para saludar a gritos a los del fondo de la barra, para hacer tertulia, para hablar por teléfono o para contaros chistes. Aquí no. Eso molesta. Molesta mucho al que actúa y al que le escucha. Sobre todo, porque al tipo que no ha callado durante la canción es al primero al que escuchas decir al final: ‘Esto es una mierda. ¿Ves? Es que en Santander no hay nada’.

Artículos de opinión sobre la vida cotidiana

Sobre el autor

Santander (19 de noviembre de 1976). Licenciado en Periodismo. Ha compaginado durante años su labor en la prensa con trabajos en radio y televisión. Autor del blog 'El paseante'.


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